miércoles, 8 de junio de 2011

DESTELLOS

Con las dos manos rodeando la taza blanca, sueña que ese café se vuelve un elixir que lo libra de las lánguidas penas llenas de resoplidos inútiles que lo transporte a ese otro mundo, el de la tele donde la gente es feliz y donde ella le sonríe en carne y hueso.

Hoy, que se te acumulan las canas, andás por París y podés ir donde se te dé la gana, tanto que lo habías soñado. Ella nombraba tus canas, decía que le gustaban. Le hubiera gustado tanto andar así, libre y despreocupada, por París.

¿Te encanta sufrir, no?, se pregunta en un esbozo de sonrisa cómplice con el destino. El aire frío que entra distraído por una puerta lo había acomodado con un suspiro en ese asiento de soñado café parisino, en un intento por hacer más acogedora la tarde. Un destello del sol que asoma entre dos edificios elegantísimos se cuela como buscando el ángulo exacto de proyección sobre un ínfimo espacio de la mesa redonda de mármol que se entibia enseguida alrededor de un dedo.

Con ella hablábamos tanto de Europa, ¿te acordás?, Italia y Grecia, pero no París. Cada tres horas más o menos te preguntás si esto le hubiera gustado, si aquello le hubiera incomodado y te parece escuchar su risa atrás de alguna decorada esquina. El sol, apoyado por instantes en el mármol, brilla un poco más sobre tu meñique.

Junto al sol otoñal llega la tibia murga de recuerdos que sabe bien que debe evitar y que, al mismo tiempo, disfruta  en una suerte de masoquismo inspirador. Siente que la abraza otra vez, con suavidad de bebé, para no lastimarla, estaba tan débil y sensible... El sol termina su ronda de mesa de café y sin avisar desaparece, volverá tal vez, mañana.

ahí es cuando ella se te aparece una vez más, como casi todos los días. La tenés sentada, junto al dedo del rayito de sol, tomando un té, como si siempre hubiera estado ahí. Otra vez, esa locura que no debe hacer bien. La mirás a los ojos, ahora toma vino tinto ―rojo, le decía ella― y apenas sonríe con un gesto suave de cejas casi desparecidas, como diciendo “no vayas a llorar de nuevo, éh”. Cuando tus labios se acercaban al borde de la copa y sin dejar de mirarla a los ojos, el dolor asomando por las opacas grietas del pecho, te paraste en seco. Te acordaste que no habían brindado como era la costumbre.
Ella, de turbante y cicatriz en el pecho sonríe comprensiva frente a él, que la mira absorto. Sabía que, aunque el tiempo había pasado, él lloraba a mares por dentro. Sin hacer sonido movió los labios sin abandonar la sonrisa hipnotizante como diciendo “dímelo” y él, inclinado como quien va a contar un secreto y con una voz que apenas sale, dice “recién apareció el sol, me anunció tu visita”, que la quiere mucho y, en un susurro apenas, que “no dejo ni un minuto de nombrarte”. Hace un movimiento mínimo, como si le fuera a tomar la mano, pero ya no está.

Inmediatamente, París te muestra las sombras como ojeras por debajo de las ventanas y, lento, te empezás a ir del café parisino de mesas de mármol con tu propio ruido de cadenas colgantes. Te sentís veinte años mayor y con esa pena tan pesada que no sabías de dónde salía la energía para arrastrarla. La calle era un camino bastante sinuoso y a vos, que me ves pasar por una ventana, te iba a decir que ya sé que un día, después de la tempestad, siempre llega la calma.

Yo te veo pasar y me pareció que no era necesario agregar nada al saludo con la mano, el tiempo ya pasará. Estás en París y cada tanto ella pasa por tus días a sonreírte por un momento.