jueves, 13 de noviembre de 2025

La soledad, la libertad y el decoro corporal

La vida en soledad enseña, con una paciencia invisible, que no hay mayor soberanía que la del cuerpo cuando nadie lo vigila. Quien se acostumbra a habitar en su propia compañía descubre que los gestos más sencillos —respirar a su ritmo, caminar descalzo, comer sin horario— se transforman en símbolos de autonomía. Entre esos gestos, ocupa un lugar peculiar la liberación de gases intestinales: fenómeno fisiológico inevitable, índice de buena salud digestiva y expresión natural de la maquinaria orgánica que trabaja en silencio. El aire que escapa del cuerpo es tan legítimo como el suspiro, el bostezo o la risa, y sin embargo ha sido condenado a los márgenes de la vergüenza.

La paradoja se hace evidente: lo que para la ciencia médica es signo de normalidad intestinal, para la moral heredada es un estigma. La cultura ha establecido que ese acto —cotidiano, universal, democrático— debe ser ocultado, reprimido o al menos excusado con mil disculpas. El código de las “buenas costumbres” convierte un reflejo natural en un tabú, en una frontera invisible entre lo íntimo y lo público. Así, la libertad del solitario, que se permite sin reservas ese alivio fisiológico, entra en conflicto con el orden social que exige discreción, silencio y control.

El dilema se agudiza cuando la soledad da paso a la presencia de otro: la pareja, la amistad, la comunidad. Entonces el individuo se debate entre la fidelidad a su organismo —que pide ser escuchado sin censura— y el temor a la mirada ajena, que sanciona, se burla o rechaza. En esa tensión entre naturaleza y convención se cifra el riesgo: perder el decoro, romper el pacto tácito de contención, o peor aún, ser juzgado indigno de la compañía por una licencia del cuerpo.

Tal vez convenga reconocer que la liberación de gases no es un desliz contra la civilidad, sino una forma de verdad orgánica, una voz del intestino que recuerda nuestra condición de seres vivos antes que de seres sociales. Pero la sociedad, obstinada en domesticar lo humano, seguirá llamando afrenta a lo que en esencia es alivio. Y así, el habitante solitario seguirá preguntándose si un día, por olvidar el hábito de reprimir, no perderá con un solo pedo la paciencia de quienes lo rodean.

DESTELLOS 2 (2025)

 Las manos envuelven la taza blanca, tibia, como si en su calor pudiera encontrar un refugio o un alivio para la pena que se le adhiere al cuerpo como una segunda piel. Sueña con que ese café sea un elixir milagroso que lo arranque de la languidez y lo transporte a otro mundo, aquel donde ella le sonríe en carne y hueso, sin que el tiempo le haya robado la risa.

París es tal como la inventó. O casi. Nunca pensó que las calles pudieran doler al recorrerlas. Hoy, que las canas le acumulan los años, puede perderse en cualquiera de sus rincones y el tiempo sobra para recorrer todos esos rincones de los sueños. Hoy cada paso pesa con sonidos metálicos, como si arrastrara cadenas invisibles, como recuerdos que no dan tregua.

Ella nombraba sus canas, decía que le gustaban. Le hubiera gustado tanto andar así, libre y despreocupada, por París. Cada tres horas, más o menos, se pregunta si esto le hubiera encantado o si aquello la habría incomodado. A veces cree escuchar su risa tras una esquina decorada, otras, la imagina sentada frente a él, con la bufanda liviana y la paciencia suya, mezcla de ternura y burla.

Un rayo de sol asoma entre dos edificios y cae con precisión sobre un ínfimo espacio de la mesa de mármol. Entibia un punto diminuto y alrededor de su meñique, como si buscara hacerlo reaccionar. Afuera, un violinista toca una melodía antigua que le suena vagamente conocida.

La lluvia arrecia. El café huele a madera y a tostadas recién hechas. Es un buen lugar para escribir, piensa. O para olvidar. O para perderse en una historia que nadie ha contado.

Y entonces, como en una coreografía que se repite cada tanto, ella se le aparece de nuevo. La tiene ahí, sentada junto al rayo de sol, tomando un té, como si nunca se hubiera ido. Esta locura no debe hacerle bien, pero no puede evitarla. Ahora ella bebe vino tinto —rojo, le decía ella— y apenas sonríe con un gesto suave, casi condescendiente, como diciendo “no vayas a llorar otra vez, ¿eh?”.

Él acerca los labios a la copa, pero se detiene en seco. Se acuerda de su vieja costumbre. Sin un brindis, no vale.

Ella, de turbante y cicatriz en el pecho, lo mira con comprensión. Sabe que él llora a mares por dentro. Sin hacer sonido, mueve los labios como diciendo “dímelo”.

Él se inclina apenas, como quien va a contar un secreto. Su voz sale en un susurro, apenas un hilo de aire:

—Recién apareció el sol, me anunció tu visita.

Y con un murmullo casi inaudible, añade:

—No dejo ni un minuto de nombrarte.

Hace un leve movimiento, como si fuera a tomar su mano. Pero ya no está.

El sol se oculta tras los edificios y con él, su silueta. París le muestra las sombras como ojeras bajo las ventanas. Se levanta con su propio ruido de cadenas colgantes. Afuera, la calle brilla con la humedad de la llovizna, los faroles reflejados en los adoquines.

Yo te veo pasar y sé que no es necesario agregar nada al saludo con la mano. El tiempo ya pasará. Estás en París y, cada tanto, ella pasa por tus días a sonreírte por un momento.

Afuera, el violinista sigue tocando. Y, en algún rincón del tiempo, alguien sonríe.

 

 

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Derivas de olas extraviadas por el desarraigo

 Una botella avanza, expulsada por una mano olvidada, como si el mar fuese un archivo interminable en el que cada ola conserva y a la vez deforma el mensaje que transporta. El papel en su interior es apenas un pretexto: lo verdadero está en el viaje, en esa deriva sin brújula que la convierte en alegoría del hombre que parte sin saber a qué orilla pertenece.

El viajero, semejante a la botella, obedece una ley más honda que la voluntad: la urgencia de lo desconocido. Busca ciudades que lo descoloquen, lenguajes que lo obliguen a inventar otra respiración, encuentros breves que lo alteren como un espejo deformado. Y sin embargo, mientras avanza, siente la fisura del desarraigo, como quien conserva la memoria de una casa que ya no existe. Aprende que toda llegada es, secretamente, otra forma de partida.

El regreso tampoco es regreso. Los lugares parecen haberse desplazado un milímetro, lo suficiente para ser irreconocibles. Los rostros que lo esperan han afinado sus silencios, y él mismo se descubre distinto, irreparable. En medio de la familiaridad surge la sospecha: el hogar también lo expulsa, porque en cuanto lo habita empieza a soñar con la fuga. La quietud se le vuelve frontera, y la nostalgia, brújula.

Su vida oscila entre dos nostalgias que no se reconcilian: la de permanecer y la de marcharse. En cada estación presiente el laberinto borgiano, pasillos casi ciegos que lo devuelven al inicio. En cada conversación fortuita se insinúa un azar que le recuerda a Cortázar: una palabra que tropieza, un gesto que, aunque parece mínimo, lo arrastra como oscura corriente subterránea.

Así, botella y viajero se confunden: llevan un mensaje sellado que tal vez nunca será leído en clave original; ambos se entregan a corrientes que no eligieron y encarnan la paradoja de buscar un destino sabiendo que el hallazgo no trae sosiego. Al final, partir y volver son apenas variaciones de un mismo acto: tantear en lo inasible, un murmullo de mar que ofrece una respuesta, pero nunca termina de revelarse.

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