martes, 30 de octubre de 2007

La señorita Tacna

La señorita Tacna se retocó cuidadosa y delicadamente el que aparecía como un complejo peinado al tiempo que sonreía con delicada y notable mesura. Uno de los agentes internacionales a su lado, le había saludado con extremada cortesía que ella interpretó de manera tal que la hizo sonrojar y retomar un rictus facial de líneas ásperas. Eso si, con la sonrisa empresarial de consabida cordialidad distante. Pensó: “tiene la piel por debajo de los ojos seca. Necesita aplicaciones de crema blanca que viene en frasquito chiquito” y la idea no la abandonó por varias horas. La señorita Tacna aceptó con mesurada elegancia la bandeja que amablemente le extendía Hauve Zugwass, el apuesto agente del sur. Las cordiales conversaciones que ella, mujer recatada y reservada, mantenía en horarios laborales, versaban sobre generalidades elocuentes más allá del bien y del mal, en aguas de conmiseración que mantenía ciertos ambientes recoletos en sus demudadas apariencias de soslayo más que paulatino, sopor abrumador que la señorita Tacna vociferaba en su fuero íntimo en contadas ocasiones de autocomplacencia más bien literaria.

Mirando con circunspecto disimulo al personal que la rodeaba y que expresaba su más sincera condescendencia con lo que ella quería anunciar en su prerrogativa de detalles personales, como la materia más gris de todo, enfrentada con el mundillo de cultura a rajatabla que la envolvía y en el que ella misma decíase pertenecer como nadie. Aún cuando en noches de velada televisiva, se confesaba en los espejos de su dormitorio y, desechando todo amor propio pensaba en la secretaria Cufufa con más ardor virtual del que era capaz de reconocer aún ante ella misma y a su figura en el espejo de sus días impecables. Como cuando éramos adolescentes, ¿te acuerdas, Marisa?

La señorita Tacna, más que correcta y esbelta tomó su bandeja y deambuló por las carnes y las verduras, en búsqueda más aparente que real, dejando su estela de almibarada y gallarda presencia. Cuando su visión periférica detectó a Daucli con su cara de escasa cordura y su andar desequilibrado, se vio a si misma inmersa en una situación de popularidad como pocas había tenido en su vida de adulta. Se sintió aunada en comunión popular con las almas laborales que todos los días la rodeaban en su supuesta frivolidad y distancia del decoro del buen gusto en burdas y chabacanas manifestaciones de humanidad devenida en básicos movimientos retóricamente regresivos. La mujer que acababa de aparecer con su pelo caoba en la escena de ese teatro que ella veía como su vida, recibía las malas miradas de las que ella muchas veces se creyó depositaria. Aunque ahora, la señorita Tacna se sabía perdonada y valorada no por su concupiscencia de la que nadie sospechaba, pero si por lo que aparecía tímidamente como su frívolo pasar y un tanto discreta existencia de ribetes más bien misteriosos y un tanto recónditos pero sin exagerar, claro. Como siempre, la aparición de Daucli le importunó en oleadas de enojos ampliados en ondas asimétricas que expandían una situación que no debiera darse y, mucho menos, tenerla a ella misma inmersa en esas cavilaciones de tipo endemoniadamente poblacional, inculto, irreverente… a Daucli nunca se le otorgaría el perdón, cuando a ella misma se lo habían concedido -ella misma lo había hecho lícito- la gracia, tal vez por medio de la escurridiza secretaria Cufufa.

Bien lo hubiera puesto en palabras del barrio, doña Tecla con su escoba, delantal raído que alguna vez tuvo vivos floreados y la mano en la amplia cintura. Algunas veces su cabeza cubierta, en lo que podría ser un acicalado de fiestas, té canasta o vaya a saber, algún bingo en las zonas sospechosas del centro de una ciudad de segunda categoría con ínfulas internacionales. Doña tecla barre la vereda de la calle en que transcurre la vida y se queja, mientras le grita a la hija gorda (no, gorda no, “con sobrepeso”) y sondeando los movimientos vecinales, saca proclamas y sentencias. Doña tecla barre como para eliminar quien sabe qué vida, que recuerdos, pudores o que desvíos del destino de las baldosas grises y levantadas impúdicamente por las raíces de ese árbol de porquería. Raíces de los árboles que en primaveras tempranas largan pelusas que hacen toser o estornudar a las testigos de Jehová que hablan con amabilidad y mucha más paciencia todavía. La señorita Tacna escuchaba a doña Tecla y recuerda más de lo que hubiera creído, más de lo que todos hoy sospechan que ella recuerda y practica. Doña Tecla y la filosofía que Proust y Russell confirmaron a su tiempo, irónicamente.

La señorita Tacna, extrañaba a la secretaria Cufufa, que representaba una especie de acalorada y desmedida vanidad tajante en su propia salsa de sabores opresivos. La secretaria Cufufa, la que ella misma buscaba, a veces, para que la libere más no sea por ciertas horas secretas de los atiborrados intervalos de lánguida dejadez que, como la soledad, desesperaba en algunas noches solitarias. Cufufa, que en el espejo, aparecía más bien parecida a ella, pero que por afuera era como vapor del baño en el invierno o aroma a ese perfume que usaba su madre, no respondía a nadie más y eso al tiempo que la desesperaba con medida, le daba entusiasmos que consideraba muy prohibitivos. Y se los limitaba en ritos familiares tácitos, como si ella fuera su propia madre e hija a la vez. La señorita Tacna, en remolinos de lo que podría haber sido catalogado como reprimida lujuria, se permitía la visita de la secretaria Cufufa. La hacía revivir, ella decía. Las dos, envueltas en músicas del exótico silencio nocturno, candores de soledad íntima y vestidos de idéntica liviandad, se movían no desprovistas de gracia y candor, pero con profundo y disimulado ardor, por las callejuelas de Cetáceos, Cohetes y Ferrocarriles. Para desembocar seguido en los Jirafales o las cafeterías quintas, donde se produce mucha risa en tonos altos, casi reñidos con la moral y las buenas costumbres, y hay multitudes festivas con epítetos que se convierten en acosos de tipo sexual, en mentiras con tinte traidor o inventos de desequilibrado ensañamiento con vaya a saber qué franja de la humanidad.

Para una América y una quimera. Octubre de 2007.
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Huy, casi me quedo turnio, está bueno.


El primo de la mujer de uno que vivía en la cuadra de mi abuela, una vez se quedó TURNIO.

Le tuvieron que liviar la adyuvante con una finura y arrumar el trépano pituitario con un buen par de tarimas para que no se le produzcan revueltas de carnaza y acoples paupérrimos de bilirrubina.
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jueves, 11 de octubre de 2007

Mi merecido, mal.

Manejo un transporte público. Estoy sentado muchas horas -a veces más, a veces menos- en un aparato grandote que hace ruidos y que a veces parece que se adueña de los controles de mando y me hace hacer cosas que no se si es que las hago yo, somnoliento y cansado o es la fuerza interior y posesiva de la máquina. Un rugir de su neurosis y sus ansias de arrastrar a todo ser viviente de esta ciudad a un mundo caótico y de extremos ásperos.
Una tarde de sábado, sube un pibe alto, cara de bueno y rubio. Los cara de bueno me exasperan. Y en lo que más tarde identifico como sueños en estado de despierto, me habla y sostenemos un diálogo que he dado en llamar:


Mi charla imaginaria con un pasajero

Me ve venir, soy el tres catorce. Me hace señas y se pone a buscar monedas. Ve que no tengo intención alguna de parar, me hace señas de nuevo y se me tira adelante. Freno. Se sube con una mirada de reproche y yo, sin sorprenderme, le devuelvo una furiosa.

Pasajero - Setenta y cinco.

Yo - ¿Hasta dónde vas?

Pasajero - ¿Qué carajo te importa? Te dije Setenta y cinco

Yo - ¡¿A-dónde-vas?!

Pasajero - Club Banade.

Yo - Un peso.

Pasajero - ¡Robo! ¡¿Por qué esta línea siempre se da el lujo de robarme plata?!

Yo - Es lo que hay. Me hubieras dejado seguir de largo y tomado el de atrás.

Pasajero - (Poniendo las monedas) ¡Maldito! Ojalá reciba lo que merece...

Yo (pensativo) - ...es cierto, pero ya soy colectivero. Bueno, ojalá me sirva de lección.
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Basado en un cuento de Eduz.
29 de agosto de 2007.
http://fronmnop.blogspot.com/2007/08/mi-charla-imaginaria-con-un-colectivero.html

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