lunes, 26 de noviembre de 2012

PETISA

Mujer de manos suaves y espigadas que me traés lo mejor de la vida y reflotás lo más intenso de mis sentidos; tenés la risa de miel, la mirada de arco iris. Yo revivo tu cuerpito de tibias y peronés que rozan con pasión mis piernas desde el primer día. En una cuevita tibia, en un espacio transgresor de Buenos Aires, en la playa de la Florida o en una calle oscura de Seattle.

Yo te escucho ¡Javi, Javi, Javi, amor, amor, amor! y el mundo se me sale otra vez de la órbita y la realidad desparece por instantes en miles de terremotos. El corazón me deja, salta hasta tocar un anillo de Saturno y vuelve para estremecerme el ratito eterno en que te miro sintiendo que me voy a morir de tanto amor.

Miles de productos en tu piel de aromas propios mientras me ponés esas otras tres cremas en los párpados y me peinás sentado en el baño, una noche de fin de semana. No me dejes hablar ni decir nunca más nada nada, regalame tus saltitos de nena alegre, bailame con tu vestidito de jean que deja ver tus encantadores hombros y movelos mucho mientras me leés en la cama tus prosas poéticas de los desterrados y yo te acaricio el dedo gordo gigantesco. No pares de decirme "amor" cada tres palabras y yo te vuelvo a llenar todos los balcones de flores coloridas. Vení todos los febreros a esperarme tarde a la noche y llevame después a alguna isla para acurrucarnos frente al fuego con esos deliciosos vinos de a dos o a querernos para siempre en el agua tibia con vista al mar.

Porque no hay manera sobre la faz de la tierra de que no deje de admirarte aunque te parezca rara mi mirada subyugada en tu perfil mientras miramos la peli del domingo a la mañana en la cama. Decime que ¡iá! y sacale todo ese brillo que vos sabés a tu mirada para hacerme rajas con chile relleno que te llevo a comer crepas con interminables muestras de vino blanco que no vaya jamás a ser seco. Te hago té, te dejo mi lado en el colchón y te traigo flores que no sean colorinche cuando menos te lo esperes, vos poneme la mano abierta contra la pared que me encanta mirarla. ¿Te hago jugo de toronja?, ¿una pizzeta?, ¿quesadilla? Me como lo amarillo, de dejo la parte blanca.

Llevame a aprender más de tu México querido para que te siga descubriendo y me apasione por otros moles, otros jalapeños y muchos tequilas. Decime que ¡me choca! y yo te miro y te admiro con anteojos de esos chiquitos mientras me dejás languidecer en el caldo de mi propia estupidez, desesperado bajo el peso de los recuerdos que se me apilan y me ahogan mientras la estela de tu recuerdo se me aparece en cada espejo embrujado por tu amor para hacerme piojitos que me tiñen la espalda de rojo.

Se han desatado tormentas, de las peores de mi vida, y los tifones no dejan de mojarme los ojos. Mientras me hundo en un mar frío y triste, la orquesta toca una sinfonía dramática, suspiro sin parar y me armo la película donde una noche, parado con los mariachis al pie de tu balcón suburbano, te canto Bonita a todo dar con cara de bobo adolescente enamorado.

Como en un tango, casi no dejo de imaginar el papalote de lavanda moradita que me trae el GPS donde aparece detallada la ruta secreta de regreso al amor calentito, ese que me hace sentir conectado a algo más. Como el refugio tibio de tu cuello, el lugar más seguro del mundo, donde reconozco tu olor a mujer soñada en el oasis de las cristalinas aguas de la isla desierta de aquella playa en nuestras fotos más intensas, ¡vidiosa!

Mounstruo




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Es grandote y feo, puro humo oscuro. Lo vi venir pero no creí que se me metiera tan adentro.
Fue de a poco, sin que me diera cuenta. Las flores del jardín se pusieron negras y se oscureció el cielo. El sol ya casi no sale.

Me despierto y me lo encuentro ahí, me está esperando para rodearme de angustias y dolores. Se agranda y ocupa todo el espacio cuando no miro. Se mete en la ducha, pareciera que con el agua caliente toma fuerza y me tensa los músculos.

Se me mete en los ojos, se me irritan y respiro rápido como si así me lo fuera a sacar de adentro.
Me sigue para atacarme de repente, cada tanto se le da por recordarme mi estupidez. Me pone arenas movedizas en el baño y se me mete en los intestinos.

Yo sé que ella lo puede matar o ahuyentar con su sonrisa de ensueño y su piel interminable. Pero no me rescata, está tan distante. En otro planeta.






Como ella en 2011, hoy yo estoy bastante mal.
La diferencia es grande: yo no tengo quien me cuide.