jueves, 13 de noviembre de 2025

La soledad, la libertad y el decoro corporal

La vida en soledad enseña, con una paciencia invisible, que no hay mayor soberanía que la del cuerpo cuando nadie lo vigila. Quien se acostumbra a habitar en su propia compañía descubre que los gestos más sencillos —respirar a su ritmo, caminar descalzo, comer sin horario— se transforman en símbolos de autonomía. Entre esos gestos, ocupa un lugar peculiar la liberación de gases intestinales: fenómeno fisiológico inevitable, índice de buena salud digestiva y expresión natural de la maquinaria orgánica que trabaja en silencio. El aire que escapa del cuerpo es tan legítimo como el suspiro, el bostezo o la risa, y sin embargo ha sido condenado a los márgenes de la vergüenza.

La paradoja se hace evidente: lo que para la ciencia médica es signo de normalidad intestinal, para la moral heredada es un estigma. La cultura ha establecido que ese acto —cotidiano, universal, democrático— debe ser ocultado, reprimido o al menos excusado con mil disculpas. El código de las “buenas costumbres” convierte un reflejo natural en un tabú, en una frontera invisible entre lo íntimo y lo público. Así, la libertad del solitario, que se permite sin reservas ese alivio fisiológico, entra en conflicto con el orden social que exige discreción, silencio y control.

El dilema se agudiza cuando la soledad da paso a la presencia de otro: la pareja, la amistad, la comunidad. Entonces el individuo se debate entre la fidelidad a su organismo —que pide ser escuchado sin censura— y el temor a la mirada ajena, que sanciona, se burla o rechaza. En esa tensión entre naturaleza y convención se cifra el riesgo: perder el decoro, romper el pacto tácito de contención, o peor aún, ser juzgado indigno de la compañía por una licencia del cuerpo.

Tal vez convenga reconocer que la liberación de gases no es un desliz contra la civilidad, sino una forma de verdad orgánica, una voz del intestino que recuerda nuestra condición de seres vivos antes que de seres sociales. Pero la sociedad, obstinada en domesticar lo humano, seguirá llamando afrenta a lo que en esencia es alivio. Y así, el habitante solitario seguirá preguntándose si un día, por olvidar el hábito de reprimir, no perderá con un solo pedo la paciencia de quienes lo rodean.

DESTELLOS 2 (2025)

 Las manos envuelven la taza blanca, tibia, como si en su calor pudiera encontrar un refugio o un alivio para la pena que se le adhiere al cuerpo como una segunda piel. Sueña con que ese café sea un elixir milagroso que lo arranque de la languidez y lo transporte a otro mundo, aquel donde ella le sonríe en carne y hueso, sin que el tiempo le haya robado la risa.

París es tal como la inventó. O casi. Nunca pensó que las calles pudieran doler al recorrerlas. Hoy, que las canas le acumulan los años, puede perderse en cualquiera de sus rincones y el tiempo sobra para recorrer todos esos rincones de los sueños. Hoy cada paso pesa con sonidos metálicos, como si arrastrara cadenas invisibles, como recuerdos que no dan tregua.

Ella nombraba sus canas, decía que le gustaban. Le hubiera gustado tanto andar así, libre y despreocupada, por París. Cada tres horas, más o menos, se pregunta si esto le hubiera encantado o si aquello la habría incomodado. A veces cree escuchar su risa tras una esquina decorada, otras, la imagina sentada frente a él, con la bufanda liviana y la paciencia suya, mezcla de ternura y burla.

Un rayo de sol asoma entre dos edificios y cae con precisión sobre un ínfimo espacio de la mesa de mármol. Entibia un punto diminuto y alrededor de su meñique, como si buscara hacerlo reaccionar. Afuera, un violinista toca una melodía antigua que le suena vagamente conocida.

La lluvia arrecia. El café huele a madera y a tostadas recién hechas. Es un buen lugar para escribir, piensa. O para olvidar. O para perderse en una historia que nadie ha contado.

Y entonces, como en una coreografía que se repite cada tanto, ella se le aparece de nuevo. La tiene ahí, sentada junto al rayo de sol, tomando un té, como si nunca se hubiera ido. Esta locura no debe hacerle bien, pero no puede evitarla. Ahora ella bebe vino tinto —rojo, le decía ella— y apenas sonríe con un gesto suave, casi condescendiente, como diciendo “no vayas a llorar otra vez, ¿eh?”.

Él acerca los labios a la copa, pero se detiene en seco. Se acuerda de su vieja costumbre. Sin un brindis, no vale.

Ella, de turbante y cicatriz en el pecho, lo mira con comprensión. Sabe que él llora a mares por dentro. Sin hacer sonido, mueve los labios como diciendo “dímelo”.

Él se inclina apenas, como quien va a contar un secreto. Su voz sale en un susurro, apenas un hilo de aire:

—Recién apareció el sol, me anunció tu visita.

Y con un murmullo casi inaudible, añade:

—No dejo ni un minuto de nombrarte.

Hace un leve movimiento, como si fuera a tomar su mano. Pero ya no está.

El sol se oculta tras los edificios y con él, su silueta. París le muestra las sombras como ojeras bajo las ventanas. Se levanta con su propio ruido de cadenas colgantes. Afuera, la calle brilla con la humedad de la llovizna, los faroles reflejados en los adoquines.

Yo te veo pasar y sé que no es necesario agregar nada al saludo con la mano. El tiempo ya pasará. Estás en París y, cada tanto, ella pasa por tus días a sonreírte por un momento.

Afuera, el violinista sigue tocando. Y, en algún rincón del tiempo, alguien sonríe.

 

 

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Derivas de olas extraviadas por el desarraigo

 Una botella avanza, expulsada por una mano olvidada, como si el mar fuese un archivo interminable en el que cada ola conserva y a la vez deforma el mensaje que transporta. El papel en su interior es apenas un pretexto: lo verdadero está en el viaje, en esa deriva sin brújula que la convierte en alegoría del hombre que parte sin saber a qué orilla pertenece.

El viajero, semejante a la botella, obedece una ley más honda que la voluntad: la urgencia de lo desconocido. Busca ciudades que lo descoloquen, lenguajes que lo obliguen a inventar otra respiración, encuentros breves que lo alteren como un espejo deformado. Y sin embargo, mientras avanza, siente la fisura del desarraigo, como quien conserva la memoria de una casa que ya no existe. Aprende que toda llegada es, secretamente, otra forma de partida.

El regreso tampoco es regreso. Los lugares parecen haberse desplazado un milímetro, lo suficiente para ser irreconocibles. Los rostros que lo esperan han afinado sus silencios, y él mismo se descubre distinto, irreparable. En medio de la familiaridad surge la sospecha: el hogar también lo expulsa, porque en cuanto lo habita empieza a soñar con la fuga. La quietud se le vuelve frontera, y la nostalgia, brújula.

Su vida oscila entre dos nostalgias que no se reconcilian: la de permanecer y la de marcharse. En cada estación presiente el laberinto borgiano, pasillos casi ciegos que lo devuelven al inicio. En cada conversación fortuita se insinúa un azar que le recuerda a Cortázar: una palabra que tropieza, un gesto que, aunque parece mínimo, lo arrastra como oscura corriente subterránea.

Así, botella y viajero se confunden: llevan un mensaje sellado que tal vez nunca será leído en clave original; ambos se entregan a corrientes que no eligieron y encarnan la paradoja de buscar un destino sabiendo que el hallazgo no trae sosiego. Al final, partir y volver son apenas variaciones de un mismo acto: tantear en lo inasible, un murmullo de mar que ofrece una respuesta, pero nunca termina de revelarse.

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sábado, 4 de octubre de 2025

Mandamientos del cine y la televisión

Este manual reúne un conjunto de instrucciones para libretos, configuración de personajes  y construcción de tramas generales en el cine.


I. El héroe

  • El héroe siempre en el lugar justo en el momento justo: todo sucede alrededor del protagonista, como si el destino conspirara a su favor. Nunca llega diez o quince minutos después o antes; siempre aparece en el segundo exacto en que debe salvar, descubrir o presenciar algo crucial.
  • Héroes con puntería infalible: los protagonistas disparan y siempre aciertan, incluso en condiciones imposibles. Mientras tanto, esquivan todas las balas enemigas como si tuvieran un campo de fuerza invisible, reforzando la idea de que la suerte y la física siempre están de su lado.
  • Protagonistas que sobreviven a movimientos imposibles: saltan desde edificios, puentes o incluso aviones… y se levantan apenas con un poco de polvo en la ropa, que además sigue entera. Sin huesos rotos ni heridas graves, están listos para la próxima escena de acción como si nada hubiera pasado.
  • El héroe íntegro por encima de la historia: el personaje justo y moral hará lo imposible por salvar una vida —o varias— porque afirma que es lo correcto. Poco importa si todo ocurre en el marco de una guerra en la que el ejército de EE. UU. invadió, destruyó un país o conspiró para imponer un gobierno criminal: la trama se centra en su noble gesto individual, aislado de cualquier contexto incómodo. Lo mismo puede suceder en historias ambientadas dentro de EE. UU., donde se exaltan actos de heroísmo, justicia o ingenio social mientras, en el trasfondo, la economía se sostenía con esclavos o minorías segregadas.
  • El héroe con trauma personal que se resuelve en plena misión: la catarsis coincide con el clímax de la acción.

II. Villanos

  • Villanos teatrales: en vez de actuar, explican sus planes con lujo de detalles, regalando al héroe la oportunidad de salvarse.
  • Villanos muy malvados, pero morales: a pesar de ser asesinos despiadados y torturadores sanguinarios, casi nunca aprovechan la vulnerabilidad de las bellas heroínas. Respetan un código moral hollywoodense que suaviza la maldad para no incomodar demasiado al público.
  • Villano que nunca muere a la primera: tras caer de un edificio, recibir varios disparos o ser dado por muerto, reaparece para un susto extra antes del final. El héroe siempre se distrae y olvida esa posibilidad, lo que permite que la pelea recomience. Aunque el villano estuvo inconsciente durante minutos, se levanta con fuerza y coordinación suficientes como para seguir luchando como si nada hubiera pasado.
  • La frase de cierre memorable: antes de matar al villano, el héroe suelta una línea ingeniosa o sarcástica.

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III. Escenarios y el mundo

  • Todo ocurre en EE. UU.: invasiones extraterrestres, epidemias globales, catástrofes naturales… siempre aterrizan primero en Nueva York, Los Ángeles o Washington. Y, como si fueran los únicos habitantes del planeta, son los estadounidenses quienes resuelven la crisis en nombre de la humanidad entera.
  • Emociones made in USA: no importa el rincón del mundo, la cultura, la época histórica o incluso el planeta de fantasía: los personajes siempre reaccionan con las emociones y valores que el público estadounidense considera correctos y admirables.
  • Moralidad intergaláctica made in Hollywood: si se trata de viajeros en el tiempo o de exploradores de galaxias lejanas, los seres vivos que encuentran pueden ser buenos o malos, pero todos respetan —de manera misteriosa— los mismos códigos morales aceptados en EE. UU., aunque ni siquiera en el propio planeta Tierra esos códigos sean universales.
  • Lo increíble se acepta enseguida: ya sea un viaje en el tiempo, un fantasma, un alienígena o cualquier otra situación imposible, es admitido con muy poca desconfianza y únicamente por los personajes clave. Dudan apenas unos segundos al inicio y enseguida lo incorporan a su rutina, actuando como si esa nueva y absurda realidad hubiera sido lo más normal desde siempre.
  • Supervivientes impecables: aunque el grupo esté perdido en una isla desierta, en la selva o en medio del desierto, nadie muestra señales de la vida al aire libre; quemaduras de sol, picaduras ni ropa hecha jirones. Tampoco se quejan de incomodidades, hambre o de los insectos. Parece que están en un campamento turístico.

IV. Acción

  • Llegada milagrosa de la policía o refuerzos: patrullas o helicópteros aparecen justo a tiempo, como si estuvieran esperando detrás de la esquina.
  •  Peleas sin consecuencias físicas: los protagonistas reciben golpes brutales pero siguen luciendo impecables, sin un moretón ni un diente flojo.
  •  Explosiones espectaculares: todo estalla como un show de fuegos artificiales y los héroes sobreviven corriendo en cámara lenta.
  • Tiempos y distancias irreales: cruzar de una costa a otra de EE. UU. parece cuestión de minutos.
  •  Autos indestructibles (o totalmente frágiles): los vehículos de los héroes sobreviven a persecuciones imposibles, vuelcos y choques… pero los del villano explotan con un simple raspón.
  •  Persecuciones con obstáculos convenientes: cajas, carritos, frutas o vidrios aparecen en el camino, listos para romperse. Ocurre en un mercado callejero exótico y lejano —Marrakech, Estambul, Ciudad de México o Bangkok— donde los puestos de frutas vuelan por los aires, la multitud grita y gallinas o cabras atraviesan la escena mientras el héroe salta entre montones de mercancía.

V. Tecnología y magia

  • Tecnología mágica: hackeos en segundos con pantallas llenas de gráficos futuristas que nadie en el mundo real usa.
  • Computadoras que obedecen al instante: basta con teclear rápido y la pantalla muestra gráficos espectaculares; nunca hay pantallas en blanco, errores, actualizaciones pendientes o reinicios.
  • Dispositivos con sonidos futuristas: cada vez que un personaje opera una máquina, computadora o aparato novedoso, cada acción debe ir acompañada de su respectivo pitido, zumbido o tono tecnológico. Lo mismo ocurre con los botones luminosos: nunca se presionan de a uno, sino varios a la vez, y siempre con seguridad, sin titubear.
  • Armas de munición infinita: los cargadores nunca se vacían, salvo cuando lo exige el guion.
  • Celulares inmortales: siempre tienen batería y señal, incluso bajo tierra, en el desierto o en medio de un apocalipsis. Y jamás se ve a los protagonistas esperando que se cargue el teléfono: nunca enchufan, nunca buscan cargadores, y la batería aguanta días enteros de persecuciones.
  • Bombas y dispositivos
  • El encendedor milagroso: falla varias veces pero se enciende justo en el momento decisivo, funcionando como una minibomba dramática.
  • Bomba con cronómetro digital gigante: los números deben ser rojos, enormes y muy visibles. El héroe nunca corta el cable correcto con calma cuando todavía falta tiempo para que llegue a cero y explote; siempre es en el último segundo, justo antes de la explosión.
  • Encendedor milagroso (versión definitiva): cuando finalmente aparece y es justo lo que se necesitaba para una situación desesperada, debe fallar varias veces pero prender en el momento clave, ni un segundo antes ni un segundo después.
  • El coche que nunca arranca: se detiene en el instante más inoportuno y arranca milagrosamente… o se queda sin frenos, pero nunca en una calle sin pendiente.

VI. Justicia y sociedad

  • Detectives de catálogo: casi todos atractivos, atléticos y jóvenes, alejados de la realidad de cualquier cuerpo policial promedio.
  • Los testigos se delatan solos: no importa si el acusado es un mafioso profesional o un abogado experto: el fiscal o el defensor siempre encuentra la pregunta trampa perfecta, esa que toca la fibra íntima y nubla la razón. Y así, en medio del juicio, el testigo termina diciendo justo lo que no quería, contradiciéndose o incriminándose frente a todo el tribunal.
  • Testigos siempre disponibles: en una investigación crucial, los testigos o víctimas están siempre en casa y disponibles para ser entrevistados. No importa si viven en una ciudad inmensa como Nueva York o trabajan: el detective o uniformado siempre los encuentra en la primera visita, sin llamadas previas ni horarios imposibles.
  • Reuniones de alto nivel ultrarápidas: presidentes, generales y científicos resuelven una crisis mundial en cinco minutos, todos de acuerdo y sin debates complejos.
  • El policía a punto de jubilarse que siempre muere en la misión final cuando le faltaban apenas unos días para el retiro.
  • Un mentor sabio que muere y cuya su función es inspirar al héroe y desaparecer dramáticamente.
  • Encuentros imposibles en la multitud en ciudades de millones de personas, los personajes se cruzan de casualidad.
  • La llamada que se corta justo en el momento clave y no se escucha la advertencia completa.

VII. Medicina y ciencia

  • Médicos y hospitales de guion: cada vez que alguien llega a urgencias, inevitablemente se le practica una reanimación dramática, aunque no siempre tenga sentido clínico. Además, las enfermedades y traumas presentan todos los síntomas a la vez y en cuestión de minutos, para que el espectador no tenga dudas de lo que está ocurriendo.
  • Las máquinas siempre suenan: los monitores que rodean a un enfermo grave nunca dejan de emitir pitidos constantes. Y cuando el personaje muere, debe sonar un pitido continuo, largo y dramático, que anuncia su final incluso antes de que el médico lo confirme. 

VIII. Lenguaje y comunicación

  • Inglés universal mágico: no importa en qué país estén, siempre aparece un policía, un juez, un soldado o un ciudadano cualquiera que habla inglés perfectamente. Y, una vez que empieza, jamás vuelve a su idioma local: toda la escena se desarrolla en inglés como si fuera la lengua natural de todo el planeta.
  •  Extranjeros con inglés perfecto aunque un poco inseguro: personajes que están en otro país o que hablan con inmigrantes que hablan inglés con inseguridad exagerada (pausas, acentos marcados, dudas) y que dicen la palabra en su idioma nativo antes de encontrar la palabra justa y perfecta en inglés. Sin embargo, cometen muy pocos errores y logran expresar con claridad todo lo que quieren decir.

IX. Estética y presentación

  • Sexo con logística imposible: cuando los protagonistas tienen relaciones, las sábanas, almohadas o ropa caen misteriosamente siempre en los mismos lugares estratégicos del cuerpo. La coreografía es tan precisa que parece dirigida por un censor invisible.
  • Peinados y maquillaje posapocalípticos: aunque el mundo se derrumbe o haya zombies, las heroínas mantienen el delineado perfecto y los héroes jamás despeinan su melena.
  • Personajes con atributos que se esfuman: alguien es presentado como culto, supersticioso o traumatizado, pero esos rasgos jamás vuelven a aparecer ni influyen en la trama.

X. Recursos narrativos

  • Niños prodigio que muy sorpresivamente salvan la trama: adolescentes que, sin estudios ni experiencia, logran descifrar códigos militares, pilotear naves o desactivar bombas nucleares mejor que los expertos.
  • Animales entrenados para la trama: el perro o gato de la familia siempre ladra o maúlla justo en el momento en que descubre algo que los humanos no habían notado.
  • Animales con subtítulos sonoros: si aparece un caballo, inevitablemente se escucha un relincho. Si alguien menciona al perro, en ese instante sonará un ladrido. Como si el espectador necesitara recordatorios acústicos para identificar qué animal está en pantalla.
  • El beso bajo la lluvia: siempre con pasión exagerada y en ambiente primaveral u otoñal, la estación y el clima son cómplices del romance.
  • Beso final obligatorio: no importa si la historia era sobre guerras, catástrofes, ciencia ficción o un apocalipsis: en la última escena, el héroe y la heroína encuentran tiempo para besarse.
  • El discurso del héroe lo resuelve todo: una sola arenga con tono de gesta épica convence multitudes, evita guerras o cambia el destino de un país.
  • Fantasmas con destino moral: al resolverse el problema o misterio, el espíritu del fantasma bueno se eleva hacia el cielo en una haz de luz celestial con opcional de música angelical. el malo, en cambio, es arrastrado hacia el abismo del infierno, a veces con gritos, sombras y efectos especiales de justicia cósmica.

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jueves, 4 de septiembre de 2025

Un aire tibio, silencioso y asesino

Era invierno en Bariloche, una noche fría que se siente en todo el cuerpo, con aire afilado y silencioso. En esos dias había alquilado un departamento que era un garaje reciclado, un único espacio que servía de dormitorio, cocina y sala, y un baño chiquito con una minúscula ventanita hacia el lago. Sobre la mesada de la cocina había una única ventana con una vista espectacular del lago Nahuel Huapi y las montañas del lado neuquino. El teléfono, un lujo insólito en esa época, casi parpadeaba gris en un rincón. Este lugar era mío, hasta que llegó Gabi a mi vida, pero esa es otra historia.

Recién empezaba la década del 90 y yo estaba de vuelta de un viaje por Brasil. No tenía vivienda fija y me estaba quedando en el hostal Alaska de mi amigo Marcelo. Esa noche decidí dormir por primera vez en el departamento que recién había alquilado y pintado. Me acompañó Liliana, que era maestra y también estaba temporalmente en el hostal. Esa noche comimos sobre cajones de verdulería, algo comprado en la rotisería de un supermercado con la estufa a gas con un brillo de fuego rojo y amarillo que resplandecía al ras del suelo junto a la puerta del baño. Nos acomodamos en nuestras diminutas camas para dormir, cada uno a un lado del pequeño espacio que nos guarecía.

Por lo general me duermo y el sueño me absorbe. Pero de esa noche me acuerdo el sonido entre sueños de lo que después recordaría como un grito o cántico metálico que me llegó en sueños, lejano y extraño. La imagen de mi recuerdo fue un sonido como de láminas grises de acero colgadas que se golpean entre sí por un viento que la agita. Me desperté débil, con las piernas dormidas y los brazos torpes. Me senté en la cama y me di cuenta que los movimientos era un esfuerzo muy inusual. Me pude levantar y avancé apoyándome en las paredes, enseguida supe que algo no estaba bien, nunca me había sentido así y tenía que llegar a la ventanita del baño. La abrí y el aire helado entró tajante y directo a la cara. Respiré profundo varias veces, recuperé cierta claridad y me di cuenta: algo estaba mal. ¿Gas?, ¿oxígeno?, ¿combustión?… no lo sabía, pero algo había que hacer.

Cerré todas las llaves de gas. No encendí luces. Abrí la ventana de la gran vista al lago en el rincón que hacía de cocina y el frío entró como  manto invisible atropellándome la respiración.

Liliana seguía en su cama, parecía que dormía profundamente. Me acerqué y la sacudí, la cacheteé y la sacudí, insistí hasta que abrió los ojos. La levanté, la arrastré y la apoyé sobre la mesada. El esfuerzo fue grande para el cuerpo todavía entumido y me fui al suelo, sin fuerzas por un momento. Las brazos de Liliana cruzados sobre el pecho se tensaban y relajaban, como un movimiento reflejo. Hoy lo recuerdo con la seguridad de que sin mi intervención no se hubiera despertado.

Permanecemos quietos, respirando de pie frente a la ventana abierta de par en par. El aire helado entra afilado y silencioso, pero siento que el frío no duele, repara, como un elixir discreto o un antídoto que nos va sacando del letargo. Afuera, el lago y el cielo, enormes y grisáceos, ocupan todo el marco. No hablamos; apenas nos inclinamos, como velas contra un aire cada vez más afilado y sanador, sintiendo que la inmensidad gélida del paisaje nos alivia de algo que todavía no sabenos qué es.

La estufa que había en el departamento era antigua y no tenía toma de aire al exterior. Consumía oxígeno y llenaba el espacio de dióxido de carbono, invisible y silencioso, un enemigo que mata sin ningún aviso de su presencia.

Al amanecer, con dolor de cabeza y Liliana desorientada, fuimos a Gas del Estado. Nos informaron de ciertos antecedentes: alguien había muerto antes en ese lugar. La empresa mandó a cortar el gas y los dueños tuvieron que instalar una estufa de tiro balanceado. Protestaron, pero no tuvieron alternativa. El gasista midió la presión durante 24 horas antes de reconectar, el método de seguridad para asegurarse de que no hay fugas.

Con el tiempo fui tomando conocimiento de la magnitud del peligro que nos acechó esa noche. En los siguientes años leí en los diarios algunas noticias de muertes durante el invierno patagónico. Hubo un caso de una familia entera que nunca se despertó, camas tibias envueltas en el sopor de un aire que era cuna y trampa. A una persona la encontraron en la bañadera, donde probablemente había caído intentando moverse, ya sin fuerzas para levantarse. Entendí la escasa probabilidad de que esa noche hubiera podido levantarme de la cama.

Finalmente, la estufa correcta: tiro balanceado, oxígeno del exterior, gases expulsados al exterior, un espacio seguro donde viví más de un año. Llegó el verano y conocí a los Núñez, los vecinos de al lado. Olga Núñez me contó que algún tiempo antes una empleada doméstica había encontrado a la dueña de casa muerta en la cama, con espuma en la boca. La mujer que vivía en la que ahora era mi casa odiaba el frío y sucumbió al aire tibio que nunca vio, el gas silencioso y letal que se te mete en el cuerpo como un fantasma. Ese hilo gaseoso que decide entre la vida y la muerte me enseñó que lo cotidiano y lo mortal es a veces un dibujo en el aire. Sin color ni olor, pero muy traicionero.

El dióxido de carbono mata en silencio. La víctima duerme y respira, mientras se le duerme el cuerpo y se muere. Esa noche, yo estaba caliente y cómodo, pero por algún secreto designio del destino me desperté. Tuve la voluntad y un resto de energía para pararme y darme cuenta de que algo no estaba del todo bien.

 

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Cuando la inteligencia del Homo sapiens cambió de voz

El Homo sapiens, frágil en cuerpo y sin garras ni colmillos, aprendió pronto que la fuerza no era el camino hacia la supervivencia. No corría más que un felino ni resistía tanto como un bisonte, pero imaginaba, proyectaba, recordaba. Inventó herramientas que multiplicaron sus manos y símbolos que le permitieron reunir a multitudes. Fue así como, a pesar de su inferioridad física, dominó a criaturas que lo superaban en todo lo tangible, domesticó los campos y surcó océanos.

Mientras tanto, la mujer, hembra de la especie, fue reducida a sombras durante siglos y siglos. Pocos habrían imaginado que con la llegada del siglo XXII la misma hazaña se repetiría dentro de la especie. Esta vez sin espadas ni ejércitos, pero con la astucia de Hypatia entre rollos prohibidos, la pluma de Sor Juana desafiando los dogmas, la fe de Juana de Arco convertida en estrategia, el galope de Juana Azurduy y la resistencia de Bartolina Sisa, capaz de organizar pueblos enteros. A ellas se sumaban las voces de las diosas más antiguas: Pachamama enseñaba a sostener la vida con equilibrio; Coatlicue, encarnando la fuerza de la creación y la destrucción; Ixchel, que teje la luna y la fertilidad, mostraba que cuidar era también gobernar.

En los primeros territorios donde las mujeres tomaron el mando, las sociedades comenzaron a estructurarse sobre la escucha y la atención a los débiles. Allí, el útero gestando vida se percibía como un acto central, un vínculo silencioso que conectaba el presente con el futuro, recordando a la humanidad que cada nacimiento es un contrato de responsabilidad y atención. Esa sensibilidad hacia la creación de vida se reflejó en la paz del entorno, en la prioridad de los necesitados y en la protección de los más vulnerables.

El mundo comenzó a mudar su tono. Donde antes el estrépito de las armas hacía temblar las plazas, surgieron espacios de diálogo. Donde antes la violencia era norma, se impuso la escucha. Isabel sostuvo un reino con más diplomacia que pólvora, Rigoberta Menchú llevó la memoria indígena a los foros del mundo, Clara Zetkin mostró que la revolución podía escribirse con pensamiento. Y Antígona, eterna, recordaba que la justicia trasciende la ley humana.

Así como los primeros hombres se impusieron sobre la tierra pese a su fragilidad física, las mujeres se impusieron dentro de la humanidad con otra fuerza: organizar la vida en paz. No eran las amazonas de leyenda ni las heroínas solitarias de epopeya, sino un coro que avanzaba atravesando tiempos y geografías. Desde Dalila, capaz de derribar al más fuerte con un simple gesto, hasta las deidades indígenas que cuidan los ríos y los maizales, todas tejían la misma enseñanza: el poder más duradero es el que preserva.

Y la humanidad, al fin, alcanzó lo que parecía imposible: un territorio de sosiego donde la inteligencia, en manos femeninas, se volvió brújula. Allí convivían las voces de Hypatia y Sor Juana, de Juana Azurduy y Bartolina Sisa, de Pachamama, Coatlicue e Ixchel. Todas recordaban que la verdadera conquista no es la que destruye, sino la que funda un orden donde la vida florece, un orden marcado por la reverencia hacia cada nueva existencia.

 

domingo, 20 de abril de 2025

Debates divinos

Un café tradicional en Buenos Aires, en una esquina de Corrientes. Es otoño. El mozo de toda la vida sirve dos cafés, se escuchan los ruidos de la calle.

David (con tono sincero):
Mirá, Elena, lo que me molesta no es que la gente crea que sin Dios no podés ser bueno como si lo necesitáramos para no andar matando gente. ¿La única razón por la que no robás o no mentís es porque hay un castigo eterno esperándote?

Elena (tranquila):
No, claro que no. Pero la fe puede dar una brújula. Una guía más grande que uno mismo, una narrativa que nos vincula con algo más allá del ego.

David:
Eso lo tengo adentro, empatía… responsabilidad.
no hago el bien porque alguien me está mirando, sino porque me importa.

Elena (con dulzura):
Pero, ¿no te parece que apunta a algo más? A un eco de algo eterno… aunque no sepamos ponerle nombre.

David (niega suavemente con la cabeza):
No. Y, justamente, lo hermoso es que no hay segunda vuelta premio, juicio final.
Cada abrazo importa, las risas, los actos bondad; es todo irrepetible.

Elena (contemplativa):
¿Y cuando todo se acabe? Cuando estés al borde de la muerte, ¿no vas a sentir que falta algo?

David (pausado):
Claro, voy a sentir miedo, como todos. Pero no porque me espere un más allá.
Sino porque se termina lo único que conozco, lo único que hay.
Y por eso, vivo como si cada día fuera el último capítulo que escribo.
No necesito una eternidad si cada minuto tiene peso.

Elena (sonríe con cierta tristeza):
Tal vez ahí nos encontramos. Vos vivís con intensidad porque no hay nada más.
Yo vivo con esperanza porque creo que hay algo más.
Lo curioso es que, siendo ateo, hablás de Dios más que muchos creyentes.

David (con una sonrisa irónica):
Sí, bueno. También hablo de unicornios, pero nadie los usa para prohibir libros o dictar leyes.
Yo no creo en Dios. No digo que no exista. Solo digo que no tengo ninguna razón para creer que exista.

Elena (serena):
Entonces, ¿por qué te incomoda tanto?

David:
¿Dios es todopoderoso y todo amor? Entonces explicame, porque el mundo parece diseñado por un comité de sociópatas.
Y encima, el favoritismo. Los pobres rezan más, van más a misa, piden con más fervor… pero los favores celestiales llegan en limusina.
¿Va Dios en los barrios sin agua potable? Porque parece que llega sin problema a los penthouse.

Elena (sin negar el dolor):
Eso también me incomoda. Pero capaz que Dios no reparte recursos, sino sentido. Tal vez se manifiesta más en quienes, aun sin nada, siguen amando, luchando, esperando.

David (más serio):
Y no solo eso, la historia lo demuestra: cuánta gente profundamente religiosa ha hecho cosas horribles en nombre de la fe. Cruzadas, inquisiciones, quema de herejes, esclavitud justificada con la Biblia, terrorismo suicida. Horrores amparados en la santidad.

Elena (dolida, pero firme):
No te lo niego. La religión mal usada es peligrosísima. Pero eso no es fe, es fanatismo.
La fe verdadera no manda a matar sino a amar.
Y aunque se haya usado como excusa para el odio, también inspiró hospitales, abolición de esclavitud, derechos humanos, resistencia no violenta.

David:
Suena a un consuelo que justifica la injusticia. Y lo más absurdo: los creyentes están 99% de acuerdo conmigo. No creen en Zeus, ni en Vishnu, ni en Ra, ni en Quetzalcóatl. Solo creen en un dios más que yo.

Elena: (con paciencia):
Pero no es solo un dios más. Es una manera radicalmente distinta de ver el sentido de todo. No es una suma aritmética. Es una visión del mundo.

David:
Una visión que depende del lugar donde nacés.
Si mañana desapareciera toda la ciencia —todos los libros, todos los laboratorios— la ciencia renacería. Tardaríamos siglos, pero volveríamos a descubrir el ADN, la gravedad, el número pi.
Pero si desaparecen todas las religiones, ninguna volvería a ser igual.

Silencio. Ambos miran hacia el atardecer porteño que se filtra por la ventana del café.

Elena  (sin mirarlo):
Mirá ese cielo. ¿Cómo no vas a creer que hay algo más?

David:(también sin mirarla):
Justamente, lo miro y pienso: qué milagro, sin necesidad de milagros.
Sin guion, sin plan maestro, solo azar y tiempo, qué maravilla.

Frente al café una anciana cruza la calle a lado de un niño que suelta una carcajada mientras el semáforo cambia de color.

David: (con una sonrisa franca):
¿Y si al final, después de morir, no hay nada?

Elena: (sin perder la sonrisa):
Entonces no me voy a enterar. Pero al menos viví como si todo tuviera sentido.

David(mirándola con afecto):
Y yo viví como si el sentido lo tuviéramos que crear.

 

miércoles, 16 de abril de 2025

Diálogos imposibles

Un salón sin relojes, sin ventanas. Tres sillas. Un mate olvidado. 
La lámpara vieja alumbra desde arriba y sin calidez a Jorge Rafael Videla, Raúl Ricardo Alfonsín y Adolfo Pérez Esquivel.


VIDELA (con el tono cortado de quien ha leído demasiados partes militares).
Soy un hombre de formación castrense. Fui formado en la disciplina, en el orden, en el principio de obediencia. Mi padre fue auditor del Ejército. Desde joven supe que el país necesitaba un orden moral, y cuando llegó el caos en los '70, asumí la responsabilidad. Asumí el poder con la Junta para detener la subversión, para evitar una guerra civil. Me acusan de miles de desapariciones. Pero yo nunca di una orden directa de matar. No hay papel que lo pruebe.

ALFONSÍN (interrumpe con la voz serena y firme que lo caracterizaba en campaña):
No hace falta papel, Videla. Hay cuerpos. Hay familias. Hay cunas vacías. Yo también fui criado en una familia tradicional: mi padre, un pequeño comerciante gallego; mi madre, una mujer sencilla. Fui abogado, radical de Yrigoyen. Crecí creyendo en la ley. Me enfrenté a la dictadura desde la palabra, no desde la violencia. Fundé la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos mientras ustedes tapaban todo con comunicados. Y cuando asumí la presidencia en 1983, lo hice sabiendo que tenía que reparar el alma herida de un país.

PÉREZ ESQUIVEL
(apoya las manos sobre la mesa con suavidad):
Yo nací en Buenos Aires, hijo de inmigrantes vascos. Artista plástico. Profesor. Pero la pobreza me llevó a otra sensibilidad. Fui secuestrado por sus hombres, Videla, en 1977. Estuve 14 meses preso sin juicio. Me rompieron los huesos, pero no la voz. Cuando me liberaron, seguí. Recorrí América Latina, documenté torturas, denuncié. El Nobel me lo dieron por eso, pero lo acepté en nombre de los que no tenían voz. Por las Madres, por los estudiantes, por los campesinos.

VIDELA
(con tono seco):
No fue personal. Usted era un agitador internacional. Los organismos de derechos humanos eran parte del frente ideológico que buscaba desestabilizarnos. La patria estaba en peligro. ¿Acaso creen que era un capricho? ¿Un plan secreto de crueldad?

ALFONSÍN
:
No fue un capricho, fue una decisión política. Y cuando asumí el gobierno, no era fácil. Los militares todavía tenían poder. Sin embargo, impulsé el Juicio a las Juntas. Por primera vez en la historia de América Latina, un país juzgaba a sus dictadores con sus propias leyes. No fue revancha, fue justicia.

PÉREZ ESQUIVEL
:
Y después vino el retroceso. Las leyes de Punto Final, de Obediencia Debida. La presión, el miedo al levantamiento carapintada. Raúl, vos también cediste.

ALFONSÍN
(bajando la voz, con dolor genuino):
Sí. Y me pesa. Pero no era cobardía. Era evitar otra masacre. Aposté a que la memoria sería más fuerte que el olvido. A que el pueblo sabría cuándo volver a decir “basta”.

VIDELA
:
Me juzgaron. Me condenaron. Me volvieron a encerrar después de los indultos de Menem. Y ahí supe cómo iba a morir. Solo. En una celda común. Sin uniforme. Sin honores. Me encontraron tirado en el piso del baño. Se rieron. Pero no me arrepiento.

ALFONSÍN
:
Yo también supe cómo iba a morir. No en una cama de hospital, sino en la conciencia de un pueblo. En los discursos estudiantiles, en una marcha, en una boleta democrática. Me alcanzó el cáncer, sí. Pero morí con la frente en alto. Nunca hice plata con la política. Nunca me escondí.

PÉREZ ESQUIVEL
:
Sé que mi muerte será callada, como mi trabajo. Tal vez un infarto en una charla con jóvenes. O una caminata con una comunidad originaria. Lo importante es que cuando me vaya, haya más gente luchando que cuando empecé.

VIDELA
:
Los muertos de ustedes tienen nombre. Los míos, no.

ALFONSÍN
(mirándolo fijo):
Porque los desapareciste.

PÉREZ ESQUIVEL
(con la voz como cuchillo):
Y eso es lo que no se perdona.

VIDELA
(con voz lenta, un poco más cansado que antes):
Después de ustedes, vino Menem. Nos indultó. Fue una decisión pragmática, dijo. Necesitaba reconciliar al país. Y nosotros salimos por la puerta grande. Pero yo sabía que la historia no se borra con una firma. La calle seguía recordando. Y el tiempo... ese maldito tiempo, hizo que volvieran por mí.

ALFONSÍN
(asiente, con un dejo de amargura):
Sí, lo indultó. Yo me opuse, claro. Dije que era inconstitucional, inmoral. Pero ya no estaba en el poder. La democracia seguía, pero con heridas. El neoliberalismo avanzó como una topadora. Privatizaron el país, desindustrializaron los pueblos. Y el hambre volvió a las casas que habían creído en la esperanza.

PÉREZ ESQUIVEL
(con voz firme, más joven que los otros):
Y mientras ustedes hablaban de reconciliación, nosotros seguíamos en las plazas. Las Madres, las Abuelas, los organismos. Porque no hay reconciliación sin verdad. Ni perdón sin justicia. En los ‘90 el poder se vestía de Armani, pero los trenes se caían y las escuelas se caían. ¿Y quién hablaba de los desaparecidos? Nadie. Hasta que la memoria volvió como un río crecido.

VIDELA
(con amargura sorda):
Reabrieron los juicios. Me volvieron a encarcelar. Esta vez no hubo indulto. Me juzgaron por el robo de bebés. Por los vuelos de la muerte. Por los centros clandestinos. Me sacaron el rango. Me encerraron como a un delincuente común.

ALFONSÍN
:
Porque lo era. Y porque el pueblo ya no toleraba más impunidad. El 2001 no fue sólo una crisis económica. Fue una crisis de representación, de sentido. La gente salió a la calle porque ya no creía en nadie. “Que se vayan todos”, gritaban. Y sin embargo, fue esa misma sociedad la que volvió a exigir justicia. En medio del hambre, volvió la memoria.

PÉREZ ESQUIVEL:
En 2003 los juicios se reanudaron, se anuló el Punto Final, la Obediencia Debida. Se bajaron los cuadros. ¿Se acuerdan? Fue simbólico, pero profundo. Porque el pueblo necesitaba ver caer las estatuas del miedo.

VIDELA
:
Yo lo vi desde la televisión del penal. No dijeron mi nombre, pero todos sabían que era yo. Me pregunté si al menos alguien iba a recordar que, en los ’70, creíamos estar salvando a la patria. Ya nadie cree eso. Ni siquiera los míos.

ALFONSÍN
:
Y sin embargo, la democracia resistió. Con marchas, con dudas, con errores. Resistió. Eso fue lo más importante que hicimos: que el pueblo pudiera echar a un presidente sin tanques, sin fusiles. Que pudiera votar con bronca, pero sin miedo.

PÉREZ ESQUIVEL
:
Y resistió también porque hubo lucha. Porque los ’90 nos empobrecieron, pero no nos callaron. Porque mientras los mercados mandaban, las rondas seguían en Plaza de Mayo. Y porque un país sin memoria está condenado a repetirse.

VIDELA
(en voz baja, casi en un susurro):
Me morí en 2013 en una cárcel común. Sin uniforme. Sin misa. Sin nación. Fui el último eslabón de una cadena rota. En el fondo sabía que sería así. Lo presentí cada noche, solo en esa celda de Marcos Paz. Ya no era un general. Era apenas un número.

ALFONSÍN
(con voz cálida):
Yo también sabía cómo iba a morir. Con el cuerpo vencido, sí. Pero con la conciencia limpia. Y con la mano apretada por mi gente. Algunos me critican todavía, y tienen razón. Pero yo no transé con los que mataban. Me equivoqué con los débiles, no con los poderosos.

PÉREZ ESQUIVEL
:
Sigo caminando y sé que la muerte vendrá sin estruendo. Pero no me preocupa. Me preocupa que no haya olvido. Que no vuelva el miedo. Que los pibes del conurbano puedan ir a la escuela y no al paco. Que la democracia sea pan, salud, y justicia. No sólo una palabra.

Otros diálogos

Una mesa larga, de madera cruda, bajo una carpa blanca que flamea en un páramo sin tiempo. Tres figuras conversan, rodeadas de ecos de historia, fantasmas de multitudes y la inevitable sombra de la muerte que ya conocen... porque la han visto venir.


TRUMP:
Yo lo dije siempre: iba a ser el más grande. Mejor que Lincoln, mejor que Washington. Incluso mejor que vos, Benito, con tu teatrillo romano. Y no me importa que me digan narcisista. ¡Era un show! ¡Un imperio de rating! La Casa Blanca como un set de televisión. ¿No es eso el sueño americano?

MUSSOLINI:
(Il Duce ríe con desdén.)
Bah, vos eras un empresario que jugaba a dictador. Yo, en cambio, fui un dictador que jugaba a emperador. Hice que los trenes llegaran a tiempo... al menos eso repiten. Pero el pueblo no perdona, Donald. Lo aprendí colgado de los pies, junto a mi Clara, entre escupitajos y insultos. Lo vi venir. Lo sentí. Una tarde de 1945 me miré al espejo y supe: “Así termina el hombre que quiso parecer de bronce.”

MANDELA:
(Con voz serena y mirada profunda.)
Mientras ustedes hablaban de poder, yo aprendía a estar solo. Durante veintisiete años, mi mundo fue una celda húmeda en Robben Island. Y sin embargo, ahí nací de nuevo. Ahí morí por primera vez. Mi premonición no fue una imagen sangrienta, fue un susurro: “Morirás en paz, pero sólo si aprendés a perdonar.” Y lo hice. Aunque dolía.

TRUMP:
Perdonar es para perdedores. Yo nunca perdí. Bueno, una vez… ¿2020? ¡Fraude total! Pero sabía que volvería. Me veo muriendo entre banderas y aplausos, en un resort dorado, con una estatua mía más alta que la de Lincoln. Aunque... a veces tengo algunos sueños, hay jueces, repudio, nadie me aplaude. ¿Será posible alguna vez?

MUSSOLINI:
Los sueños son advertencias. Yo soñé con mi cuerpo desfigurado, arrastrado por las calles de Milán, antes de que pasara. Pero no quise escuchar. Preferí seguir vociferando desde balcones. Creí que el uniforme bastaba para ser inmortal.

MANDELA:
Y sin embargo, aquí estamos los tres. El oportunista, el tirano y el prisionero. Y todos fuimos símbolos. Todos fuimos adorados y odiados. ¿Pero quién fue verdaderamente libre?

TRUMP:
Yo tuve mi avión privado.

MUSSOLINI:
Yo tuve la marcha sobre Roma.

MANDELA:
Y yo tuve silencio. El silencio de una celda, donde uno aprende que el odio es otra forma del encierro. Por eso cuando muera –y sé que será en mi cama, rodeado de nietos y canciones– seré libre de verdad.

MUSSOLINI:
A mí me fusilaron como a un perro y colgaron mi cadáver como trofeo. No hubo redención. Solo escarnio. Pero al menos, no fui olvidado. Aunque sea como advertencia.

TRUMP:
Y yo… todavía no lo sé. Hay algo en mi pecho, como un tic-tac que no viene del reloj. Capaz que no muero. Capaz que me reinvento otra vez. ¿Una red social? ¿Una religión? ¿Una torre en la Luna?

MANDELA:
No se trata de morir. Se trata de cómo nos recordarán los que aún no han nacido.

MUSSOLINI:
O si nos recordarán para no repetirnos.

TRUMP:
O para volvernos a votar.

TRUMP:
A veces me despierto en la madrugada con un sabor metálico en la boca y el pecho apretado. No es el colesterol, es otra cosa. Veo luces rojas, oigo gritos, y luego el silencio. Creo que no voy a morir en la cama, sino en una sala fría, rodeado de policías y cámaras, con un mechón de pelo fuera de lugar y el bronceado mal retocado. Un infarto. Rápido. Grotesco. Sin aplausos. Solo un tuit final que nadie entenderá: “Too late. Very unfair.”

MUSSOLINI:
Yo la vi venir con claridad una semana antes. Sentí que ya no me temían, que hasta los mosquitos en el norte de Italia zumbaban con desprecio. Me escondí mal. Me disfrazaron de alemán. Un soldado joven me apuntó sin temblar. Escuché la orden y el plomo entró sin poesía. Pero eso no fue todo. Sabía que el verdadero final sería el cuerpo, mi cuerpo colgando de cabeza junto al de Clara, con las piernas tiesas, la boca abierta y los ojos vidriosos viendo cómo me devolvían cada grito, cada decreto, cada mentira.

MANDELA:
Mi muerte será distinta. Será suave, como las olas que rompen en la costa del Cabo. La vi en sueños muchas veces: rodeado de mis hijas, sintiendo la mano de Graça en la mía, y una brisa tibia entrando por la ventana. Nadie me grita. Nadie me escupe. El mundo suspira. No hay sangre, no hay ira. Solo un murmullo: “Gracias, Madiba.” El corazón se apaga como se apagan las estrellas: sin hacer ruido, pero con luz.

TRUMP:
(Lo mira, incómodo.)
Vos siempre tan poético, Nelson. Yo quiero morir como César… pero con mejor rating.

MUSSOLINI:
Y yo como Napoleón… pero sin el exilio. Aunque terminé peor: sin gloria, sin imperio, sin dignidad.

MANDELA:
Tal vez no se trata de cómo se muere, sino de si lo que uno deja atrás vale más que los huesos.

TRUMP:
Yo dejo torres llenaas de odios encendidos que crean altos ratings de audiencia televisiva.

MUSSOLINI:
Yo dejé ruinas y también odios. Pero no los que más deseé.

MANDELA:
Y yo intenté dejar perdón. Y paz.

Diálogos con historia

Un banco de madera bajo la sombra de un ombú, sin tiempo histórico, cámaras ni micrófonos. Tres hombres sentados frente a frente: José de San Martín, Juan Domingo Perón y Ernesto “Che” Guevara. Comparten mates amargos y una conversación que pesa como la historia misma.

SAN MARTÍN (mirando el horizonte con las manos cruzadas sobre el bastón):
Yo nací en Yapeyú, pero me formé en España, entre bayonetas y disciplina. Crucé los Andes no por gloria, sino por convicción. Luché por liberar pueblos y, cuando ya no fui útil, me retiré. Jamás derramé sangre por ambición ni ocupé cargos que no me pertenecían. Me fui del país sin rencores, pero con tristeza. Si hubiese caído en la tentación del poder, habría traicionado aquello mismo por lo que peleé.

PERÓN (acomodándose el saco con naturalidad de conductor):
Y sin embargo, General, el pueblo necesita conducción. Yo también fui militar, pero aprendí que desde el cuartel no se transforma una nación. Lo comprendí en Italia, viendo el auge de las masas organizadas. desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, entendí que la justicia social no se decreta: se construye con las manos del obrero y la mirada del Estado. Por eso hablo de comunidad organizada, no de dictadura del proletariado ni de oligarquía liberal.

SAN MARTÍN (asintiendo con seriedad):
Hay algo que compartimos, Guevara: el desapego por lo personal. Yo rechacé honores, incluso la presidencia del Perú. No quería coronas ni estatuas. Usted dejó una vida cómoda para morir en una selva boliviana. Eso lo respeto. Pero la revolución no es solo fusil y proclama. Es también orden, república, instituciones sólidas.

PERÓN (con voz pausada y mano extendida):
Y doctrina, General. Sin doctrina, no hay permanencia. Por eso el justicialismo: porque comprendí que la justicia social no es un lujo, es una necesidad. Ustedes creen en la heroicidad individual; yo creo en la organización colectiva. En Eva vi el alma de esa lucha. Su pasión por los humildes, su furia contra los privilegiados. Juntos le dimos voz a millones que antes eran invisibles.

CHE (interrumpiendo, con énfasis):
Pero ¿hasta dónde llega esa voz, Perón? ¿Hasta el sindicato? ¿Hasta el ministerio? ¿Y luego qué? ¿Un burócrata más, con saco y moño, negociando migajas con el opresor? La revolución es total o no es. No se administra: se profundiza. Y si hay que empuñar las armas contra el imperialismo, se hace, aunque se quede uno solo.

SAN MARTÍN (con tono grave):
El solo, Che, puede ser valiente, pero también inútil. Yo no crucé los Andes solo. Hice lo que hice porque el pueblo me acompañó y porque nunca olvidé que la causa era más grande que el individuo. Por eso rechacé volver para enfrentarme con Rosas: no era mi rol sembrar más discordia en una tierra ya herida.

PERÓN (mirándolo con respeto):
Y eso lo honra, General. Pero a veces no basta con retirarse. A veces hay que volver —aunque sea tres veces— si el pueblo lo necesita. Porque uno no se pertenece a sí mismo. Se pertenece al pueblo.

CHE (mirando a ambos con ironía suave):
El pueblo… siempre el pueblo. Pero el pueblo duerme, a veces. Lo anestesian, lo distraen. Y entonces hay que gritar, molestar, incomodar. No con afiches, sino con fuego. Porque si no se los despierta, los pueblos se resignan.

SAN MARTÍN:
También hay que enseñarles, Che. El sable educa, pero también lo hace la palabra. Si no dejamos instituciones fuertes, volverá la tiranía. Y no importa si viene vestida de rey, de caudillo o de comité revolucionario.

PERÓN:
Y si no hay comunidad organizada, la justicia se transforma en caridad, y la patria en nostalgia. Yo lo aprendí en carne propia: el poder es peligroso, pero sin poder no hay transformación.

CHE (tomando un sorbo de mate):
Entonces transformemos todo. Desde abajo. Desde la raíz. Que lo viejo arda y lo nuevo nazca sin pedir permiso.

SAN MARTÍN (mirando el suelo con voz serena):
Tal vez, al final, los tres quisimos lo mismo. Pero elegimos caminos distintos. O tal vez no tan distintos. Lo que importa es que nadie olvide que América sigue escribiendo su historia… y no está terminada.

Pausa. El viento agita las hojas del ombú. Tres figuras silenciosas, cada una de pie, observando la vastedad de lo que aún queda por hacer.

SAN MARTÍN (con voz baja, como quien confiesa a la eternidad):
Sé que moriré lejos de mi patria. No será en el fragor del combate ni bajo el sol de los Andes, sino en una casa callada, en Boulogne-sur-Mer, con los ojos cerrados al mar que no es el nuestro. No habrá multitudes ni banderas ni tambores, solo el silencio francés y el recuerdo de una América que nunca terminé de ver libre del todo. Y eso, eso me pesará más que la muerte misma.

PERÓN (con un leve gesto, mezcla de resignación y orgullo):
A mí me espera la muerte en la cama, en Olivos, con un corazón que no da más… pero con medio país esperando que hable una vez más. No será en el exilio ni bajo los insultos, sino en el centro mismo del poder. Y aún muerto, seguirán peleándose por lo que dije o no …

CHE (con media sonrisa y los ojos brillando con rabia dulce):
La mía será en la selva. Lo sé. Me verán sucio, flaco, con el cuerpo quebrado pero el alma encendida. Me atraparán sin uniforme, me atarán las manos, me mirarán con miedo porque sabrán que ni así pueden matarme del todo. No habrá juicio ni gloria. Un disparo, dos, ocho. El último sin sentido. Y sin embargo, ahí, en un lugar simple como una escuelita rural de Bolivia, empezará otra historia. No moriré: me multiplicarán.

viernes, 6 de septiembre de 2024

A DEDO, autostop

En los años 80 y 90 viajé mucho a dedo por Argentina. También, por Chile y Brasil. Pasé muchas horas parado en cruces, rampas, semáforos y estaciones de servicio. Interminables horas en camiones muy lentos y aprendí hábiles movimientos para evitar que los tirones del motor me quemen la mano al cebar mate. La experiencia y aprender la psicología del conductor me permitió desarrollar técnicas muy exitosas para el viaje gratuito. Siempre pensé que debería haber escrito un compendio para viajeros con los dedos ateridos de tanto esperar en las rutas argentinas. 

Todavía conservo algunas de las "piedritas de la suerte" que levantaba del costado del asfalto no sin antes hacer una esmerada selección producto del hastío interprovincial. Me la metía en el bolsillo cuando alguien finalmente paraba ante mi pulgar extendido.

Una vez, en el norte de Brasil, en una ruta secundaria esperando bajo el cruel sol para llegar a un pueblito de playa, recogí una de las pequeña tiras de plástico negro que alguna cuadrilla dejó producto de pelar cables del tendido eléctrico junto a la estrada (carretera). La até a la mochila y ahí quedó. Han pasado muchos años, décadas y cambios de mochila. Ya no viajo con la mochila al hombro, tengo una con rueditas. Pero es mochila, eso sí y el pedacito de plástico de una estrada del nordeste de Brasil sigue ahí, atado.

Durante todo ese tiempo juré que cuando tuviera mi propio vehículo levantaría a todos los que me encuentre parados en las rutas mostrando un pulgar. Pero los tiempos han cambiado y solamente me animo a subir extraños cuando son maestras, uniformados y mochileros en lugares muy turísticos.

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