jueves, 28 de junio de 2007

conversación de café

Julián se arremangó y acomodó en la silla. Miró por la ventana los árboles pelados del invierno Patagónico y suspirando siguió su relato.

- Si, - lanzó con aire resignado- mi historia es rara, Maria Pía.

Lo mira a Ezequiel y dice con un suspiro:
- No es que me haga el raro, es que así viene la mano. Nací justo el día que los Beatles tocaron en Estados Unidos por primera vez. Mi viejo era egipcio y mi vieja rusa. Pero los dos crecieron juntos en Italia. A veces insultaban en su propio idioma, el que aprendieron de sus padres, pero casi siempre hablaban en dialecto siciliano. Eran indios, de la India, pero blancos, claro. digo, mis abuelos, ¿no? Parece que hay en la India muchos blancos que emigraron hace mucho a la India. Bueno, esos fueron mis abuelos, ¿entendés? Eran blancos, de la India y se fueron a Rusia unos y a Egipto los otros, cuando mis viejos eran chicos. Mis bisabuelos decidieron emigrar a Sicilia y por eso ellos crecieron allá. De ahí ellos, cada uno por su lado, se fueron a vivir a Senegal porque trabajaban en una empresa francesa de cacao. Y se conocieron y fueron a trabajar en un barco. ¿Me seguís?
Julián siguió:
- Trabajaban en ese barco tailandés. Bueno, no, se dice Tai, creo… La empresa creo que era de Tailandia pero por alguna razón, tenia bandera de Taiwán. Decían que, en realidad, era de capitales yanquis. Como Taiwán no estaba reconocido, le ponían la de Hong Kong, a veces, cuando podían. Yo no se si era que estaban en aguas de Sudáfrica o en aguas internacionales, pero era el sur de África. El capitán, que era griego, ¿de que otro país podría ser, no?, me anotó como nacido en Namibia, porque el tipo creía que estaban ahí, llegando a Namibia. Parece que estaba en pedo y no sabía bien ni donde estaba. En realidad, me anotó como Julien. Tocamos tierra en Madagascar y es de ahí que tengo otro certificado de nacimiento. El barco era fabricado en Inglaterra pero la tripulación que era de mayoría irlandesa, no quiso que eso apareciera en el acta porque decían que traía mala suerte. El cura ortodoxo que iba a bordo me bautizó en Ucraniano y en latín, pobre, era buen tipo me dijeron. Al final terminó borracho en el De-efe, en México. La enfermera del barco que hizo de partera, hablaba nada más que francés, de Argelia.

Nos fuimos a Australia y entré con pasaporte italiano. En realidad en Australia, me crió mi niñera, Carmen, una mujer de Argentina que era también actriz. La contrataron mis padres y por años prácticamente viví con ella y su familia en Australia, mientras mis padres viajaban en esos barcos por el mundo. Quise irme a la Patagonia y terminé quedándome como cinco años en Coyhaique, en Chile. Por eso es que hablo así, medio en argentino, medio en chileno…

Y justo, voy a vivir allá, a Seattle y te vengo a conocer y enamorarme de vos, porteña empedernida pero de padres vascos.

- Mira vos… -dijo Ezequiel, como si supiera lo que se venía.

Julián sonrió un poquitito y dijo;
- pasame la sal, man.
Maria Pía, que casi nunca sonreía, dijo sonriendo bajito:
- Chau, loco, ¡que historia más loca!

El hombre más importante del mundo

La nena es gordita y chillona. Está sentada en un carrito para chicos y sus papás ahí, muy cerca, esperando cada uno en su silla. La nena es cachetona, muy cachetona, y tiene una pancita como la de los niños de esas fotos de los desnutridos del África. No está nada desnutrida, lo que pasa es que una droga que toma para su tratamiento intensivo, le da mucha hambre y le hincha el cuerpo. No es la única, toma varias más que varían de acuerdo con el momento del tratamiento.

Tiene un tubo blanco que le asoma por debajo de la ropa que se podría seguir hasta el pecho donde se le nota un bulto inusual. Es que tiene un catéter, un tubito que entra directo a una de las grandes venas al lado del corazón que le pusieron en un quirófano. Es para darle esas drogas tan potentes que si las pusieran en una vena más pequeña le causaría problemas por lo lento y escaso del torrente sanguíneo. En esa vena tan grandota, las drogas circulan muy rápido y se distribuyen mejor por el cuerpo.

Ella y sus padres esperan que entre un médico o médica en el cuarto. Están acostumbrados a esperar mucho, ya hace bastante que concurren a este hospital con su hija que está bajo un agresivo tratamiento que le baja mucho las defensas, le da náuseas y todo eso, le saca el hambre. Otras veces, le da hambre en exceso. A veces, vomita todo lo que come y para que no baje demasiado de peso, le tienen que poner un tubo amarillo, una sonda en la nariz que llega hasta el estómago por donde le echan una leche especial con los nutrientes preparados acorde a su edad.

La pequeña en su carrito está muy molesta. Tiene hambre y probablemente sed también. Hace horas que no puede comer ni tomar nada ya que la van a sedar -casi anestesiar- para sacarle líquido de la columna vertebral y al mismo tiempo, inyectarle drogas.

La mamá está muy cerca, sentada en una silla azul, muy pendiente de ella. Se diría que la sobreprotege. La nena llora y se queja y la mamá trata de tranquilizarla pero nada funciona. Cuando una de las mujeres jóvenes del personal médico intenta acercarse, ella las rechaza categóricamente. Pareciera que nada la calmaría hasta que el procedimiento termine, se despierte y pueda comer y tomar algo.

Una “especialista en vida infantil” entra en el cuarto y le acerca juguetes que acaparan su atención por un tiempo mucho más corto de lo esperado.

Mientras tanto, yo, que soy el intérprete, estoy concentrado en la lectura y traducción de un documento legal y técnico que habla de un ensayo clínico, una investigación que lleva a cabo el hospital con los pacientes de esta especialidad y con el tipo de enfermedad que esta misma nena tiene. Los padres tienen que entender de qué se trata, cómo será y cuáles son sus posibilidades antes de firmar. Como el consentimiento está en inglés lo leo y, al mismo tiempo, lo traduzco al español.

Cuando termino con mi lectura y traducción, aún nos queda más espera.

Es ahí cuando agarro algunos de los juguetes que le trajeron y empiezo con mi propio intento de distraerla del hambre y la sed.

La nena me hace caso, se interesa y hasta se ríe. Mi estrategia es hacerme el payaso. Que los juguetes se me caen, que tienen mal olor y pongo cara fea o que me atacan, se me retoban y me asustan...

Primero se ríe un poco. Después, se ríe con ganas.

Yo me siento un hombre muy importante porque la pequeña con hambre y sed que seguramente ha pasado por internaciones y exámenes irritantes, molestos y aburridos que le están robando la infancia, se ríe conmigo.

Es que logré, aunque sea por unos minutos, que se olvide de todo y que esa espera en un hospital se le haga un poco menos fastidiosa. La situación, cuando la pienso, me sensibiliza y me toca de cerca, se podría decir que me emociono. Si tuviera que hablar, la voz me saldría rara, cortada. Siento que se me humedecen un poco los ojos.

Me ataca la vergüenza. No sé bien si se trata de la emoción en sí o del hecho de sentirme avergonzado de emocionarme.

Negro de Mierda

José vive en una villa de emergencia en las afueras de la ciudad de Rosario. José piensa y declama que sus vecinos son unos negros de mierda porque no son de Rosario, vinieron del interior de la provincia. José tampoco quiere a la gente de Buenos Aires, dice que son mala gente y que allá esta también lleno de negros de mierda.

Juan vive en Rosario, en una casa modesta de material y tiene un kiosco. Opina que José, un vecino del otro lado de la calle, el lado de la villa, es un negro de mierda; más que nada porque vive en una casa de chapas en la villa de enfrente.

María canta en un coro y vive en una casa que no es ni linda ni fea, es una casita que no sobresale del resto. María lo contrata a Juan, el que tiene un kiosko, para trabajos de albañilería. María opina que Juan es un negro de mierda. Más que nada porque vive en el barrio de la villa (llena de negros de mierda) y porque es albañil.

En Rosario, Ana trabaja  en la administración de una empresa de exportaciones y piensa que María, la cantante, es una negra de mierda porque trabaja limpiando el depósito que esta lleno de negros de mierda.

A Roberto le gusta jugar al fútbol, vive en Buenos Aires y viaja a Rosario por trabajo. 
Como cliente de su empresa, Ana lo atiende muy bien a Roberto, pero él piensa que Ana es una negra de mierda porque es de Rosario y porque trabaja de secretaria.

Mario es gerente en una empresa de transportes y le encanta pescar. Mario piensa que Roberto, el cliente que siempre habla de fútbol, es un negro de mierda. Es que Roberto tiene la uña del meñique muy larga y vive en Ramos Mejía, que está lleno de negros de mierda, y porque es nada más que un vendedor.

Rosa es abogada y piensa que el gerente de una de las empresas con la que trabaja, que siempre habla de salir a pescar, es un negro de mierda porque se viste mal y vive en Palermo, que está repleto de negros de mierda.

Jorge, dueño de un estudio de abogados, conoce a Rosa por el trabajo. Jorge piensa que Rosa es una negra de mierda porque siempre usa mucho escote y vive en Recoleta que es de nuevos ricos, negros de mierda con un poco de guita.

Luis, dueño de 
varios restoranes, tiene contrato con el estudio de Jorge. Luis piensa que Jorge es un negro de mierda porque usa un bigotito finito y se mudó a San Isidro de donde él se tuvo que ir porque se llenó de negros de mierda.

Shawn es de New York y hace esporádicas transacciones comerciales por medio del asesoramiento legal de Jorge y cuando va a Buenos Aires come en lo de Luis. Pero, en inglés, piensa que Luis y Jorge como toda la gente que conoce en Buenos Aires, son unos negros de mierda por 
sudamericanos y subdesarrollados. También opina que todos los mexicanos y portorriqueños son negros de mierda. Shawn cree que esa gente son todos iguales; de Miami y México para abajo. Raramente se lo escucha decir algo así porque es políticamente incorrecto.

Jaques, francés y residente en París, hace negocios en Argentina con Shawn. En perfecto francés, opina que Shawn es un negro de mierda de mal gusto y sin modales, como todos los yanquis.