jueves, 28 de junio de 2007

El hombre más importante del mundo

La nena es gordita y chillona. Está sentada en un carrito para chicos y sus papás ahí, muy cerca, esperando cada uno en su silla. La nena es cachetona, muy cachetona, y tiene una pancita como la de los niños de esas fotos de los desnutridos del África. No está nada desnutrida, lo que pasa es que una droga que toma para su tratamiento intensivo, le da mucha hambre y le hincha el cuerpo. No es la única, toma varias más que varían de acuerdo con el momento del tratamiento.

Tiene un tubo blanco que le asoma por debajo de la ropa que se podría seguir hasta el pecho donde se le nota un bulto inusual. Es que tiene un catéter, un tubito que entra directo a una de las grandes venas al lado del corazón que le pusieron en un quirófano. Es para darle esas drogas tan potentes que si las pusieran en una vena más pequeña le causaría problemas por lo lento y escaso del torrente sanguíneo. En esa vena tan grandota, las drogas circulan muy rápido y se distribuyen mejor por el cuerpo.

Ella y sus padres esperan que entre un médico o médica en el cuarto. Están acostumbrados a esperar mucho, ya hace bastante que concurren a este hospital con su hija que está bajo un agresivo tratamiento que le baja mucho las defensas, le da náuseas y todo eso, le saca el hambre. Otras veces, le da hambre en exceso. A veces, vomita todo lo que come y para que no baje demasiado de peso, le tienen que poner un tubo amarillo, una sonda en la nariz que llega hasta el estómago por donde le echan una leche especial con los nutrientes preparados acorde a su edad.

La pequeña en su carrito está muy molesta. Tiene hambre y probablemente sed también. Hace horas que no puede comer ni tomar nada ya que la van a sedar -casi anestesiar- para sacarle líquido de la columna vertebral y al mismo tiempo, inyectarle drogas.

La mamá está muy cerca, sentada en una silla azul, muy pendiente de ella. Se diría que la sobreprotege. La nena llora y se queja y la mamá trata de tranquilizarla pero nada funciona. Cuando una de las mujeres jóvenes del personal médico intenta acercarse, ella las rechaza categóricamente. Pareciera que nada la calmaría hasta que el procedimiento termine, se despierte y pueda comer y tomar algo.

Una “especialista en vida infantil” entra en el cuarto y le acerca juguetes que acaparan su atención por un tiempo mucho más corto de lo esperado.

Mientras tanto, yo, que soy el intérprete, estoy concentrado en la lectura y traducción de un documento legal y técnico que habla de un ensayo clínico, una investigación que lleva a cabo el hospital con los pacientes de esta especialidad y con el tipo de enfermedad que esta misma nena tiene. Los padres tienen que entender de qué se trata, cómo será y cuáles son sus posibilidades antes de firmar. Como el consentimiento está en inglés lo leo y, al mismo tiempo, lo traduzco al español.

Cuando termino con mi lectura y traducción, aún nos queda más espera.

Es ahí cuando agarro algunos de los juguetes que le trajeron y empiezo con mi propio intento de distraerla del hambre y la sed.

La nena me hace caso, se interesa y hasta se ríe. Mi estrategia es hacerme el payaso. Que los juguetes se me caen, que tienen mal olor y pongo cara fea o que me atacan, se me retoban y me asustan...

Primero se ríe un poco. Después, se ríe con ganas.

Yo me siento un hombre muy importante porque la pequeña con hambre y sed que seguramente ha pasado por internaciones y exámenes irritantes, molestos y aburridos que le están robando la infancia, se ríe conmigo.

Es que logré, aunque sea por unos minutos, que se olvide de todo y que esa espera en un hospital se le haga un poco menos fastidiosa. La situación, cuando la pienso, me sensibiliza y me toca de cerca, se podría decir que me emociono. Si tuviera que hablar, la voz me saldría rara, cortada. Siento que se me humedecen un poco los ojos.

Me ataca la vergüenza. No sé bien si se trata de la emoción en sí o del hecho de sentirme avergonzado de emocionarme.

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