La nena es gordita y chillona. Está sentada en un
carrito para chicos y sus papás ahí, muy cerca, esperando cada uno en su silla.
La nena es cachetona, muy cachetona, y tiene una pancita como la de los niños
de esas fotos de los desnutridos del África. No está nada desnutrida, lo que
pasa es que una droga que toma para su tratamiento intensivo, le da mucha
hambre y le hincha el cuerpo. No es la única, toma varias más que varían de
acuerdo con el momento del tratamiento.
Tiene un tubo blanco que le asoma por debajo de la
ropa que se podría seguir hasta el pecho donde se le nota un bulto inusual. Es
que tiene un catéter, un tubito que entra directo a una de las grandes venas al
lado del corazón que le pusieron en un quirófano. Es para darle esas drogas tan
potentes que si las pusieran en una vena más pequeña le causaría problemas por
lo lento y escaso del torrente sanguíneo. En esa vena tan grandota, las drogas
circulan muy rápido y se distribuyen mejor por el cuerpo.
Ella y sus padres esperan que entre un médico o
médica en el cuarto. Están acostumbrados a esperar mucho, ya hace bastante que
concurren a este hospital con su hija que está bajo un agresivo tratamiento que
le baja mucho las defensas, le da náuseas y todo eso, le saca el hambre. Otras
veces, le da hambre en exceso. A veces, vomita todo lo que come y para que no
baje demasiado de peso, le tienen que poner un tubo amarillo, una sonda en la
nariz que llega hasta el estómago por donde le echan una leche especial con los
nutrientes preparados acorde a su edad.
La pequeña en su carrito está muy molesta. Tiene
hambre y probablemente sed también. Hace horas que no puede comer ni tomar nada
ya que la van a sedar -casi anestesiar- para sacarle líquido de la columna
vertebral y al mismo tiempo, inyectarle drogas.
La mamá está muy cerca, sentada en una silla azul,
muy pendiente de ella. Se diría que la sobreprotege. La nena llora y se queja y
la mamá trata de tranquilizarla pero nada funciona. Cuando una de las mujeres
jóvenes del personal médico intenta acercarse, ella las rechaza
categóricamente. Pareciera que nada la calmaría hasta que el procedimiento
termine, se despierte y pueda comer y tomar algo.
Una “especialista en vida infantil” entra en el
cuarto y le acerca juguetes que acaparan su atención por un tiempo mucho más
corto de lo esperado.
Mientras tanto, yo, que soy el intérprete, estoy
concentrado en la lectura y traducción de un documento legal y técnico que
habla de un ensayo clínico, una investigación que lleva a cabo el hospital con
los pacientes de esta especialidad y con el tipo de enfermedad que esta misma
nena tiene. Los padres tienen que entender de qué se trata, cómo será y cuáles
son sus posibilidades antes de firmar. Como el consentimiento está en inglés lo
leo y, al mismo tiempo, lo traduzco al español.
Cuando termino con mi lectura y traducción, aún nos
queda más espera.
Es ahí cuando agarro algunos de los juguetes que le
trajeron y empiezo con mi propio intento de distraerla del hambre y la sed.
La nena me hace caso, se interesa y hasta se ríe. Mi
estrategia es hacerme el payaso. Que los juguetes se me caen, que tienen mal
olor y pongo cara fea o que me atacan, se me retoban y me asustan...
Primero se ríe un poco. Después, se ríe con ganas.
Yo me siento un hombre muy importante porque la
pequeña con hambre y sed que seguramente ha pasado por internaciones y exámenes
irritantes, molestos y aburridos que le están robando la infancia, se ríe
conmigo.
Es que logré, aunque sea por unos minutos, que se
olvide de todo y que esa espera en un hospital se le haga un poco menos
fastidiosa. La situación, cuando la pienso, me sensibiliza y me toca de cerca,
se podría decir que me emociono. Si tuviera que hablar, la voz me saldría rara,
cortada. Siento que se me humedecen un poco los ojos.
Me ataca la vergüenza. No sé bien si se trata de la
emoción en sí o del hecho de sentirme avergonzado de emocionarme.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario