domingo, 20 de abril de 2025

Debates divinos

Un café tradicional en Buenos Aires, en una esquina de Corrientes. Es otoño. El mozo de toda la vida sirve dos cafés, se escuchan los ruidos de la calle.

David (con tono sincero):
Mirá, Elena, lo que me molesta no es que la gente crea que sin Dios no podés ser bueno como si lo necesitáramos para no andar matando gente. ¿La única razón por la que no robás o no mentís es porque hay un castigo eterno esperándote?

Elena (tranquila):
No, claro que no. Pero la fe puede dar una brújula. Una guía más grande que uno mismo, una narrativa que nos vincula con algo más allá del ego.

David:
Eso lo tengo adentro, empatía… responsabilidad.
no hago el bien porque alguien me está mirando, sino porque me importa.

Elena (con dulzura):
Pero, ¿no te parece que apunta a algo más? A un eco de algo eterno… aunque no sepamos ponerle nombre.

David (niega suavemente con la cabeza):
No. Y, justamente, lo hermoso es que no hay segunda vuelta premio, juicio final.
Cada abrazo importa, las risas, los actos bondad; es todo irrepetible.

Elena (contemplativa):
¿Y cuando todo se acabe? Cuando estés al borde de la muerte, ¿no vas a sentir que falta algo?

David (pausado):
Claro, voy a sentir miedo, como todos. Pero no porque me espere un más allá.
Sino porque se termina lo único que conozco, lo único que hay.
Y por eso, vivo como si cada día fuera el último capítulo que escribo.
No necesito una eternidad si cada minuto tiene peso.

Elena (sonríe con cierta tristeza):
Tal vez ahí nos encontramos. Vos vivís con intensidad porque no hay nada más.
Yo vivo con esperanza porque creo que hay algo más.
Lo curioso es que, siendo ateo, hablás de Dios más que muchos creyentes.

David (con una sonrisa irónica):
Sí, bueno. También hablo de unicornios, pero nadie los usa para prohibir libros o dictar leyes.
Yo no creo en Dios. No digo que no exista. Solo digo que no tengo ninguna razón para creer que exista.

Elena (serena):
Entonces, ¿por qué te incomoda tanto?

David:
¿Dios es todopoderoso y todo amor? Entonces explicame, porque el mundo parece diseñado por un comité de sociópatas.
Y encima, el favoritismo. Los pobres rezan más, van más a misa, piden con más fervor… pero los favores celestiales llegan en limusina.
¿Va Dios en los barrios sin agua potable? Porque parece que llega sin problema a los penthouse.

Elena (sin negar el dolor):
Eso también me incomoda. Pero capaz que Dios no reparte recursos, sino sentido. Tal vez se manifiesta más en quienes, aun sin nada, siguen amando, luchando, esperando.

David (más serio):
Y no solo eso, la historia lo demuestra: cuánta gente profundamente religiosa ha hecho cosas horribles en nombre de la fe. Cruzadas, inquisiciones, quema de herejes, esclavitud justificada con la Biblia, terrorismo suicida. Horrores amparados en la santidad.

Elena (dolida, pero firme):
No te lo niego. La religión mal usada es peligrosísima. Pero eso no es fe, es fanatismo.
La fe verdadera no manda a matar sino a amar.
Y aunque se haya usado como excusa para el odio, también inspiró hospitales, abolición de esclavitud, derechos humanos, resistencia no violenta.

David:
Suena a un consuelo que justifica la injusticia. Y lo más absurdo: los creyentes están 99% de acuerdo conmigo. No creen en Zeus, ni en Vishnu, ni en Ra, ni en Quetzalcóatl. Solo creen en un dios más que yo.

Elena: (con paciencia):
Pero no es solo un dios más. Es una manera radicalmente distinta de ver el sentido de todo. No es una suma aritmética. Es una visión del mundo.

David:
Una visión que depende del lugar donde nacés.
Si mañana desapareciera toda la ciencia —todos los libros, todos los laboratorios— la ciencia renacería. Tardaríamos siglos, pero volveríamos a descubrir el ADN, la gravedad, el número pi.
Pero si desaparecen todas las religiones, ninguna volvería a ser igual.

Silencio. Ambos miran hacia el atardecer porteño que se filtra por la ventana del café.

Elena  (sin mirarlo):
Mirá ese cielo. ¿Cómo no vas a creer que hay algo más?

David:(también sin mirarla):
Justamente, lo miro y pienso: qué milagro, sin necesidad de milagros.
Sin guion, sin plan maestro, solo azar y tiempo, qué maravilla.

Frente al café una anciana cruza la calle a lado de un niño que suelta una carcajada mientras el semáforo cambia de color.

David: (con una sonrisa franca):
¿Y si al final, después de morir, no hay nada?

Elena: (sin perder la sonrisa):
Entonces no me voy a enterar. Pero al menos viví como si todo tuviera sentido.

David(mirándola con afecto):
Y yo viví como si el sentido lo tuviéramos que crear.

 

miércoles, 16 de abril de 2025

Diálogos imposibles

Un salón sin relojes, sin ventanas. Tres sillas. Un mate olvidado. 
La lámpara vieja alumbra desde arriba y sin calidez a Jorge Rafael Videla, Raúl Ricardo Alfonsín y Adolfo Pérez Esquivel.


VIDELA (con el tono cortado de quien ha leído demasiados partes militares).
Soy un hombre de formación castrense. Fui formado en la disciplina, en el orden, en el principio de obediencia. Mi padre fue auditor del Ejército. Desde joven supe que el país necesitaba un orden moral, y cuando llegó el caos en los '70, asumí la responsabilidad. Asumí el poder con la Junta para detener la subversión, para evitar una guerra civil. Me acusan de miles de desapariciones. Pero yo nunca di una orden directa de matar. No hay papel que lo pruebe.

ALFONSÍN (interrumpe con la voz serena y firme que lo caracterizaba en campaña):
No hace falta papel, Videla. Hay cuerpos. Hay familias. Hay cunas vacías. Yo también fui criado en una familia tradicional: mi padre, un pequeño comerciante gallego; mi madre, una mujer sencilla. Fui abogado, radical de Yrigoyen. Crecí creyendo en la ley. Me enfrenté a la dictadura desde la palabra, no desde la violencia. Fundé la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos mientras ustedes tapaban todo con comunicados. Y cuando asumí la presidencia en 1983, lo hice sabiendo que tenía que reparar el alma herida de un país.

PÉREZ ESQUIVEL
(apoya las manos sobre la mesa con suavidad):
Yo nací en Buenos Aires, hijo de inmigrantes vascos. Artista plástico. Profesor. Pero la pobreza me llevó a otra sensibilidad. Fui secuestrado por sus hombres, Videla, en 1977. Estuve 14 meses preso sin juicio. Me rompieron los huesos, pero no la voz. Cuando me liberaron, seguí. Recorrí América Latina, documenté torturas, denuncié. El Nobel me lo dieron por eso, pero lo acepté en nombre de los que no tenían voz. Por las Madres, por los estudiantes, por los campesinos.

VIDELA
(con tono seco):
No fue personal. Usted era un agitador internacional. Los organismos de derechos humanos eran parte del frente ideológico que buscaba desestabilizarnos. La patria estaba en peligro. ¿Acaso creen que era un capricho? ¿Un plan secreto de crueldad?

ALFONSÍN
:
No fue un capricho, fue una decisión política. Y cuando asumí el gobierno, no era fácil. Los militares todavía tenían poder. Sin embargo, impulsé el Juicio a las Juntas. Por primera vez en la historia de América Latina, un país juzgaba a sus dictadores con sus propias leyes. No fue revancha, fue justicia.

PÉREZ ESQUIVEL
:
Y después vino el retroceso. Las leyes de Punto Final, de Obediencia Debida. La presión, el miedo al levantamiento carapintada. Raúl, vos también cediste.

ALFONSÍN
(bajando la voz, con dolor genuino):
Sí. Y me pesa. Pero no era cobardía. Era evitar otra masacre. Aposté a que la memoria sería más fuerte que el olvido. A que el pueblo sabría cuándo volver a decir “basta”.

VIDELA
:
Me juzgaron. Me condenaron. Me volvieron a encerrar después de los indultos de Menem. Y ahí supe cómo iba a morir. Solo. En una celda común. Sin uniforme. Sin honores. Me encontraron tirado en el piso del baño. Se rieron. Pero no me arrepiento.

ALFONSÍN
:
Yo también supe cómo iba a morir. No en una cama de hospital, sino en la conciencia de un pueblo. En los discursos estudiantiles, en una marcha, en una boleta democrática. Me alcanzó el cáncer, sí. Pero morí con la frente en alto. Nunca hice plata con la política. Nunca me escondí.

PÉREZ ESQUIVEL
:
Sé que mi muerte será callada, como mi trabajo. Tal vez un infarto en una charla con jóvenes. O una caminata con una comunidad originaria. Lo importante es que cuando me vaya, haya más gente luchando que cuando empecé.

VIDELA
:
Los muertos de ustedes tienen nombre. Los míos, no.

ALFONSÍN
(mirándolo fijo):
Porque los desapareciste.

PÉREZ ESQUIVEL
(con la voz como cuchillo):
Y eso es lo que no se perdona.

VIDELA
(con voz lenta, un poco más cansado que antes):
Después de ustedes, vino Menem. Nos indultó. Fue una decisión pragmática, dijo. Necesitaba reconciliar al país. Y nosotros salimos por la puerta grande. Pero yo sabía que la historia no se borra con una firma. La calle seguía recordando. Y el tiempo... ese maldito tiempo, hizo que volvieran por mí.

ALFONSÍN
(asiente, con un dejo de amargura):
Sí, lo indultó. Yo me opuse, claro. Dije que era inconstitucional, inmoral. Pero ya no estaba en el poder. La democracia seguía, pero con heridas. El neoliberalismo avanzó como una topadora. Privatizaron el país, desindustrializaron los pueblos. Y el hambre volvió a las casas que habían creído en la esperanza.

PÉREZ ESQUIVEL
(con voz firme, más joven que los otros):
Y mientras ustedes hablaban de reconciliación, nosotros seguíamos en las plazas. Las Madres, las Abuelas, los organismos. Porque no hay reconciliación sin verdad. Ni perdón sin justicia. En los ‘90 el poder se vestía de Armani, pero los trenes se caían y las escuelas se caían. ¿Y quién hablaba de los desaparecidos? Nadie. Hasta que la memoria volvió como un río crecido.

VIDELA
(con amargura sorda):
Reabrieron los juicios. Me volvieron a encarcelar. Esta vez no hubo indulto. Me juzgaron por el robo de bebés. Por los vuelos de la muerte. Por los centros clandestinos. Me sacaron el rango. Me encerraron como a un delincuente común.

ALFONSÍN
:
Porque lo era. Y porque el pueblo ya no toleraba más impunidad. El 2001 no fue sólo una crisis económica. Fue una crisis de representación, de sentido. La gente salió a la calle porque ya no creía en nadie. “Que se vayan todos”, gritaban. Y sin embargo, fue esa misma sociedad la que volvió a exigir justicia. En medio del hambre, volvió la memoria.

PÉREZ ESQUIVEL:
En 2003 los juicios se reanudaron, se anuló el Punto Final, la Obediencia Debida. Se bajaron los cuadros. ¿Se acuerdan? Fue simbólico, pero profundo. Porque el pueblo necesitaba ver caer las estatuas del miedo.

VIDELA
:
Yo lo vi desde la televisión del penal. No dijeron mi nombre, pero todos sabían que era yo. Me pregunté si al menos alguien iba a recordar que, en los ’70, creíamos estar salvando a la patria. Ya nadie cree eso. Ni siquiera los míos.

ALFONSÍN
:
Y sin embargo, la democracia resistió. Con marchas, con dudas, con errores. Resistió. Eso fue lo más importante que hicimos: que el pueblo pudiera echar a un presidente sin tanques, sin fusiles. Que pudiera votar con bronca, pero sin miedo.

PÉREZ ESQUIVEL
:
Y resistió también porque hubo lucha. Porque los ’90 nos empobrecieron, pero no nos callaron. Porque mientras los mercados mandaban, las rondas seguían en Plaza de Mayo. Y porque un país sin memoria está condenado a repetirse.

VIDELA
(en voz baja, casi en un susurro):
Me morí en 2013 en una cárcel común. Sin uniforme. Sin misa. Sin nación. Fui el último eslabón de una cadena rota. En el fondo sabía que sería así. Lo presentí cada noche, solo en esa celda de Marcos Paz. Ya no era un general. Era apenas un número.

ALFONSÍN
(con voz cálida):
Yo también sabía cómo iba a morir. Con el cuerpo vencido, sí. Pero con la conciencia limpia. Y con la mano apretada por mi gente. Algunos me critican todavía, y tienen razón. Pero yo no transé con los que mataban. Me equivoqué con los débiles, no con los poderosos.

PÉREZ ESQUIVEL
:
Sigo caminando y sé que la muerte vendrá sin estruendo. Pero no me preocupa. Me preocupa que no haya olvido. Que no vuelva el miedo. Que los pibes del conurbano puedan ir a la escuela y no al paco. Que la democracia sea pan, salud, y justicia. No sólo una palabra.

Otros diálogos

Una mesa larga, de madera cruda, bajo una carpa blanca que flamea en un páramo sin tiempo. Tres figuras conversan, rodeadas de ecos de historia, fantasmas de multitudes y la inevitable sombra de la muerte que ya conocen... porque la han visto venir.


TRUMP:
Yo lo dije siempre: iba a ser el más grande. Mejor que Lincoln, mejor que Washington. Incluso mejor que vos, Benito, con tu teatrillo romano. Y no me importa que me digan narcisista. ¡Era un show! ¡Un imperio de rating! La Casa Blanca como un set de televisión. ¿No es eso el sueño americano?

MUSSOLINI:
(Il Duce ríe con desdén.)
Bah, vos eras un empresario que jugaba a dictador. Yo, en cambio, fui un dictador que jugaba a emperador. Hice que los trenes llegaran a tiempo... al menos eso repiten. Pero el pueblo no perdona, Donald. Lo aprendí colgado de los pies, junto a mi Clara, entre escupitajos y insultos. Lo vi venir. Lo sentí. Una tarde de 1945 me miré al espejo y supe: “Así termina el hombre que quiso parecer de bronce.”

MANDELA:
(Con voz serena y mirada profunda.)
Mientras ustedes hablaban de poder, yo aprendía a estar solo. Durante veintisiete años, mi mundo fue una celda húmeda en Robben Island. Y sin embargo, ahí nací de nuevo. Ahí morí por primera vez. Mi premonición no fue una imagen sangrienta, fue un susurro: “Morirás en paz, pero sólo si aprendés a perdonar.” Y lo hice. Aunque dolía.

TRUMP:
Perdonar es para perdedores. Yo nunca perdí. Bueno, una vez… ¿2020? ¡Fraude total! Pero sabía que volvería. Me veo muriendo entre banderas y aplausos, en un resort dorado, con una estatua mía más alta que la de Lincoln. Aunque... a veces tengo algunos sueños, hay jueces, repudio, nadie me aplaude. ¿Será posible alguna vez?

MUSSOLINI:
Los sueños son advertencias. Yo soñé con mi cuerpo desfigurado, arrastrado por las calles de Milán, antes de que pasara. Pero no quise escuchar. Preferí seguir vociferando desde balcones. Creí que el uniforme bastaba para ser inmortal.

MANDELA:
Y sin embargo, aquí estamos los tres. El oportunista, el tirano y el prisionero. Y todos fuimos símbolos. Todos fuimos adorados y odiados. ¿Pero quién fue verdaderamente libre?

TRUMP:
Yo tuve mi avión privado.

MUSSOLINI:
Yo tuve la marcha sobre Roma.

MANDELA:
Y yo tuve silencio. El silencio de una celda, donde uno aprende que el odio es otra forma del encierro. Por eso cuando muera –y sé que será en mi cama, rodeado de nietos y canciones– seré libre de verdad.

MUSSOLINI:
A mí me fusilaron como a un perro y colgaron mi cadáver como trofeo. No hubo redención. Solo escarnio. Pero al menos, no fui olvidado. Aunque sea como advertencia.

TRUMP:
Y yo… todavía no lo sé. Hay algo en mi pecho, como un tic-tac que no viene del reloj. Capaz que no muero. Capaz que me reinvento otra vez. ¿Una red social? ¿Una religión? ¿Una torre en la Luna?

MANDELA:
No se trata de morir. Se trata de cómo nos recordarán los que aún no han nacido.

MUSSOLINI:
O si nos recordarán para no repetirnos.

TRUMP:
O para volvernos a votar.

TRUMP:
A veces me despierto en la madrugada con un sabor metálico en la boca y el pecho apretado. No es el colesterol, es otra cosa. Veo luces rojas, oigo gritos, y luego el silencio. Creo que no voy a morir en la cama, sino en una sala fría, rodeado de policías y cámaras, con un mechón de pelo fuera de lugar y el bronceado mal retocado. Un infarto. Rápido. Grotesco. Sin aplausos. Solo un tuit final que nadie entenderá: “Too late. Very unfair.”

MUSSOLINI:
Yo la vi venir con claridad una semana antes. Sentí que ya no me temían, que hasta los mosquitos en el norte de Italia zumbaban con desprecio. Me escondí mal. Me disfrazaron de alemán. Un soldado joven me apuntó sin temblar. Escuché la orden y el plomo entró sin poesía. Pero eso no fue todo. Sabía que el verdadero final sería el cuerpo, mi cuerpo colgando de cabeza junto al de Clara, con las piernas tiesas, la boca abierta y los ojos vidriosos viendo cómo me devolvían cada grito, cada decreto, cada mentira.

MANDELA:
Mi muerte será distinta. Será suave, como las olas que rompen en la costa del Cabo. La vi en sueños muchas veces: rodeado de mis hijas, sintiendo la mano de Graça en la mía, y una brisa tibia entrando por la ventana. Nadie me grita. Nadie me escupe. El mundo suspira. No hay sangre, no hay ira. Solo un murmullo: “Gracias, Madiba.” El corazón se apaga como se apagan las estrellas: sin hacer ruido, pero con luz.

TRUMP:
(Lo mira, incómodo.)
Vos siempre tan poético, Nelson. Yo quiero morir como César… pero con mejor rating.

MUSSOLINI:
Y yo como Napoleón… pero sin el exilio. Aunque terminé peor: sin gloria, sin imperio, sin dignidad.

MANDELA:
Tal vez no se trata de cómo se muere, sino de si lo que uno deja atrás vale más que los huesos.

TRUMP:
Yo dejo torres llenaas de odios encendidos que crean altos ratings de audiencia televisiva.

MUSSOLINI:
Yo dejé ruinas y también odios. Pero no los que más deseé.

MANDELA:
Y yo intenté dejar perdón. Y paz.

Diálogos con historia

Un banco de madera bajo la sombra de un ombú, sin tiempo histórico, cámaras ni micrófonos. Tres hombres sentados frente a frente: José de San Martín, Juan Domingo Perón y Ernesto “Che” Guevara. Comparten mates amargos y una conversación que pesa como la historia misma.

SAN MARTÍN (mirando el horizonte con las manos cruzadas sobre el bastón):
Yo nací en Yapeyú, pero me formé en España, entre bayonetas y disciplina. Crucé los Andes no por gloria, sino por convicción. Luché por liberar pueblos y, cuando ya no fui útil, me retiré. Jamás derramé sangre por ambición ni ocupé cargos que no me pertenecían. Me fui del país sin rencores, pero con tristeza. Si hubiese caído en la tentación del poder, habría traicionado aquello mismo por lo que peleé.

PERÓN (acomodándose el saco con naturalidad de conductor):
Y sin embargo, General, el pueblo necesita conducción. Yo también fui militar, pero aprendí que desde el cuartel no se transforma una nación. Lo comprendí en Italia, viendo el auge de las masas organizadas. desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, entendí que la justicia social no se decreta: se construye con las manos del obrero y la mirada del Estado. Por eso hablo de comunidad organizada, no de dictadura del proletariado ni de oligarquía liberal.

SAN MARTÍN (asintiendo con seriedad):
Hay algo que compartimos, Guevara: el desapego por lo personal. Yo rechacé honores, incluso la presidencia del Perú. No quería coronas ni estatuas. Usted dejó una vida cómoda para morir en una selva boliviana. Eso lo respeto. Pero la revolución no es solo fusil y proclama. Es también orden, república, instituciones sólidas.

PERÓN (con voz pausada y mano extendida):
Y doctrina, General. Sin doctrina, no hay permanencia. Por eso el justicialismo: porque comprendí que la justicia social no es un lujo, es una necesidad. Ustedes creen en la heroicidad individual; yo creo en la organización colectiva. En Eva vi el alma de esa lucha. Su pasión por los humildes, su furia contra los privilegiados. Juntos le dimos voz a millones que antes eran invisibles.

CHE (interrumpiendo, con énfasis):
Pero ¿hasta dónde llega esa voz, Perón? ¿Hasta el sindicato? ¿Hasta el ministerio? ¿Y luego qué? ¿Un burócrata más, con saco y moño, negociando migajas con el opresor? La revolución es total o no es. No se administra: se profundiza. Y si hay que empuñar las armas contra el imperialismo, se hace, aunque se quede uno solo.

SAN MARTÍN (con tono grave):
El solo, Che, puede ser valiente, pero también inútil. Yo no crucé los Andes solo. Hice lo que hice porque el pueblo me acompañó y porque nunca olvidé que la causa era más grande que el individuo. Por eso rechacé volver para enfrentarme con Rosas: no era mi rol sembrar más discordia en una tierra ya herida.

PERÓN (mirándolo con respeto):
Y eso lo honra, General. Pero a veces no basta con retirarse. A veces hay que volver —aunque sea tres veces— si el pueblo lo necesita. Porque uno no se pertenece a sí mismo. Se pertenece al pueblo.

CHE (mirando a ambos con ironía suave):
El pueblo… siempre el pueblo. Pero el pueblo duerme, a veces. Lo anestesian, lo distraen. Y entonces hay que gritar, molestar, incomodar. No con afiches, sino con fuego. Porque si no se los despierta, los pueblos se resignan.

SAN MARTÍN:
También hay que enseñarles, Che. El sable educa, pero también lo hace la palabra. Si no dejamos instituciones fuertes, volverá la tiranía. Y no importa si viene vestida de rey, de caudillo o de comité revolucionario.

PERÓN:
Y si no hay comunidad organizada, la justicia se transforma en caridad, y la patria en nostalgia. Yo lo aprendí en carne propia: el poder es peligroso, pero sin poder no hay transformación.

CHE (tomando un sorbo de mate):
Entonces transformemos todo. Desde abajo. Desde la raíz. Que lo viejo arda y lo nuevo nazca sin pedir permiso.

SAN MARTÍN (mirando el suelo con voz serena):
Tal vez, al final, los tres quisimos lo mismo. Pero elegimos caminos distintos. O tal vez no tan distintos. Lo que importa es que nadie olvide que América sigue escribiendo su historia… y no está terminada.

Pausa. El viento agita las hojas del ombú. Tres figuras silenciosas, cada una de pie, observando la vastedad de lo que aún queda por hacer.

SAN MARTÍN (con voz baja, como quien confiesa a la eternidad):
Sé que moriré lejos de mi patria. No será en el fragor del combate ni bajo el sol de los Andes, sino en una casa callada, en Boulogne-sur-Mer, con los ojos cerrados al mar que no es el nuestro. No habrá multitudes ni banderas ni tambores, solo el silencio francés y el recuerdo de una América que nunca terminé de ver libre del todo. Y eso, eso me pesará más que la muerte misma.

PERÓN (con un leve gesto, mezcla de resignación y orgullo):
A mí me espera la muerte en la cama, en Olivos, con un corazón que no da más… pero con medio país esperando que hable una vez más. No será en el exilio ni bajo los insultos, sino en el centro mismo del poder. Y aún muerto, seguirán peleándose por lo que dije o no …

CHE (con media sonrisa y los ojos brillando con rabia dulce):
La mía será en la selva. Lo sé. Me verán sucio, flaco, con el cuerpo quebrado pero el alma encendida. Me atraparán sin uniforme, me atarán las manos, me mirarán con miedo porque sabrán que ni así pueden matarme del todo. No habrá juicio ni gloria. Un disparo, dos, ocho. El último sin sentido. Y sin embargo, ahí, en un lugar simple como una escuelita rural de Bolivia, empezará otra historia. No moriré: me multiplicarán.