David (con
tono sincero):
Mirá, Elena, lo que me molesta no es
que la gente crea que sin Dios no podés ser bueno como si lo necesitáramos para
no andar matando gente. ¿La única razón por la que no robás o no mentís es
porque hay un castigo eterno esperándote?
Elena (tranquila):
No, claro que no. Pero la fe puede dar una brújula. Una guía más grande que uno
mismo, una narrativa que nos vincula con algo más allá del ego.
David:
Eso lo tengo adentro, empatía… responsabilidad.
no hago el bien porque alguien me está mirando, sino porque me importa.
Elena (con
dulzura):
Pero, ¿no te parece que apunta a algo más? A un eco de algo eterno… aunque no
sepamos ponerle nombre.
David (niega
suavemente con la cabeza):
No. Y, justamente, lo hermoso es que no hay segunda vuelta premio, juicio
final.
Cada abrazo importa, las risas, los actos bondad; es todo irrepetible.
Elena (contemplativa):
¿Y cuando todo se acabe? Cuando estés al borde de la muerte, ¿no vas a sentir
que falta algo?
David (pausado):
Claro, voy a sentir miedo, como todos. Pero no porque me espere un más allá.
Sino porque se termina lo único que conozco, lo único que hay.
Y por eso, vivo como si cada día fuera el último capítulo que escribo.
No necesito una eternidad si cada minuto tiene peso.
Elena (sonríe
con cierta tristeza):
Tal vez ahí nos encontramos. Vos vivís con intensidad porque no hay nada más.
Yo vivo con esperanza porque creo que hay algo más.
Lo curioso es que, siendo ateo, hablás de Dios más que muchos creyentes.
David (con una
sonrisa irónica):
Sí, bueno. También hablo de unicornios, pero nadie los usa para prohibir libros
o dictar leyes.
Yo no creo en Dios. No digo que no exista. Solo digo que no tengo ninguna
razón para creer que exista.
Elena (serena):
Entonces, ¿por qué te incomoda tanto?
David:
¿Dios es todopoderoso y todo amor? Entonces explicame, porque el mundo
parece diseñado por un comité de sociópatas.
Y encima, el favoritismo. Los pobres rezan más, van más a misa, piden con más
fervor… pero los favores celestiales llegan en limusina.
¿Va Dios en los barrios sin agua potable? Porque parece que llega sin problema a
los penthouse.
Elena (sin
negar el dolor):
Eso también me incomoda. Pero capaz que Dios no reparte recursos, sino sentido.
Tal vez se manifiesta más en quienes, aun sin nada, siguen amando, luchando,
esperando.
David (más
serio):
Y no solo eso, la historia lo demuestra: cuánta gente profundamente
religiosa ha hecho cosas horribles en nombre de la fe. Cruzadas,
inquisiciones, quema de herejes, esclavitud justificada con la Biblia,
terrorismo suicida. Horrores amparados en la santidad.
Elena (dolida, pero firme):
No te lo niego. La religión mal usada es peligrosísima. Pero eso no es fe, es
fanatismo.
La fe verdadera no manda a matar sino a amar.
Y aunque se haya usado como excusa para el odio, también inspiró hospitales,
abolición de esclavitud, derechos humanos, resistencia no violenta.
David:
Suena a un consuelo que justifica la injusticia. Y lo más absurdo: los
creyentes están 99% de acuerdo conmigo. No creen en Zeus, ni en Vishnu, ni
en Ra, ni en Quetzalcóatl. Solo creen en un dios más que yo.
Elena: (con
paciencia):
Pero no es solo un dios más. Es una manera radicalmente distinta de ver el
sentido de todo. No es una suma aritmética. Es una visión del mundo.
David:
Una visión que depende del lugar donde nacés.
Si mañana desapareciera toda la ciencia —todos los libros, todos los
laboratorios— la ciencia renacería. Tardaríamos siglos, pero volveríamos a
descubrir el ADN, la gravedad, el número pi.
Pero si desaparecen todas las religiones, ninguna volvería a ser igual.
Silencio. Ambos miran hacia el atardecer porteño que se
filtra por la ventana del café.
Elena (sin mirarlo):
Mirá ese cielo. ¿Cómo no vas a creer que hay algo más?
David:(también sin
mirarla):
Justamente, lo miro y pienso: qué milagro, sin necesidad de milagros.
Sin guion, sin plan maestro, solo azar y tiempo, qué maravilla.
Frente al café una anciana cruza la calle a lado de un
niño que suelta una carcajada mientras el semáforo cambia de color.
David: (con una sonrisa
franca):
¿Y si al final, después de morir, no hay nada?
Elena: (sin perder la
sonrisa):
Entonces no me voy a enterar. Pero al menos viví como si todo tuviera sentido.
David: (mirándola con
afecto):
Y yo viví como si el sentido lo tuviéramos que crear.