Un banco de madera bajo la sombra de un ombú, sin tiempo
histórico, cámaras ni micrófonos. Tres hombres sentados frente a frente: José
de San Martín, Juan Domingo Perón y Ernesto “Che” Guevara. Comparten mates
amargos y una conversación que pesa como la historia misma.
SAN MARTÍN (mirando el horizonte con las manos cruzadas sobre el bastón):
Yo nací en Yapeyú, pero me formé en España, entre bayonetas y disciplina. Crucé los Andes no por gloria, sino por convicción. Luché por liberar pueblos y, cuando ya no fui útil, me retiré. Jamás derramé sangre por ambición ni ocupé cargos que no me pertenecían. Me fui del país sin rencores, pero con tristeza. Si hubiese caído en la tentación del poder, habría traicionado aquello mismo por lo que peleé.
PERÓN (acomodándose el saco con naturalidad de conductor):
Y sin embargo, General, el pueblo necesita conducción. Yo también fui militar, pero aprendí que desde el cuartel no se transforma una nación. Lo comprendí en Italia, viendo el auge de las masas organizadas. desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, entendí que la justicia social no se decreta: se construye con las manos del obrero y la mirada del Estado. Por eso hablo de comunidad organizada, no de dictadura del proletariado ni de oligarquía liberal.
SAN MARTÍN (asintiendo con seriedad):
Hay algo que compartimos, Guevara: el desapego por lo personal. Yo rechacé honores, incluso la presidencia del Perú. No quería coronas ni estatuas. Usted dejó una vida cómoda para morir en una selva boliviana. Eso lo respeto. Pero la revolución no es solo fusil y proclama. Es también orden, república, instituciones sólidas.
PERÓN (con voz pausada y mano extendida):
Y doctrina, General. Sin doctrina, no hay permanencia. Por eso el justicialismo: porque comprendí que la justicia social no es un lujo, es una necesidad. Ustedes creen en la heroicidad individual; yo creo en la organización colectiva. En Eva vi el alma de esa lucha. Su pasión por los humildes, su furia contra los privilegiados. Juntos le dimos voz a millones que antes eran invisibles.
CHE (interrumpiendo, con énfasis):
Pero ¿hasta dónde llega esa voz, Perón? ¿Hasta el sindicato? ¿Hasta el ministerio? ¿Y luego qué? ¿Un burócrata más, con saco y moño, negociando migajas con el opresor? La revolución es total o no es. No se administra: se profundiza. Y si hay que empuñar las armas contra el imperialismo, se hace, aunque se quede uno solo.
SAN MARTÍN (con tono grave):
El solo, Che, puede ser valiente, pero también inútil. Yo no crucé los Andes solo. Hice lo que hice porque el pueblo me acompañó y porque nunca olvidé que la causa era más grande que el individuo. Por eso rechacé volver para enfrentarme con Rosas: no era mi rol sembrar más discordia en una tierra ya herida.
PERÓN (mirándolo con respeto):
Y eso lo honra, General. Pero a veces no basta con retirarse. A veces hay que volver —aunque sea tres veces— si el pueblo lo necesita. Porque uno no se pertenece a sí mismo. Se pertenece al pueblo.
CHE (mirando a ambos con ironía suave):
El pueblo… siempre el pueblo. Pero el pueblo duerme, a veces. Lo anestesian, lo distraen. Y entonces hay que gritar, molestar, incomodar. No con afiches, sino con fuego. Porque si no se los despierta, los pueblos se resignan.
SAN MARTÍN:
También hay que enseñarles, Che. El sable educa, pero también lo hace la palabra. Si no dejamos instituciones fuertes, volverá la tiranía. Y no importa si viene vestida de rey, de caudillo o de comité revolucionario.
PERÓN:
Y si no hay comunidad organizada, la justicia se transforma en caridad, y la patria en nostalgia. Yo lo aprendí en carne propia: el poder es peligroso, pero sin poder no hay transformación.
CHE (tomando un sorbo de mate):
Entonces transformemos todo. Desde abajo. Desde la raíz. Que lo viejo arda y lo nuevo nazca sin pedir permiso.
SAN MARTÍN (mirando el suelo con voz serena):
Tal vez, al final, los tres quisimos lo mismo. Pero elegimos caminos distintos. O tal vez no tan distintos. Lo que importa es que nadie olvide que América sigue escribiendo su historia… y no está terminada.
SAN MARTÍN (mirando el horizonte con las manos cruzadas sobre el bastón):
Yo nací en Yapeyú, pero me formé en España, entre bayonetas y disciplina. Crucé los Andes no por gloria, sino por convicción. Luché por liberar pueblos y, cuando ya no fui útil, me retiré. Jamás derramé sangre por ambición ni ocupé cargos que no me pertenecían. Me fui del país sin rencores, pero con tristeza. Si hubiese caído en la tentación del poder, habría traicionado aquello mismo por lo que peleé.
PERÓN (acomodándose el saco con naturalidad de conductor):
Y sin embargo, General, el pueblo necesita conducción. Yo también fui militar, pero aprendí que desde el cuartel no se transforma una nación. Lo comprendí en Italia, viendo el auge de las masas organizadas. desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, entendí que la justicia social no se decreta: se construye con las manos del obrero y la mirada del Estado. Por eso hablo de comunidad organizada, no de dictadura del proletariado ni de oligarquía liberal.
SAN MARTÍN (asintiendo con seriedad):
Hay algo que compartimos, Guevara: el desapego por lo personal. Yo rechacé honores, incluso la presidencia del Perú. No quería coronas ni estatuas. Usted dejó una vida cómoda para morir en una selva boliviana. Eso lo respeto. Pero la revolución no es solo fusil y proclama. Es también orden, república, instituciones sólidas.
PERÓN (con voz pausada y mano extendida):
Y doctrina, General. Sin doctrina, no hay permanencia. Por eso el justicialismo: porque comprendí que la justicia social no es un lujo, es una necesidad. Ustedes creen en la heroicidad individual; yo creo en la organización colectiva. En Eva vi el alma de esa lucha. Su pasión por los humildes, su furia contra los privilegiados. Juntos le dimos voz a millones que antes eran invisibles.
CHE (interrumpiendo, con énfasis):
Pero ¿hasta dónde llega esa voz, Perón? ¿Hasta el sindicato? ¿Hasta el ministerio? ¿Y luego qué? ¿Un burócrata más, con saco y moño, negociando migajas con el opresor? La revolución es total o no es. No se administra: se profundiza. Y si hay que empuñar las armas contra el imperialismo, se hace, aunque se quede uno solo.
SAN MARTÍN (con tono grave):
El solo, Che, puede ser valiente, pero también inútil. Yo no crucé los Andes solo. Hice lo que hice porque el pueblo me acompañó y porque nunca olvidé que la causa era más grande que el individuo. Por eso rechacé volver para enfrentarme con Rosas: no era mi rol sembrar más discordia en una tierra ya herida.
PERÓN (mirándolo con respeto):
Y eso lo honra, General. Pero a veces no basta con retirarse. A veces hay que volver —aunque sea tres veces— si el pueblo lo necesita. Porque uno no se pertenece a sí mismo. Se pertenece al pueblo.
CHE (mirando a ambos con ironía suave):
El pueblo… siempre el pueblo. Pero el pueblo duerme, a veces. Lo anestesian, lo distraen. Y entonces hay que gritar, molestar, incomodar. No con afiches, sino con fuego. Porque si no se los despierta, los pueblos se resignan.
SAN MARTÍN:
También hay que enseñarles, Che. El sable educa, pero también lo hace la palabra. Si no dejamos instituciones fuertes, volverá la tiranía. Y no importa si viene vestida de rey, de caudillo o de comité revolucionario.
PERÓN:
Y si no hay comunidad organizada, la justicia se transforma en caridad, y la patria en nostalgia. Yo lo aprendí en carne propia: el poder es peligroso, pero sin poder no hay transformación.
CHE (tomando un sorbo de mate):
Entonces transformemos todo. Desde abajo. Desde la raíz. Que lo viejo arda y lo nuevo nazca sin pedir permiso.
SAN MARTÍN (mirando el suelo con voz serena):
Tal vez, al final, los tres quisimos lo mismo. Pero elegimos caminos distintos. O tal vez no tan distintos. Lo que importa es que nadie olvide que América sigue escribiendo su historia… y no está terminada.
Pausa. El viento agita las hojas del ombú. Tres figuras silenciosas, cada una de pie, observando la vastedad de lo que aún queda por hacer.
SAN MARTÍN (con voz baja, como quien confiesa a la
eternidad):
Sé que moriré lejos de mi patria. No será en el fragor del combate ni bajo el sol de los Andes, sino en una casa callada, en Boulogne-sur-Mer, con los ojos cerrados al mar que no es el nuestro. No habrá multitudes ni banderas ni tambores, solo el silencio francés y el recuerdo de una América que nunca terminé de ver libre del todo. Y eso, eso me pesará más que la muerte misma.
PERÓN (con un leve gesto, mezcla de resignación y orgullo):
A mí me espera la muerte en la cama, en Olivos, con un corazón que no da más… pero con medio país esperando que hable una vez más. No será en el exilio ni bajo los insultos, sino en el centro mismo del poder. Y aún muerto, seguirán peleándose por lo que dije o no …
CHE (con media sonrisa y los ojos brillando con rabia dulce):
La mía será en la selva. Lo sé. Me verán sucio, flaco, con el cuerpo quebrado pero el alma encendida. Me atraparán sin uniforme, me atarán las manos, me mirarán con miedo porque sabrán que ni así pueden matarme del todo. No habrá juicio ni gloria. Un disparo, dos, ocho. El último sin sentido. Y sin embargo, ahí, en un lugar simple como una escuelita rural de Bolivia, empezará otra historia. No moriré: me multiplicarán.
Sé que moriré lejos de mi patria. No será en el fragor del combate ni bajo el sol de los Andes, sino en una casa callada, en Boulogne-sur-Mer, con los ojos cerrados al mar que no es el nuestro. No habrá multitudes ni banderas ni tambores, solo el silencio francés y el recuerdo de una América que nunca terminé de ver libre del todo. Y eso, eso me pesará más que la muerte misma.
PERÓN (con un leve gesto, mezcla de resignación y orgullo):
A mí me espera la muerte en la cama, en Olivos, con un corazón que no da más… pero con medio país esperando que hable una vez más. No será en el exilio ni bajo los insultos, sino en el centro mismo del poder. Y aún muerto, seguirán peleándose por lo que dije o no …
CHE (con media sonrisa y los ojos brillando con rabia dulce):
La mía será en la selva. Lo sé. Me verán sucio, flaco, con el cuerpo quebrado pero el alma encendida. Me atraparán sin uniforme, me atarán las manos, me mirarán con miedo porque sabrán que ni así pueden matarme del todo. No habrá juicio ni gloria. Un disparo, dos, ocho. El último sin sentido. Y sin embargo, ahí, en un lugar simple como una escuelita rural de Bolivia, empezará otra historia. No moriré: me multiplicarán.
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