miércoles, 16 de abril de 2025

Otros diálogos

Una mesa larga, de madera cruda, bajo una carpa blanca que flamea en un páramo sin tiempo. Tres figuras conversan, rodeadas de ecos de historia, fantasmas de multitudes y la inevitable sombra de la muerte que ya conocen... porque la han visto venir.


TRUMP:
Yo lo dije siempre: iba a ser el más grande. Mejor que Lincoln, mejor que Washington. Incluso mejor que vos, Benito, con tu teatrillo romano. Y no me importa que me digan narcisista. ¡Era un show! ¡Un imperio de rating! La Casa Blanca como un set de televisión. ¿No es eso el sueño americano?

MUSSOLINI:
(Il Duce ríe con desdén.)
Bah, vos eras un empresario que jugaba a dictador. Yo, en cambio, fui un dictador que jugaba a emperador. Hice que los trenes llegaran a tiempo... al menos eso repiten. Pero el pueblo no perdona, Donald. Lo aprendí colgado de los pies, junto a mi Clara, entre escupitajos y insultos. Lo vi venir. Lo sentí. Una tarde de 1945 me miré al espejo y supe: “Así termina el hombre que quiso parecer de bronce.”

MANDELA:
(Con voz serena y mirada profunda.)
Mientras ustedes hablaban de poder, yo aprendía a estar solo. Durante veintisiete años, mi mundo fue una celda húmeda en Robben Island. Y sin embargo, ahí nací de nuevo. Ahí morí por primera vez. Mi premonición no fue una imagen sangrienta, fue un susurro: “Morirás en paz, pero sólo si aprendés a perdonar.” Y lo hice. Aunque dolía.

TRUMP:
Perdonar es para perdedores. Yo nunca perdí. Bueno, una vez… ¿2020? ¡Fraude total! Pero sabía que volvería. Me veo muriendo entre banderas y aplausos, en un resort dorado, con una estatua mía más alta que la de Lincoln. Aunque... a veces tengo algunos sueños, hay jueces, repudio, nadie me aplaude. ¿Será posible alguna vez?

MUSSOLINI:
Los sueños son advertencias. Yo soñé con mi cuerpo desfigurado, arrastrado por las calles de Milán, antes de que pasara. Pero no quise escuchar. Preferí seguir vociferando desde balcones. Creí que el uniforme bastaba para ser inmortal.

MANDELA:
Y sin embargo, aquí estamos los tres. El oportunista, el tirano y el prisionero. Y todos fuimos símbolos. Todos fuimos adorados y odiados. ¿Pero quién fue verdaderamente libre?

TRUMP:
Yo tuve mi avión privado.

MUSSOLINI:
Yo tuve la marcha sobre Roma.

MANDELA:
Y yo tuve silencio. El silencio de una celda, donde uno aprende que el odio es otra forma del encierro. Por eso cuando muera –y sé que será en mi cama, rodeado de nietos y canciones– seré libre de verdad.

MUSSOLINI:
A mí me fusilaron como a un perro y colgaron mi cadáver como trofeo. No hubo redención. Solo escarnio. Pero al menos, no fui olvidado. Aunque sea como advertencia.

TRUMP:
Y yo… todavía no lo sé. Hay algo en mi pecho, como un tic-tac que no viene del reloj. Capaz que no muero. Capaz que me reinvento otra vez. ¿Una red social? ¿Una religión? ¿Una torre en la Luna?

MANDELA:
No se trata de morir. Se trata de cómo nos recordarán los que aún no han nacido.

MUSSOLINI:
O si nos recordarán para no repetirnos.

TRUMP:
O para volvernos a votar.

TRUMP:
A veces me despierto en la madrugada con un sabor metálico en la boca y el pecho apretado. No es el colesterol, es otra cosa. Veo luces rojas, oigo gritos, y luego el silencio. Creo que no voy a morir en la cama, sino en una sala fría, rodeado de policías y cámaras, con un mechón de pelo fuera de lugar y el bronceado mal retocado. Un infarto. Rápido. Grotesco. Sin aplausos. Solo un tuit final que nadie entenderá: “Too late. Very unfair.”

MUSSOLINI:
Yo la vi venir con claridad una semana antes. Sentí que ya no me temían, que hasta los mosquitos en el norte de Italia zumbaban con desprecio. Me escondí mal. Me disfrazaron de alemán. Un soldado joven me apuntó sin temblar. Escuché la orden y el plomo entró sin poesía. Pero eso no fue todo. Sabía que el verdadero final sería el cuerpo, mi cuerpo colgando de cabeza junto al de Clara, con las piernas tiesas, la boca abierta y los ojos vidriosos viendo cómo me devolvían cada grito, cada decreto, cada mentira.

MANDELA:
Mi muerte será distinta. Será suave, como las olas que rompen en la costa del Cabo. La vi en sueños muchas veces: rodeado de mis hijas, sintiendo la mano de Graça en la mía, y una brisa tibia entrando por la ventana. Nadie me grita. Nadie me escupe. El mundo suspira. No hay sangre, no hay ira. Solo un murmullo: “Gracias, Madiba.” El corazón se apaga como se apagan las estrellas: sin hacer ruido, pero con luz.

TRUMP:
(Lo mira, incómodo.)
Vos siempre tan poético, Nelson. Yo quiero morir como César… pero con mejor rating.

MUSSOLINI:
Y yo como Napoleón… pero sin el exilio. Aunque terminé peor: sin gloria, sin imperio, sin dignidad.

MANDELA:
Tal vez no se trata de cómo se muere, sino de si lo que uno deja atrás vale más que los huesos.

TRUMP:
Yo dejo torres llenaas de odios encendidos que crean altos ratings de audiencia televisiva.

MUSSOLINI:
Yo dejé ruinas y también odios. Pero no los que más deseé.

MANDELA:
Y yo intenté dejar perdón. Y paz.

No hay comentarios.: