Un salón sin relojes, sin ventanas. Tres sillas. Un mate olvidado.
La lámpara vieja alumbra desde arriba y sin calidez a Jorge Rafael Videla, Raúl Ricardo Alfonsín y Adolfo Pérez Esquivel.
VIDELA (con el tono cortado de quien ha leído demasiados partes militares).
Soy un hombre de formación castrense. Fui formado en la disciplina, en el orden, en el principio de obediencia. Mi padre fue auditor del Ejército. Desde joven supe que el país necesitaba un orden moral, y cuando llegó el caos en los '70, asumí la responsabilidad. Asumí el poder con la Junta para detener la subversión, para evitar una guerra civil. Me acusan de miles de desapariciones. Pero yo nunca di una orden directa de matar. No hay papel que lo pruebe.
ALFONSÍN (interrumpe con la voz serena y firme que lo caracterizaba en campaña):
No hace falta papel, Videla. Hay cuerpos. Hay familias. Hay cunas vacías. Yo también fui criado en una familia tradicional: mi padre, un pequeño comerciante gallego; mi madre, una mujer sencilla. Fui abogado, radical de Yrigoyen. Crecí creyendo en la ley. Me enfrenté a la dictadura desde la palabra, no desde la violencia. Fundé la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos mientras ustedes tapaban todo con comunicados. Y cuando asumí la presidencia en 1983, lo hice sabiendo que tenía que reparar el alma herida de un país.
PÉREZ ESQUIVEL (apoya las manos sobre la mesa con suavidad):
Yo nací en Buenos Aires, hijo de inmigrantes vascos. Artista plástico. Profesor. Pero la pobreza me llevó a otra sensibilidad. Fui secuestrado por sus hombres, Videla, en 1977. Estuve 14 meses preso sin juicio. Me rompieron los huesos, pero no la voz. Cuando me liberaron, seguí. Recorrí América Latina, documenté torturas, denuncié. El Nobel me lo dieron por eso, pero lo acepté en nombre de los que no tenían voz. Por las Madres, por los estudiantes, por los campesinos.
VIDELA (con tono seco):
No fue personal. Usted era un agitador internacional. Los organismos de derechos humanos eran parte del frente ideológico que buscaba desestabilizarnos. La patria estaba en peligro. ¿Acaso creen que era un capricho? ¿Un plan secreto de crueldad?
ALFONSÍN:
No fue un capricho, fue una decisión política. Y cuando asumí el gobierno, no era fácil. Los militares todavía tenían poder. Sin embargo, impulsé el Juicio a las Juntas. Por primera vez en la historia de América Latina, un país juzgaba a sus dictadores con sus propias leyes. No fue revancha, fue justicia.
PÉREZ ESQUIVEL:
Y después vino el retroceso. Las leyes de Punto Final, de Obediencia Debida. La presión, el miedo al levantamiento carapintada. Raúl, vos también cediste.
ALFONSÍN (bajando la voz, con dolor genuino):
Sí. Y me pesa. Pero no era cobardía. Era evitar otra masacre. Aposté a que la memoria sería más fuerte que el olvido. A que el pueblo sabría cuándo volver a decir “basta”.
VIDELA:
Me juzgaron. Me condenaron. Me volvieron a encerrar después de los indultos de Menem. Y ahí supe cómo iba a morir. Solo. En una celda común. Sin uniforme. Sin honores. Me encontraron tirado en el piso del baño. Se rieron. Pero no me arrepiento.
ALFONSÍN:
Yo también supe cómo iba a morir. No en una cama de hospital, sino en la conciencia de un pueblo. En los discursos estudiantiles, en una marcha, en una boleta democrática. Me alcanzó el cáncer, sí. Pero morí con la frente en alto. Nunca hice plata con la política. Nunca me escondí.
PÉREZ ESQUIVEL:
Sé que mi muerte será callada, como mi trabajo. Tal vez un infarto en una charla con jóvenes. O una caminata con una comunidad originaria. Lo importante es que cuando me vaya, haya más gente luchando que cuando empecé.
VIDELA:
Los muertos de ustedes tienen nombre. Los míos, no.
ALFONSÍN (mirándolo fijo):
Porque los desapareciste.
PÉREZ ESQUIVEL (con la voz como cuchillo):
Y eso es lo que no se perdona.
VIDELA (con voz lenta, un poco más cansado que antes):
Después de ustedes, vino Menem. Nos indultó. Fue una decisión pragmática, dijo. Necesitaba reconciliar al país. Y nosotros salimos por la puerta grande. Pero yo sabía que la historia no se borra con una firma. La calle seguía recordando. Y el tiempo... ese maldito tiempo, hizo que volvieran por mí.
ALFONSÍN (asiente, con un dejo de amargura):
Sí, lo indultó. Yo me opuse, claro. Dije que era inconstitucional, inmoral. Pero ya no estaba en el poder. La democracia seguía, pero con heridas. El neoliberalismo avanzó como una topadora. Privatizaron el país, desindustrializaron los pueblos. Y el hambre volvió a las casas que habían creído en la esperanza.
PÉREZ ESQUIVEL (con voz firme, más joven que los otros):
Y mientras ustedes hablaban de reconciliación, nosotros seguíamos en las plazas. Las Madres, las Abuelas, los organismos. Porque no hay reconciliación sin verdad. Ni perdón sin justicia. En los ‘90 el poder se vestía de Armani, pero los trenes se caían y las escuelas se caían. ¿Y quién hablaba de los desaparecidos? Nadie. Hasta que la memoria volvió como un río crecido.
VIDELA (con amargura sorda):
Reabrieron los juicios. Me volvieron a encarcelar. Esta vez no hubo indulto. Me juzgaron por el robo de bebés. Por los vuelos de la muerte. Por los centros clandestinos. Me sacaron el rango. Me encerraron como a un delincuente común.
ALFONSÍN:
Porque lo era. Y porque el pueblo ya no toleraba más impunidad. El 2001 no fue sólo una crisis económica. Fue una crisis de representación, de sentido. La gente salió a la calle porque ya no creía en nadie. “Que se vayan todos”, gritaban. Y sin embargo, fue esa misma sociedad la que volvió a exigir justicia. En medio del hambre, volvió la memoria.
Soy un hombre de formación castrense. Fui formado en la disciplina, en el orden, en el principio de obediencia. Mi padre fue auditor del Ejército. Desde joven supe que el país necesitaba un orden moral, y cuando llegó el caos en los '70, asumí la responsabilidad. Asumí el poder con la Junta para detener la subversión, para evitar una guerra civil. Me acusan de miles de desapariciones. Pero yo nunca di una orden directa de matar. No hay papel que lo pruebe.
ALFONSÍN (interrumpe con la voz serena y firme que lo caracterizaba en campaña):
No hace falta papel, Videla. Hay cuerpos. Hay familias. Hay cunas vacías. Yo también fui criado en una familia tradicional: mi padre, un pequeño comerciante gallego; mi madre, una mujer sencilla. Fui abogado, radical de Yrigoyen. Crecí creyendo en la ley. Me enfrenté a la dictadura desde la palabra, no desde la violencia. Fundé la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos mientras ustedes tapaban todo con comunicados. Y cuando asumí la presidencia en 1983, lo hice sabiendo que tenía que reparar el alma herida de un país.
PÉREZ ESQUIVEL (apoya las manos sobre la mesa con suavidad):
Yo nací en Buenos Aires, hijo de inmigrantes vascos. Artista plástico. Profesor. Pero la pobreza me llevó a otra sensibilidad. Fui secuestrado por sus hombres, Videla, en 1977. Estuve 14 meses preso sin juicio. Me rompieron los huesos, pero no la voz. Cuando me liberaron, seguí. Recorrí América Latina, documenté torturas, denuncié. El Nobel me lo dieron por eso, pero lo acepté en nombre de los que no tenían voz. Por las Madres, por los estudiantes, por los campesinos.
VIDELA (con tono seco):
No fue personal. Usted era un agitador internacional. Los organismos de derechos humanos eran parte del frente ideológico que buscaba desestabilizarnos. La patria estaba en peligro. ¿Acaso creen que era un capricho? ¿Un plan secreto de crueldad?
ALFONSÍN:
No fue un capricho, fue una decisión política. Y cuando asumí el gobierno, no era fácil. Los militares todavía tenían poder. Sin embargo, impulsé el Juicio a las Juntas. Por primera vez en la historia de América Latina, un país juzgaba a sus dictadores con sus propias leyes. No fue revancha, fue justicia.
PÉREZ ESQUIVEL:
Y después vino el retroceso. Las leyes de Punto Final, de Obediencia Debida. La presión, el miedo al levantamiento carapintada. Raúl, vos también cediste.
ALFONSÍN (bajando la voz, con dolor genuino):
Sí. Y me pesa. Pero no era cobardía. Era evitar otra masacre. Aposté a que la memoria sería más fuerte que el olvido. A que el pueblo sabría cuándo volver a decir “basta”.
VIDELA:
Me juzgaron. Me condenaron. Me volvieron a encerrar después de los indultos de Menem. Y ahí supe cómo iba a morir. Solo. En una celda común. Sin uniforme. Sin honores. Me encontraron tirado en el piso del baño. Se rieron. Pero no me arrepiento.
ALFONSÍN:
Yo también supe cómo iba a morir. No en una cama de hospital, sino en la conciencia de un pueblo. En los discursos estudiantiles, en una marcha, en una boleta democrática. Me alcanzó el cáncer, sí. Pero morí con la frente en alto. Nunca hice plata con la política. Nunca me escondí.
PÉREZ ESQUIVEL:
Sé que mi muerte será callada, como mi trabajo. Tal vez un infarto en una charla con jóvenes. O una caminata con una comunidad originaria. Lo importante es que cuando me vaya, haya más gente luchando que cuando empecé.
VIDELA:
Los muertos de ustedes tienen nombre. Los míos, no.
ALFONSÍN (mirándolo fijo):
Porque los desapareciste.
PÉREZ ESQUIVEL (con la voz como cuchillo):
Y eso es lo que no se perdona.
VIDELA (con voz lenta, un poco más cansado que antes):
Después de ustedes, vino Menem. Nos indultó. Fue una decisión pragmática, dijo. Necesitaba reconciliar al país. Y nosotros salimos por la puerta grande. Pero yo sabía que la historia no se borra con una firma. La calle seguía recordando. Y el tiempo... ese maldito tiempo, hizo que volvieran por mí.
ALFONSÍN (asiente, con un dejo de amargura):
Sí, lo indultó. Yo me opuse, claro. Dije que era inconstitucional, inmoral. Pero ya no estaba en el poder. La democracia seguía, pero con heridas. El neoliberalismo avanzó como una topadora. Privatizaron el país, desindustrializaron los pueblos. Y el hambre volvió a las casas que habían creído en la esperanza.
PÉREZ ESQUIVEL (con voz firme, más joven que los otros):
Y mientras ustedes hablaban de reconciliación, nosotros seguíamos en las plazas. Las Madres, las Abuelas, los organismos. Porque no hay reconciliación sin verdad. Ni perdón sin justicia. En los ‘90 el poder se vestía de Armani, pero los trenes se caían y las escuelas se caían. ¿Y quién hablaba de los desaparecidos? Nadie. Hasta que la memoria volvió como un río crecido.
VIDELA (con amargura sorda):
Reabrieron los juicios. Me volvieron a encarcelar. Esta vez no hubo indulto. Me juzgaron por el robo de bebés. Por los vuelos de la muerte. Por los centros clandestinos. Me sacaron el rango. Me encerraron como a un delincuente común.
ALFONSÍN:
Porque lo era. Y porque el pueblo ya no toleraba más impunidad. El 2001 no fue sólo una crisis económica. Fue una crisis de representación, de sentido. La gente salió a la calle porque ya no creía en nadie. “Que se vayan todos”, gritaban. Y sin embargo, fue esa misma sociedad la que volvió a exigir justicia. En medio del hambre, volvió la memoria.
PÉREZ ESQUIVEL:
En 2003 los juicios se reanudaron, se anuló el Punto Final, la Obediencia Debida. Se bajaron los cuadros. ¿Se acuerdan? Fue simbólico, pero profundo. Porque el pueblo necesitaba ver caer las estatuas del miedo.
VIDELA:
Yo lo vi desde la televisión del penal. No dijeron mi nombre, pero todos sabían que era yo. Me pregunté si al menos alguien iba a recordar que, en los ’70, creíamos estar salvando a la patria. Ya nadie cree eso. Ni siquiera los míos.
ALFONSÍN:
Y sin embargo, la democracia resistió. Con marchas, con dudas, con errores. Resistió. Eso fue lo más importante que hicimos: que el pueblo pudiera echar a un presidente sin tanques, sin fusiles. Que pudiera votar con bronca, pero sin miedo.
PÉREZ ESQUIVEL:
Y resistió también porque hubo lucha. Porque los ’90 nos empobrecieron, pero no nos callaron. Porque mientras los mercados mandaban, las rondas seguían en Plaza de Mayo. Y porque un país sin memoria está condenado a repetirse.
VIDELA (en voz baja, casi en un susurro):
Me morí en 2013 en una cárcel común. Sin uniforme. Sin misa. Sin nación. Fui el último eslabón de una cadena rota. En el fondo sabía que sería así. Lo presentí cada noche, solo en esa celda de Marcos Paz. Ya no era un general. Era apenas un número.
ALFONSÍN (con voz cálida):
Yo también sabía cómo iba a morir. Con el cuerpo vencido, sí. Pero con la conciencia limpia. Y con la mano apretada por mi gente. Algunos me critican todavía, y tienen razón. Pero yo no transé con los que mataban. Me equivoqué con los débiles, no con los poderosos.
PÉREZ ESQUIVEL:
Sigo caminando y sé que la muerte vendrá sin estruendo. Pero no me preocupa. Me preocupa que no haya olvido. Que no vuelva el miedo. Que los pibes del conurbano puedan ir a la escuela y no al paco. Que la democracia sea pan, salud, y justicia. No sólo una palabra.
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