sábado, 29 de mayo de 2021

La colimba en 1985

El sorteo

En mi último año en la escuela de Bell Ville, Córdoba, llegaba el día del sorteo nacional para el servicio militar obligatorio y el legendario celador Savoretti (leyenda de la escuela) te sacaba de la clase para que escuches el resultado del sorteo por Radio Nacional cuando tu número ya estaba cerca. Eran los tres últimos números del documento nacional de identidad. En mi caso, 285.

 La voz de la radio dijo:  …número de sorteo cuatro-siete-cero. Ese fue el número que correspondía a mi documento nacional de identidad.
Creo que se salvaron hasta el 400.

La instrucción 

Entré el 6 de marzo al Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín con un desastre en la cabeza porque unos días antes estuve en una reunión de compañeros en Córdoba y los muy crápulas se ensañaron con mi pobre pelo. Cuando cuento esto siempre hay quien me dice “claro, porque sos alto”. Aunque era famosamente sabido que a ese regimiento solamente entraban los más altos, había muchos no se destacaban por su estatura.
Hubo 45 días de instrucción en Campo de Mayo, en Don Torcuato. Vivíamos en carpa en una zona muy arbolada. Un poco decepcionante… salíamos a correr y había quienes no aguantaban mucho. Me acuerdo de que había algunos zumbos (suboficiales) medio gorditos que no podían correr mucho. Las salidas a correr eran más bien cortas. Yo pensaba: “claro, como no nos va a pasar lo que paso en Malvinas con estos militares”. Nos bailaban fuerte a veces y era molesto, sí. Eso quiere decir que había que correr, hacer ejercicio físico intenso y muchos movimientos de combate: correr y tirarse al piso varias veces. Para los que habíamos estado haciendo atletismo y jugando al fútbol estos “bailes” no eran gran cosa. Pero para muchos era demasiado.
 A los 20 días, más o menos, salimos de franco por primera vez. En la estación del tren me compré un paquete de galletitas, nunca había disfrutado tanto de las “pepitas”.
 
Ya instalados en el elegante regimiento del barrio de Belgrano, empezaron a repartir tareas; yo me anoté y fui aceptado para trabajar en la Veterinaria. Pasé del escuadrón San Lorenzo, al escuadrón de servicios: el Montevideo. Atendíamos a los caballos del regimiento: curaciones, vacunas (el año de la influenza equina), entre otras muchas cosas. Y mucho cólico, que demandaba mucha atención. Especialmente si un imaginaria de las caballerizas detectaba síntomas de cólico de noche y nos venía a despertar.
No solo atendíamos a los caballos que se usaban para desfiles, también a los de los militares del arma de caballería. La mayoría oficiales, que se pasan horas y horas arriba del caballo en el picadero, uno cubierto chiquito y otro descubierto, grande, donde cada tanto había eventos hípicos de cierta elegancia. Practicaban para competencias de salto y el gran pueblo argentino les bancaba eso. Me acuerdo de que tenía esa duda… ¿por qué les pagamos para que estén tanto tiempo con el culo arriba del caballo? Había muchos retirados también. Estar con el culo arriba del caballo es una forma de decir, porque su estilo era ir levantando el culito al compás del galope. Una paquetería. Después venían a pedirnos que le pasemos suero para que el pobre caballo se recupere. Ahí sí, ellos tenían que traer su propia bolsita de dextrosa al tanto por ciento.

Cerca de fin de año se empezó a planear un evento en el casino de oficiales que nos tuvo de protagonistas indirectos. A un lado del elegante edificio central del regimiento, había un espacio social reservado solo para oficiales que parecía un club social de los jerarcas de alguna colonia europea en el tercer mundo. Tenían cocina con soldados cocineros y camareros. Distinguidos comedores y salas sociales. También jardines y patios. Pocas veces entré, alguna vez tuve que ir a hablar o consultar a mi jefe y jefe del servicio: el capitán veterinario. Era muy notable el contraste con el casino de suboficiales, una construcción sin gracia en una punta alejada del señorial palacete central.
Para ese evento de fin de año aparecieron dos chivitos que nos encomendaron cuidar a nosotros, los veterinarios, hasta que les llegara la hora del cadalso. 
Cual perritos con sus correas, cuando me tocaba el turno y dormía en la veterinaria, llevaba a los chivitos de paseo a pastar en los jardines del regimiento, que es el parque que se ve desde la avenida Luis María Campos. Si era fin de semana, los hijos de los oficiales pululaban y jugaban en los alrededores de los edificios centrales (sospecho que a los hijos de los suboficiales no les era permitido tanta libertad) donde se hacían haciendo asados servidos por los jóvenes ciudadanos que cumplían con el servicio militar obligatorio. Eran tardes entretenidas porque en esos paseos con los chivos esa gente me seguía, la mayoría eran niños. Les daba la noticia que esos animalitos tan simpaticos serían parte del menú en la cena de año nuevo y mi lado sádico disfrutaba un poco de las caras que ponían. Algunos chicos y algunos adultos también, inmediatamente ponían cara de congoja que me recordaba al personaje de Benito Lynch en Los campos porteños. Quién sabe si la noche de ese banquete habrán probado la carne.

Éramos "granaderos, no nos decían “soldado” como era lo más común. Los suboficiales que estaban a cargo de grupos grandes movían las masas de conscriptos con epítetos como “milicos", que era el más cariñoso de todos. También gritaban cosas como “lesbianos”, “tetones” y los insultos que estaban de moda en la jerga militar: “tagarna” y “recluta”.  
En la veterinaria éramos dos y tenía que haber siempre uno de turno. dormíamos en un cuartito en la planta superior con ventana hacia el gran espacio pensado para meter los caballos  que necesitaban atención. Nosotros mismos establecíamos los turnos sin problemas, y nos permitían esa pequeña independencia con tal de que siempre hubiera uno de los dos. A la noche y los de fines de semana  compartíamos generalmente el turno con un suboficial que dormía en el cuarto de abajo, donde también estaba uno de los refinados lujos: baño propio con ducha y agua caliente. Lo mejor era cuando el turno lo tocaba a uno de los dos oficiales, porque dormían en el casino de oficiales y a la noche estábamos solos. Cuando el 
capitán Falcone, jefe del Servicio de Veterinaria, estaba de turno era una fiesta, porque nunca estaba, se iba cada vez que podía y no le gustaba que lo llamemos si no era urgente de verdad.Un par de veces no lo pudimos localizar a tiempo para un asunto muy urgente: el accidente de un caballo de salto que terminó muerto que era de un oficial joven. Quién sabe en qué líos se habrá metido el muy vago por ese incumplimiento.

Aprendí mucho de caballos en esos 14 meses. Hice curaciones, asistí en cirugías, saqué sangre, pasé varios litros de suero intravenoso y puse muchas inyecciones. Mis 6 años en escuelas agrotécnicas me convirtieron en todo un experto en medio de la ciudad. La mayoría eran de ciudad y el el trabajo con caballos era muy nuevo para ellos. Por ejemplo, un caballo se escapaba de la caballeriza, lo perseguían por todos lados y no lo podían agarrar. Me llamaban y ahí iba yo, con el bozal, despacito, despacito, como había aprendido en el campo de los que saben: mis compañeros de Bolívar y de Bell Ville y los empleados de las escuelas. ¿Se acuerdan de cuando cargábamos fardos y los apilábamos? De algo me sirvió… como demostré más experiencia que la mayoría, me pusieron varias veces a cargo de la descarga y estiba de fardos que llegaban en un camión.

Los desfiles

Íbamos a los desfiles como “veterinarios” para atender a los caballos. Lo más común: ponerles sedantes a los que se ponían nerviosos por los autos y los aplausos. Me encantaba pasearme entre los canas y atravesar el cordón policial. Decía “permiso”, me veían el uniforme verde y me dejaban pasar. En el famoso acto de la Rural, un coche oficial me pasó por adelante, muy cerca, en la ventanilla, Don Raúl Alfonsín (presidente de la república) me miró por un momento. O me pareció a mí.
 Estuve de “granadero a pie”, parado inmóvil en un pasillo de la casa Rosada en la visita del que decían que era el Primer Ministro Chino (¿hay primer ministro en China?), a pocos pasos de una puerta donde esperaban Alfonsín y Caputo. También, en el acto de entrega de ofrenda floral en Plaza San Martin. Desfilé en un acto del Colegio Militar y fui a una escuela para alguna fecha patria con “el disfraz”, como yo le decía al uniforme de gala. Apostado junto a la bandera del patio y haciendo los malabares para revolear el sable que nos habían enseñado y que hacíamos en la formación de la mañana, que era siempre con sable. Capaz que todavía me sale. Al final del acto los chicos nos rodearon y algún padre tomó fotos que no se volvieron virales. Era 1985.
 
Granadero Wasserzug
con uniforme de gala o "el disfraz"

Un domingo en el Campo de Polo hubo un gran evento que también sería el día de la sacrosanta jura a la bandera de los colegas de mi clase. A mí me pusieron con casco blanco con las letras PM y, en lugar del fusil de siempre, esta vez tuve un cinturón con una 45. Mi mamá y Seba, mi hermanito menor, estuvieron entre el público parados ahí, a pocos metros de mi puesto. Con cierto disimulo y en los momentos de poca solemnidad, pude hablar con ellos. Seba estaba interesado en el arma que tenía en la cintura cual cowboy o policía de película. Pedí permiso para ir al baño y le hice un gesto a Seba para que me acompañara. Nos metimos en un inodoro, cerré la puerta y se la mostré. Me acuerdo del asombro y cierta fascinación en su carita de 12 años por una cosa que generalmente jamás se ve en la vida normal. Por supuesto, estaba descargada.
Un domingo me mandaron a una escuela y me pusieron en la puerta, de verde, con casco y fusil FAL al hombro como custodio de las elecciones. La mejor parte del día fue cuando el sargento me dio la orden: “son las seis, se cierra la puerta y no ingresa nadie más”. A la gente que llegaba tarde a votar les decía que no con un gesto de "está cerrado". Ni bien vi llegar el Falcon y se bajaron dos o tres monos supe que eran canas. Se acercaron, golpearon la puerta y les hice señas de “está cerrado” pero haciéndome el tonto, sin mirarlos mucho. Sacaron la credencial y me hice el que no veía. Cuando ya se pusieron nerviosos y empezaron a golpear con indignación por el desacato, llamé al sargento. Por supuesto, mi superior se acercó, miró rápidamente la situación y me dijo que abra. Me pasaron por adelante y casi pude escuchar lo que pensaban: “sino fuera que sos soldado del Ejército Argentino te llevo para enseñarte a respetar y hacer siempre lo que nosotros te decimos”.

Diversidad social

Una de las cosas más notables que recuerdo era una banda de compañeros, pertenecientes a distintos escuadrones y clases sociales, conocidos como “los drogones”. De ellos aprendí mucho sobre las drogas y su lenguaje. Alguna vez me tocó escuchar un diálogo sobre la mejor manera de autoinyectarse en una vena, qué pastillas para el mal de Parkinson eran más efectivas y cómo tomarse un “tacho” (frasco) entero de jarabe para la tos para que “pegue” (haga efecto) y no caiga tan mal al estómago. Entre otras cosas, claro. Eran pibes que casi nunca salían de franco porque les costaba mucho cumplir con las rutinas y a algunos era común verlos deambular por los alrededores de la guardia sin cordones ni cinturón porque estaban arrestados en los calabozos. En la veterinaria teníamos una farmacia. Algunas noches estando de turno y solo, aparecía alguno de esa banda a pedirme algo de la farmacia porque no tenían ninguna sustancia de las que comúnmente consumían. Nada de lo que teníamos les hubiera servido, supongo. Una vez uno pasó de visita y se robó —yo ni me di cuenta— unas ampollas de cafeína. Unos días después me confesó su acto y su desilusión. No sé qué método de consumo habrá usado, pero parece que no le hizo nada.
Un momentito agradable era cuando, de vez en cuando en la formación de la mañana, la banda del regimiento tocaba la canción Aurora mientras se izaba la bandera. Era la Fanfarria Alto Perú que formaba justo enfrente de nuestro escuadrón y que, desde nuestra posición se escuchaba muy bien. Parado con el sable en el pecho haciendo el saludo a la bandera, era pequeño momentito agradable del día.

La baja

Finalmente, salí de baja un 6 de mayo, uno de los días más felices de mi vida.
En esas horitas previas a la entrega de documentos de identidad DNI, todos ya de feliz indumentaria civil, los oficiales y suboficiales nos dieron la despedida. Aprovechamos la ocasión para manifestar nuestro desprecio a uno de los que habían sido más hijos de puta. Todavía me lo acuerdo, era un cabo primero que en esa tarde se acercó sonriente al círculo donde conversábamos de gran jarana, a un costado del histórico y largo edifico escuadrón. El tipo no era mucho mayor que nosotros, tal vez 4 o 5 años. Se acercó sonriente e hizo un par de comentarios que nadie contestó y, uno o dos minutos más tarde, nos fuimos alejando del circulo para dejarlo solo con su carita sonriente de boludón.

Era un momento de profunda algarabía. Salimos del regimiento hacia la calle civil por última vez por la guardia por la que entrábamos esas horribles mañanas muy temprano. Nos dejaron la advertencia de que seguíamos estando bajo bandera por dos días más; posiblemente una previsión que amenazaba que te metan adentro de nuevo por si alguno tenía planeado algún desmán celebratorio. Igual, yo creo que, hasta los más matones, los que habían jurado vendettas sobre la memoria de sus antepasados contra esos militares, estaban tan contentos que le perdonaron la vida a todos los que habían rejurado cagar bien a trompadas.