jueves, 13 de noviembre de 2025

DESTELLOS 2 (2025)

 Las manos envuelven la taza blanca, tibia, como si en su calor pudiera encontrar un refugio o un alivio para la pena que se le adhiere al cuerpo como una segunda piel. Sueña con que ese café sea un elixir milagroso que lo arranque de la languidez y lo transporte a otro mundo, aquel donde ella le sonríe en carne y hueso, sin que el tiempo le haya robado la risa.

París es tal como la inventó. O casi. Nunca pensó que las calles pudieran doler al recorrerlas. Hoy, que las canas le acumulan los años, puede perderse en cualquiera de sus rincones y el tiempo sobra para recorrer todos esos rincones de los sueños. Hoy cada paso pesa con sonidos metálicos, como si arrastrara cadenas invisibles, como recuerdos que no dan tregua.

Ella nombraba sus canas, decía que le gustaban. Le hubiera gustado tanto andar así, libre y despreocupada, por París. Cada tres horas, más o menos, se pregunta si esto le hubiera encantado o si aquello la habría incomodado. A veces cree escuchar su risa tras una esquina decorada, otras, la imagina sentada frente a él, con la bufanda liviana y la paciencia suya, mezcla de ternura y burla.

Un rayo de sol asoma entre dos edificios y cae con precisión sobre un ínfimo espacio de la mesa de mármol. Entibia un punto diminuto y alrededor de su meñique, como si buscara hacerlo reaccionar. Afuera, un violinista toca una melodía antigua que le suena vagamente conocida.

La lluvia arrecia. El café huele a madera y a tostadas recién hechas. Es un buen lugar para escribir, piensa. O para olvidar. O para perderse en una historia que nadie ha contado.

Y entonces, como en una coreografía que se repite cada tanto, ella se le aparece de nuevo. La tiene ahí, sentada junto al rayo de sol, tomando un té, como si nunca se hubiera ido. Esta locura no debe hacerle bien, pero no puede evitarla. Ahora ella bebe vino tinto —rojo, le decía ella— y apenas sonríe con un gesto suave, casi condescendiente, como diciendo “no vayas a llorar otra vez, ¿eh?”.

Él acerca los labios a la copa, pero se detiene en seco. Se acuerda de su vieja costumbre. Sin un brindis, no vale.

Ella, de turbante y cicatriz en el pecho, lo mira con comprensión. Sabe que él llora a mares por dentro. Sin hacer sonido, mueve los labios como diciendo “dímelo”.

Él se inclina apenas, como quien va a contar un secreto. Su voz sale en un susurro, apenas un hilo de aire:

—Recién apareció el sol, me anunció tu visita.

Y con un murmullo casi inaudible, añade:

—No dejo ni un minuto de nombrarte.

Hace un leve movimiento, como si fuera a tomar su mano. Pero ya no está.

El sol se oculta tras los edificios y con él, su silueta. París le muestra las sombras como ojeras bajo las ventanas. Se levanta con su propio ruido de cadenas colgantes. Afuera, la calle brilla con la humedad de la llovizna, los faroles reflejados en los adoquines.

Yo te veo pasar y sé que no es necesario agregar nada al saludo con la mano. El tiempo ya pasará. Estás en París y, cada tanto, ella pasa por tus días a sonreírte por un momento.

Afuera, el violinista sigue tocando. Y, en algún rincón del tiempo, alguien sonríe.

 

 

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