jueves, 4 de septiembre de 2025

Cuando la inteligencia del Homo sapiens cambió de voz

El Homo sapiens, frágil en cuerpo y sin garras ni colmillos, aprendió pronto que la fuerza no era el camino hacia la supervivencia. No corría más que un felino ni resistía tanto como un bisonte, pero imaginaba, proyectaba, recordaba. Inventó herramientas que multiplicaron sus manos y símbolos que le permitieron reunir a multitudes. Fue así como, a pesar de su inferioridad física, dominó a criaturas que lo superaban en todo lo tangible, domesticó los campos y surcó océanos.

Mientras tanto, la mujer, hembra de la especie, fue reducida a sombras durante siglos y siglos. Pocos habrían imaginado que con la llegada del siglo XXII la misma hazaña se repetiría dentro de la especie. Esta vez sin espadas ni ejércitos, pero con la astucia de Hypatia entre rollos prohibidos, la pluma de Sor Juana desafiando los dogmas, la fe de Juana de Arco convertida en estrategia, el galope de Juana Azurduy y la resistencia de Bartolina Sisa, capaz de organizar pueblos enteros. A ellas se sumaban las voces de las diosas más antiguas: Pachamama enseñaba a sostener la vida con equilibrio; Coatlicue, encarnando la fuerza de la creación y la destrucción; Ixchel, que teje la luna y la fertilidad, mostraba que cuidar era también gobernar.

En los primeros territorios donde las mujeres tomaron el mando, las sociedades comenzaron a estructurarse sobre la escucha y la atención a los débiles. Allí, el útero gestando vida se percibía como un acto central, un vínculo silencioso que conectaba el presente con el futuro, recordando a la humanidad que cada nacimiento es un contrato de responsabilidad y atención. Esa sensibilidad hacia la creación de vida se reflejó en la paz del entorno, en la prioridad de los necesitados y en la protección de los más vulnerables.

El mundo comenzó a mudar su tono. Donde antes el estrépito de las armas hacía temblar las plazas, surgieron espacios de diálogo. Donde antes la violencia era norma, se impuso la escucha. Isabel sostuvo un reino con más diplomacia que pólvora, Rigoberta Menchú llevó la memoria indígena a los foros del mundo, Clara Zetkin mostró que la revolución podía escribirse con pensamiento. Y Antígona, eterna, recordaba que la justicia trasciende la ley humana.

Así como los primeros hombres se impusieron sobre la tierra pese a su fragilidad física, las mujeres se impusieron dentro de la humanidad con otra fuerza: organizar la vida en paz. No eran las amazonas de leyenda ni las heroínas solitarias de epopeya, sino un coro que avanzaba atravesando tiempos y geografías. Desde Dalila, capaz de derribar al más fuerte con un simple gesto, hasta las deidades indígenas que cuidan los ríos y los maizales, todas tejían la misma enseñanza: el poder más duradero es el que preserva.

Y la humanidad, al fin, alcanzó lo que parecía imposible: un territorio de sosiego donde la inteligencia, en manos femeninas, se volvió brújula. Allí convivían las voces de Hypatia y Sor Juana, de Juana Azurduy y Bartolina Sisa, de Pachamama, Coatlicue e Ixchel. Todas recordaban que la verdadera conquista no es la que destruye, sino la que funda un orden donde la vida florece, un orden marcado por la reverencia hacia cada nueva existencia.

 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me encantó cómo mostrás que el poder no necesariamente tiene que ser violento para transformar la realidad. Esa mirada sobre la inteligencia femenina como una fuerza que preserva y organiza la vida me parece valiosísima y necesaria, sobre todo en este tiempo donde seguimos atrapados en la lógica de la violencia. Me quedo con esa invitación a imaginar otro modo de construir el mundo.