Era invierno en
Bariloche, una noche fría que se siente en todo el cuerpo, con aire afilado y
silencioso. En esos dias había alquilado un departamento que era un garaje
reciclado, un único espacio que servía de dormitorio, cocina y sala, y un baño
chiquito con una minúscula ventanita hacia el lago. Sobre la mesada de la
cocina había una única ventana con una vista espectacular del lago Nahuel Huapi
y las montañas del lado neuquino. El teléfono, un lujo insólito en esa época,
casi parpadeaba gris en un rincón. Este lugar era mío, hasta que llegó Gabi a
mi vida, pero esa es otra historia.
Recién empezaba
la década del 90 y yo estaba de vuelta de un viaje por Brasil. No tenía
vivienda fija y me estaba quedando en el hostal Alaska de mi amigo Marcelo. Esa
noche decidí dormir por primera vez en el departamento que recién había
alquilado y pintado. Me acompañó Liliana, que era maestra y también estaba
temporalmente en el hostal. Esa noche comimos sobre cajones de verdulería, algo
comprado en la rotisería de un supermercado con la estufa a gas con un brillo
de fuego rojo y amarillo que resplandecía al ras del suelo junto a la puerta
del baño. Nos acomodamos en nuestras diminutas camas para dormir, cada uno a un
lado del pequeño espacio que nos guarecía.
Por lo general
me duermo y el sueño me absorbe. Pero de esa noche me acuerdo el sonido entre
sueños de lo que después recordaría como un grito o cántico metálico que me
llegó en sueños, lejano y extraño. La imagen de mi recuerdo fue un sonido como
de láminas grises de acero colgadas que se golpean entre sí por un viento que
la agita. Me desperté débil, con las piernas dormidas y los brazos torpes. Me
senté en la cama y me di cuenta que los movimientos era un esfuerzo muy
inusual. Me pude levantar y avancé apoyándome en las paredes, enseguida supe
que algo no estaba bien, nunca me había sentido así y tenía que llegar a la
ventanita del baño. La abrí y el aire helado entró tajante y directo a la cara.
Respiré profundo varias veces, recuperé cierta claridad y me di cuenta: algo
estaba mal. ¿Gas?, ¿oxígeno?, ¿combustión?… no lo sabía, pero algo había que
hacer.
Cerré todas las
llaves de gas. No encendí luces. Abrí la ventana de la gran vista al lago en el
rincón que hacía de cocina y el frío entró como
manto invisible atropellándome la respiración.
Liliana seguía
en su cama, parecía que dormía profundamente. Me acerqué y la sacudí, la
cacheteé y la sacudí, insistí hasta que abrió los ojos. La levanté, la arrastré
y la apoyé sobre la mesada. El esfuerzo fue grande para el cuerpo todavía
entumido y me fui al suelo, sin fuerzas por un momento. Las brazos de Liliana
cruzados sobre el pecho se tensaban y relajaban, como un movimiento reflejo.
Hoy lo recuerdo con la seguridad de que sin mi intervención no se hubiera
despertado.
Permanecemos
quietos, respirando de pie frente a la ventana abierta de par en par. El aire
helado entra afilado y silencioso, pero siento que el frío no duele, repara,
como un elixir discreto o un antídoto que nos va sacando del letargo. Afuera,
el lago y el cielo, enormes y grisáceos, ocupan todo el marco. No hablamos;
apenas nos inclinamos, como velas contra un aire cada vez más afilado y
sanador, sintiendo que la inmensidad gélida del paisaje nos alivia de algo que
todavía no sabenos qué es.
La estufa que
había en el departamento era antigua y no tenía toma de aire al exterior.
Consumía oxígeno y llenaba el espacio de dióxido de carbono, invisible y
silencioso, un enemigo que mata sin ningún aviso de su presencia.
Al amanecer,
con dolor de cabeza y Liliana desorientada, fuimos a Gas del Estado. Nos
informaron de ciertos antecedentes: alguien había muerto antes en ese lugar. La
empresa mandó a cortar el gas y los dueños tuvieron que instalar una estufa de
tiro balanceado. Protestaron, pero no tuvieron alternativa. El gasista midió la
presión durante 24 horas antes de reconectar, el método de seguridad para
asegurarse de que no hay fugas.
Con el tiempo
fui tomando conocimiento de la magnitud del peligro que nos acechó esa noche.
En los siguientes años leí en los diarios algunas noticias de muertes durante
el invierno patagónico. Hubo un caso de una familia entera que nunca se
despertó, camas tibias envueltas en el sopor de un aire que era cuna y trampa.
A una persona la encontraron en la bañadera, donde probablemente había caído
intentando moverse, ya sin fuerzas para levantarse. Entendí la escasa
probabilidad de que esa noche hubiera podido levantarme de la cama.
Finalmente, la
estufa correcta: tiro balanceado, oxígeno del exterior, gases expulsados al
exterior, un espacio seguro donde viví más de un año. Llegó el verano y conocí
a los Núñez, los vecinos de al lado. Olga Núñez me contó que algún tiempo antes
una empleada doméstica había encontrado a la dueña de casa muerta en la cama,
con espuma en la boca. La mujer que vivía en la que ahora era mi casa odiaba el
frío y sucumbió al aire tibio que nunca vio, el gas silencioso y letal que se
te mete en el cuerpo como un fantasma. Ese hilo gaseoso que decide entre la
vida y la muerte me enseñó que lo cotidiano y lo mortal es a veces un dibujo en
el aire. Sin color ni olor, pero muy traicionero.
El dióxido de
carbono mata en silencio. La víctima duerme y respira, mientras se le duerme el
cuerpo y se muere. Esa noche, yo estaba caliente y cómodo, pero por algún
secreto designio del destino me desperté. Tuve la voluntad y un resto de
energía para pararme y darme cuenta de que algo no estaba del todo bien.
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1 comentario:
Qué relato! Me puso los pelos de punta. Se siente todo: el frío, el silencio, el miedo… y cómo un aire invisible puede ser tan letal. Sentir la tensión como si la estuviera viviendo. Me hizo pensar en lo frágil que es todo a veces, incluso lo que creemos más seguro.
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