jueves, 4 de septiembre de 2025

Un aire tibio, silencioso y asesino

Era invierno en Bariloche, una noche fría que se siente en todo el cuerpo, con aire afilado y silencioso. En esos dias había alquilado un departamento que era un garaje reciclado, un único espacio que servía de dormitorio, cocina y sala, y un baño chiquito con una minúscula ventanita hacia el lago. Sobre la mesada de la cocina había una única ventana con una vista espectacular del lago Nahuel Huapi y las montañas del lado neuquino. El teléfono, un lujo insólito en esa época, casi parpadeaba gris en un rincón. Este lugar era mío, hasta que llegó Gabi a mi vida, pero esa es otra historia.

Recién empezaba la década del 90 y yo estaba de vuelta de un viaje por Brasil. No tenía vivienda fija y me estaba quedando en el hostal Alaska de mi amigo Marcelo. Esa noche decidí dormir por primera vez en el departamento que recién había alquilado y pintado. Me acompañó Liliana, que era maestra y también estaba temporalmente en el hostal. Esa noche comimos sobre cajones de verdulería, algo comprado en la rotisería de un supermercado con la estufa a gas con un brillo de fuego rojo y amarillo que resplandecía al ras del suelo junto a la puerta del baño. Nos acomodamos en nuestras diminutas camas para dormir, cada uno a un lado del pequeño espacio que nos guarecía.

Por lo general me duermo y el sueño me absorbe. Pero de esa noche me acuerdo el sonido entre sueños de lo que después recordaría como un grito o cántico metálico que me llegó en sueños, lejano y extraño. La imagen de mi recuerdo fue un sonido como de láminas grises de acero colgadas que se golpean entre sí por un viento que la agita. Me desperté débil, con las piernas dormidas y los brazos torpes. Me senté en la cama y me di cuenta que los movimientos era un esfuerzo muy inusual. Me pude levantar y avancé apoyándome en las paredes, enseguida supe que algo no estaba bien, nunca me había sentido así y tenía que llegar a la ventanita del baño. La abrí y el aire helado entró tajante y directo a la cara. Respiré profundo varias veces, recuperé cierta claridad y me di cuenta: algo estaba mal. ¿Gas?, ¿oxígeno?, ¿combustión?… no lo sabía, pero algo había que hacer.

Cerré todas las llaves de gas. No encendí luces. Abrí la ventana de la gran vista al lago en el rincón que hacía de cocina y el frío entró como  manto invisible atropellándome la respiración.

Liliana seguía en su cama, parecía que dormía profundamente. Me acerqué y la sacudí, la cacheteé y la sacudí, insistí hasta que abrió los ojos. La levanté, la arrastré y la apoyé sobre la mesada. El esfuerzo fue grande para el cuerpo todavía entumido y me fui al suelo, sin fuerzas por un momento. Las brazos de Liliana cruzados sobre el pecho se tensaban y relajaban, como un movimiento reflejo. Hoy lo recuerdo con la seguridad de que sin mi intervención no se hubiera despertado.

Permanecemos quietos, respirando de pie frente a la ventana abierta de par en par. El aire helado entra afilado y silencioso, pero siento que el frío no duele, repara, como un elixir discreto o un antídoto que nos va sacando del letargo. Afuera, el lago y el cielo, enormes y grisáceos, ocupan todo el marco. No hablamos; apenas nos inclinamos, como velas contra un aire cada vez más afilado y sanador, sintiendo que la inmensidad gélida del paisaje nos alivia de algo que todavía no sabenos qué es.

La estufa que había en el departamento era antigua y no tenía toma de aire al exterior. Consumía oxígeno y llenaba el espacio de dióxido de carbono, invisible y silencioso, un enemigo que mata sin ningún aviso de su presencia.

Al amanecer, con dolor de cabeza y Liliana desorientada, fuimos a Gas del Estado. Nos informaron de ciertos antecedentes: alguien había muerto antes en ese lugar. La empresa mandó a cortar el gas y los dueños tuvieron que instalar una estufa de tiro balanceado. Protestaron, pero no tuvieron alternativa. El gasista midió la presión durante 24 horas antes de reconectar, el método de seguridad para asegurarse de que no hay fugas.

Con el tiempo fui tomando conocimiento de la magnitud del peligro que nos acechó esa noche. En los siguientes años leí en los diarios algunas noticias de muertes durante el invierno patagónico. Hubo un caso de una familia entera que nunca se despertó, camas tibias envueltas en el sopor de un aire que era cuna y trampa. A una persona la encontraron en la bañadera, donde probablemente había caído intentando moverse, ya sin fuerzas para levantarse. Entendí la escasa probabilidad de que esa noche hubiera podido levantarme de la cama.

Finalmente, la estufa correcta: tiro balanceado, oxígeno del exterior, gases expulsados al exterior, un espacio seguro donde viví más de un año. Llegó el verano y conocí a los Núñez, los vecinos de al lado. Olga Núñez me contó que algún tiempo antes una empleada doméstica había encontrado a la dueña de casa muerta en la cama, con espuma en la boca. La mujer que vivía en la que ahora era mi casa odiaba el frío y sucumbió al aire tibio que nunca vio, el gas silencioso y letal que se te mete en el cuerpo como un fantasma. Ese hilo gaseoso que decide entre la vida y la muerte me enseñó que lo cotidiano y lo mortal es a veces un dibujo en el aire. Sin color ni olor, pero muy traicionero.

El dióxido de carbono mata en silencio. La víctima duerme y respira, mientras se le duerme el cuerpo y se muere. Esa noche, yo estaba caliente y cómodo, pero por algún secreto designio del destino me desperté. Tuve la voluntad y un resto de energía para pararme y darme cuenta de que algo no estaba del todo bien.

 

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1 comentario:

Anónimo dijo...

Qué relato! Me puso los pelos de punta. Se siente todo: el frío, el silencio, el miedo… y cómo un aire invisible puede ser tan letal. Sentir la tensión como si la estuviera viviendo. Me hizo pensar en lo frágil que es todo a veces, incluso lo que creemos más seguro.