El Homo sapiens, frágil en cuerpo y sin garras ni
colmillos, aprendió pronto que la fuerza no era el camino hacia la
supervivencia. No corría más que un felino ni resistía tanto como un bisonte,
pero imaginaba, proyectaba, recordaba. Inventó herramientas que multiplicaron
sus manos y símbolos que le permitieron reunir a multitudes. Fue así como, a
pesar de su inferioridad física, dominó a criaturas que lo superaban en todo lo
tangible, domesticó los campos y surcó océanos.
Mientras tanto, la mujer, hembra de la especie, fue
reducida a sombras durante siglos y siglos. Pocos habrían imaginado que con la
llegada del siglo XXII la misma hazaña se repetiría dentro de la especie. Esta
vez sin espadas ni ejércitos, pero con la astucia de Hypatia entre rollos
prohibidos, la pluma de Sor Juana desafiando los dogmas, la fe de Juana de Arco
convertida en estrategia, el galope de Juana Azurduy y la resistencia de
Bartolina Sisa, capaz de organizar pueblos enteros. A ellas se sumaban las voces
de las diosas más antiguas: Pachamama enseñaba a sostener la vida con
equilibrio; Coatlicue, encarnando la fuerza de la creación y la destrucción;
Ixchel, que teje la luna y la fertilidad, mostraba que cuidar era también
gobernar.
En los primeros territorios donde las mujeres tomaron el
mando, las sociedades comenzaron a estructurarse sobre la escucha y la atención
a los débiles. Allí, el útero gestando vida se percibía como un acto central,
un vínculo silencioso que conectaba el presente con el futuro, recordando a la
humanidad que cada nacimiento es un contrato de responsabilidad y atención. Esa
sensibilidad hacia la creación de vida se reflejó en la paz del entorno, en la
prioridad de los necesitados y en la protección de los más vulnerables.
El mundo comenzó a mudar su tono. Donde antes el
estrépito de las armas hacía temblar las plazas, surgieron espacios de diálogo.
Donde antes la violencia era norma, se impuso la escucha. Isabel sostuvo un
reino con más diplomacia que pólvora, Rigoberta Menchú llevó la memoria
indígena a los foros del mundo, Clara Zetkin mostró que la revolución podía
escribirse con pensamiento. Y Antígona, eterna, recordaba que la justicia
trasciende la ley humana.
Así como los primeros hombres se impusieron sobre la
tierra pese a su fragilidad física, las mujeres se impusieron dentro de la
humanidad con otra fuerza: organizar la vida en paz. No eran las amazonas de
leyenda ni las heroínas solitarias de epopeya, sino un coro que avanzaba
atravesando tiempos y geografías. Desde Dalila, capaz de derribar al más fuerte
con un simple gesto, hasta las deidades indígenas que cuidan los ríos y los
maizales, todas tejían la misma enseñanza: el poder más duradero es el que preserva.
Y la humanidad, al fin, alcanzó lo que parecía imposible:
un territorio de sosiego donde la inteligencia, en manos femeninas, se volvió
brújula. Allí convivían las voces de Hypatia y Sor Juana, de Juana Azurduy y
Bartolina Sisa, de Pachamama, Coatlicue e Ixchel. Todas recordaban que la
verdadera conquista no es la que destruye, sino la que funda un orden donde la
vida florece, un orden marcado por la reverencia hacia cada nueva existencia.
1 comentario:
Me encantó cómo mostrás que el poder no necesariamente tiene que ser violento para transformar la realidad. Esa mirada sobre la inteligencia femenina como una fuerza que preserva y organiza la vida me parece valiosísima y necesaria, sobre todo en este tiempo donde seguimos atrapados en la lógica de la violencia. Me quedo con esa invitación a imaginar otro modo de construir el mundo.
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