martes, 24 de julio de 2007

LIBRO

Si me remonto a aquella época de cuasi juventud, puedo recordar con escasa claridad esa noche en que nos pusimos a escribir un libro. Digo juventud con dudas porque no era joven, como quien dice joven, con ganas, ímpetu y fuerza. Sin embargo, vivía como tal, como si tuviera veinte años menos. O eso era lo que escuchaba de otros, para mí todo era bien normal.
Escuché la propuesta “¿vamos a escribir un libro?” que en aquel momento me pareció casi descabellado, una empresa tan avasalladora y titánica que hasta me costaba planearla o imaginarla. No solamente se trataba del hilvanado de ideas, desarrollo de contenidos, puesta en práctica de un desenlace o visualizar un final. También, tenía que tener cierta calidad y era ésta la parte más difícil de todas. Escribir, cualquiera escribe. Armar frases y situaciones atractivas lo hace cualquiera, lograr el conjunto, no.
Los caminos me llevaron lejos. Tanto en distancias como en sueños. Recorrí más caminos de los que hubiera esperado después de las cuatro décadas. Cambié de rumbos más de una vez y me metí en cavernas largas y tortuosas con olor a mar. Desestimé recodos que merecían más atención o tuve el desatino de forcejear con sombras que se extinguían como si nunca hubieran sido más que polvos poco iluminados bajando la montaña en avalancha bella y mortal.


Mis escrituras de cuentos y relatos aislados esperaban pacientemente que llegara el día en que una conexión entre una y otra asomara en preclaro amanecer. Desenlaces que se enlazen, meollos de rico y activo contenido que llevan todos a un final natural. De poco esperar, interesante, sorpresivo, fresco y nada rebuscado, por supuesto.


Escribí bastante. Pero nunca un libro.


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