María de los Lamentos Fontana y Juan de Dios no se conocían.
De chicos vivían en barrios muy alejados de la misma ciudad. Sin embargo, esos domingos, cuando iban de visita a casa de sus abuelos, compraban pan o carne para el asado, en el mismo comercio que a las dos familias les parecía bueno y les quedaba de paso.
Una tarde de un domingo de verano, cuando ella tenía nueve y él siete, estuvieron parados uno junto al otro durante unos diez minutos en la cola de una heladería cerca de la Sociedad Rural. Ella había ido al zoológico, él a casa de una tía y a la V Exposición del Mueble. Los dos coincidieron notablemente en el gran esfuerzo por ignorar al otro.
Cuando eran adolescentes, se sentaron en mesas pegadas en una confitería del centro, él con su madre, ella con amigas. Se vieron, pero no repararon especialmente uno en el otro. María sí notó que él estaba muy elegante, Juan pensó que la risa de ella era muy fastidiosa.
Unos pocos años más tarde, casi tropiezan uno con el otro caminando por la Avenida América, en la zona del Parque del Sol, muy cerca de la Universidad. Venían los dos distraídos, se pidieron perdón en voz baja y siguieron cada uno su camino, en direcciones opuestas.
Hubo un día en que María y Juan pasaron por la misma esquina con diferencia de pocos segundos, ninguno vio al otro y nunca supieron nada de esta circunstancia.
Una mañana, Juan fue a mandar una carta a la estafeta del barrio de su novia. Mientras esperaba, vio un sobre con el nombre de María. Ella había estado en ese mismo lugar cinco minutos antes. El nombre y apellidos de María no significaron nada para Juan que mandó su carta y se fue del lugar.
Unos años más tarde, María trabajaba en una oficina que le daba servicios a la empresa de la familia de Juan. Dos veces hablaron los oficinistas por teléfono en un lapso de solamente tres años. Las dos veces fueron diálogos muy cortos, fríos y efímeros de esos que uno se olvida casi al instante. Ni Juan ni María notaron nada especial en la voz del otro.
María, ya casada y con tres hijos, fue con su marido a comprar un auto usado que vendía el cuñado de Juan. Cuando cerraban la operación, Juan la vio a María desde la ventana de un café en el que esperaba a su cuñado. Esa tarde de sábado, cuando la miró a María sin mucho interés, le dio por pensar en modelos de anteojos para mujeres.
María y su marido compraron el auto y encontraron esa misma tarde la tarjeta de Juan debajo de un asiento. El marido de María que no era un tipo muy limpio, hizo un bollo y la arrojó por la ventana del auto recién comprado, en una avenida a alta velocidad. El bollo de cartulina blanca golpeó dos veces el techo del auto, cayó sobre el pavimento y fue pisoteado muchas veces por autos que pasaron muy rápido, esa tarde por esa avenida.
Los hijos de María y Juan iban a jugar tenis al mismo club, jugaron varias veces juntos pero nunca intercambiaron diálogos más allá de lo estrictamente concerniente al juego.
María enviudó en el mismo mes y año que Juan. Ciertos papeles burocráticos y oficiales relacionados a esta circunstancia tenían números correlativos. El de Juan era el 10000321 y el de María 10000322. Estos archivos descansaban en el mismo fichero de la oficina de la repartición oficial correspondiente.
Tres años después, María estaba en la oficina de un abogado en un edificio antiguo y elegante. Al mismo tiempo, Juan estaba un piso más abajo, en un departamento idéntico, con su fisioterapeuta.
María murió un jueves, igual que Juan, pero cinco años después. El nicho que la familia consiguió por medio de la seguridad social, en el cementerio de Nuestra Señora de los Socorros, está exactamente pegado al de Juan.
Algunos de los desvaríos que me gusta desparramar por los discos rígidos de mi compu gris. También, algo de lo profundamente racional y exquisitamente escrito. DE mi autoría, sí.
domingo, 1 de junio de 2008
No se conocían
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2 comentarios:
ayyy
que me agarraste con la lágrima floja,,,
ma ra vi llo so
que de verdad no me hubiera imaginado esta veta tuya,,,
insensible dijiste?,,,
que de insensible nada de nada,,,
de verdad qué bueno haberte encontrado,,,
besosos desde mi siesta
Excelente relato.
Cuánto habrá de no ficción en él, siendo que desconocemos por completo las historias así en las cuales somos protagonistas.
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