La primera ola era chica, apenas bañaba los pies del tronco y no hubo gran alarma.
Los acontecimientos se precipitaron. Por sobre esa pequeña ola, apareció otra estela. Más alta, más rápida y circulando en diagonal, la muy ladina. ¡Amalaya!, grité. Y corrí. Corrí mucho pero no lo suficiente. A los gritos, le pedí a la ola, le supliqué, que me diera unos segundos más y llegando sobre el viejo tronco, en un movimiento ágil y rápido, tomé la mochila levantándola enérgicamente pero no alcancé la cámara. Una cámara Sony, negra, linda, con encanto propio y alto valor sentimental (era un regalo de cumpleaños). El mar me la arrebató en un segundo. Se la llevó a unos metros del tronco brillante de sal pero muy lejos, años luz de mí. La ola reculaba dejando la arena brillante y lustrosa a su paso y la morocha yaciendo ahí, mi pobre tecnología llena de océano, ahogándose a borbotones de sal marina y arena. En unos pocos segundos este borde insignificante del Pacífico la asesinó. Creo que sufrió poco.
La última foto que tomó la finada Sony.
(clickar en la foto pa' ver la foto grandotota)
Más tarde, lo que creí una tragedia tecnológica del nuevo año, resultó que no era tal, era peor. La devastación era apabullante, una tragedia a todas luces. Es que al manotear rápidamente mi mochila, debe haber salido disparada la otra tecnología; la cámara de video que descansaba leve y suave en la parte de arriba de la mochila. La tenía abierta, lista para entrar en acción y registrar las visiones de esa playa californiana, la del deceso mortal de mis tecnologías.
Son cosas, objetos, pensé. Ese mismo océano que ha inspirado loas y cánticos durante tanto tiempo, es el culpable de un sinnúmero de desgracias que ha asumido a muchos en profundas tristezas. Así de bello y así de implacable puede ser.
Más tarde, recorrimos los paisajes de la costa de esa parte de California en el auto y paramos a comer en lo que alguna vez fue el comedor de una empresa pesquera. ¡Cuántas veces habrá estado una familia en ese mismo lugar, tomando sopa igual que yo ese día, y lamentando la pérdida irreparable de lo que el mar les arrebató!
Mis pensamientos me llevaron a recordar una mañana recorriendo La Paz, en Bolivia. Mientras tomaba un café en el centro me robaron la mochila con una cámara Nikon muy linda. Recuerdo haber sentido esa sensación de pérdida muy fuerte que, una vez pasada la primera impresión, me puso a pensar sobre las posesiones materiales y cómo en realidad no son necesarias para seguir viviendo. Me acuerdo cómo me sentí de mal por haber perdido la mochila con todo su contenido y, al mismo tiempo, preso de esas posesiones materiales porque me di perfectamente cuenta de que esa circunstancia no me impedía de ninguna manera seguir con mi viaje.
Mi desazón por el arrebato de mis dos cámaras en la costa de California se vio exageradamente ridiculizada al imaginarme cómo será el sentimiento de desesperación cuando el Océano Pacífico no te lleva uno ni dos electrónicos que tarde o temprano son perfectamente reemplazables, sino a una persona querida.
Más tarde, lo que creí una tragedia tecnológica del nuevo año, resultó que no era tal, era peor. La devastación era apabullante, una tragedia a todas luces. Es que al manotear rápidamente mi mochila, debe haber salido disparada la otra tecnología; la cámara de video que descansaba leve y suave en la parte de arriba de la mochila. La tenía abierta, lista para entrar en acción y registrar las visiones de esa playa californiana, la del deceso mortal de mis tecnologías.
Son cosas, objetos, pensé. Ese mismo océano que ha inspirado loas y cánticos durante tanto tiempo, es el culpable de un sinnúmero de desgracias que ha asumido a muchos en profundas tristezas. Así de bello y así de implacable puede ser.
Más tarde, recorrimos los paisajes de la costa de esa parte de California en el auto y paramos a comer en lo que alguna vez fue el comedor de una empresa pesquera. ¡Cuántas veces habrá estado una familia en ese mismo lugar, tomando sopa igual que yo ese día, y lamentando la pérdida irreparable de lo que el mar les arrebató!
Mis pensamientos me llevaron a recordar una mañana recorriendo La Paz, en Bolivia. Mientras tomaba un café en el centro me robaron la mochila con una cámara Nikon muy linda. Recuerdo haber sentido esa sensación de pérdida muy fuerte que, una vez pasada la primera impresión, me puso a pensar sobre las posesiones materiales y cómo en realidad no son necesarias para seguir viviendo. Me acuerdo cómo me sentí de mal por haber perdido la mochila con todo su contenido y, al mismo tiempo, preso de esas posesiones materiales porque me di perfectamente cuenta de que esa circunstancia no me impedía de ninguna manera seguir con mi viaje.
Mi desazón por el arrebato de mis dos cámaras en la costa de California se vio exageradamente ridiculizada al imaginarme cómo será el sentimiento de desesperación cuando el Océano Pacífico no te lleva uno ni dos electrónicos que tarde o temprano son perfectamente reemplazables, sino a una persona querida.
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