miércoles, 29 de septiembre de 2010

ESTUFA maligna

Es invierno y hace frío en Bariloche. Mi departamento es muy chiquito, había sido un garaje de la casa grande que alguna vez dividieron en departamentos. Un solo ambiente que hacía de cocina, dormitorio y estar, de baño no, claro. Tenía muy vista bárbara al lago y hasta teléfono que en esa época era un lujo asiático. Fue el primer lugar que era mío y de nadie más. Hasta que llegó Gabi a mi vida unos meses más tarde. Pero esa es otra historia.


Corría el año 1991 y tenía 26 años. Ya había pintado las paredes de blanco y estaba listo para mudarme. Mientras tanto, y después que llegué de un largo viaje en Brasil, me estaba quedando en el hostal Alaska de mi amigo Marcelo.

Liliana era maestra y también vivía ahí, en el Alaska, hasta conseguir algún lugar más permanente.
Esa noche, decidí ir a dormir por primera vez en mi nuevo departamento y Liliana me acompañó.
Apoyados en cajones de verdulería, comimos  algo que compramos en la rotisería del supermercado. Pusimos la estufa al máximo para combatir el frío y nos fuimos a dormir, cada uno en una pequeña camita a ambos lados del único habitáculo que cumplía funciones de dormitorio, living y comedor. Recuerdo esa estufa, era bastante parecida a la que había en mi casa materna. La parte del quemador tenía una línea de fuego con rojo abajo y azul arriba.
Normalmente duermo toda la noche casi sin pausa. Si me despierto, es muy común que siga durmiendo e ignore cosas como ganas de ir al baño o el frío. Esa noche, recuerdo haber soñado que alguien gritaba y el grito tenía un sonido metálico. No era un grito ni desperado ni de urgencia, era un grito neutral, podría decir. Como si fuera que el sonido pasara por algún tipo de distorsionador, un efecto de eco metálico. Hoy, lo recuerdo como un llamado pero la verdad, no se cuánta influencia tienen los hechos de esa noche sobre recuerdos tan vagos como un sueño.

Me desperté y me senté en la cama. Inmediatamente me sentí muy débil. Me levanté y noté que no me podía mover bien. Tuve la suficiente claridad mental para pararme y confirmar que algo no estaba bien. Sentía todo el cuerpo como cuando uno se duerme durante horas en el asiento del ómnibus y la pierna se pone muy débil y difícil de mover. Me fui apoyando en las paredes hasta la pequeña ventanita del baño. La abrí y respiré por un rato el aire frío, muy frío, que entraba de la gélida noche invernal barilochense. Mientras trataba de pensar me iba dando cuenta de que había algo en el aire que no estaba del todo bien. En ese preciso momento no supe si era una pérdida de gas, falta de oxígeno o el humo producto de la combustión de ese gas natural, pero tuve la seguridad de que tenía que ver con esa vieja estufa. Ni bien me sentí más fuerte, cerré no solamente el gas de la estufa sino todas las llaves de gas de la casa. Por las dudas de que se tratara de un escape, no prendí ninguna luz. Fui hasta la ventana que había sobre la mesada y la pileta de la cocina y la abrí de par en par frente a esa vista fantástica del lago Nahuel Huapi, lo mejor que tenía ese departamento. El frío me atacó de frente, seguramente unos pocos grados bajo cero. No me importó, me pareció que me despertaba y que me daba claridad mental.


Me fui hasta la cama de Liliana que dormía muy profundo. Traté de despertarla, la cacheteé, la sacudí bien y después de unos minutos se empezó a despertar muy de a poco. Estaba despierta pero no respondía, así que la levanté y casi que la arrastré hasta la ventana. La apoyé sobre la mesada y, como todavía estaba débil, me caí. Le llevó un rato a Liliana recuperarse. Mientras se iba despertando movía los brazos cruzándolos sobre el pecho, quien sabe que reacción muscular se habrá disparado.
Liliana, era claro, no se hubiera despertado sola.


La estufa no tenía toma de aire del exterior. Quemaba oxígeno y llenaba el ambiente de dióxido de carbono que es tóxico y nosotros lo habíamos estado respirando por unas horas.


En los años siguientes presté especial atención a las noticias, mucha gente moría en estas circunstancias. Una vez leí una historia en el diario en la que una familia completa se había muerto por inhalación de dióxido de carbono en una casa de alquiler de turismo en Bariloche. Uno de los muertos estaba en la bañera. Se habrá despertado, logró llegar hasta el baño pero se habrá caído con el esfuerzo y ya no tuvo fuerzas para levantarse. Que yo me haya despertado y levantado fue no solamente inusual en mí, también lo fue que haya sido justo antes de perder totalmente las fuerzas para moverme.


Lo que nos pasó en esa casa no era poco común en días de frío en Bariloche. Cada tanto aparecían noticias que contaban historias parecidas pero, si llegan a los titulares –en Bariloche o en cualquier otro lado- es porque el desenlace fue, literalmente, fatal.


A la mañana siguiente me fui a trabajar con mucho dolor de cabeza y Liliana sin saber a quién llamar o qué hacer, se fue a Gas del Estado, la empresa gubernamental encargada de la provisión de gas. Parece que había un antecedente, según le comentaron: alguien había muerto en ese mismo departamento en circunstancias similares pero no tuvimos ninguna precisión sobre esa historia. La repartición del gobierno actuó bien; cortaron el gas y no lo habilitaron hasta que un gasista certificado instaló la estufa que correspondía a las dimensiones del departamento. Una de "tiro balanceado". Es decir, toma oxigeno del exterior y suelta los gases producto de la combustion al exterior, también. Antes de restablecer el servicio, pusieron un aparato para medir la presión por 24 horas en la línea para asegurarse que no hubiera pérdidas.


Por supuesto, los dueños tuvieron que pagar la reconexión y se molestaron bastante porque recurrimos a Gas del Estado.

La historia no termina acá
Viví en ese departamento más de un año. Después de unos meses me hice amigo de los Núñez, los vecinos de la casa de al lado. Una vez salió el tema y les conté esta misma historia. La señora Núñez me contó la suya.


Lo que me contó Olga:
Dos años atrás, una tarde, le tocaron a la puerta. Era la señora que limpiaba el departamento de al lado –en el que yo vivía- y estaba bien asustada. Había abierto la puerta del departamento con su propia llave y se había encontrado con su patrona —una persona que trabajaba en el hospital público—, acostada en la cama y que no la podía despertar. Acá Olga aclara que se acuerda que su vecina, que siempre contaba cuánto odiaba el frío por lo que lo había sufrido mucho de chica.


Cuando Olga entró en el departamento notó que hacía mucho calor y vio a la mujer acostada en la cama con mucha paz en la cara y un poco de espuma que le salía de la boca. Estaba muerta, se dio cuenta enseguida.


En estas historias de envenenamiento con dióxido de carbono que aparecen en los diarios o que relatan en la radio, la gente no se despierta. Se van a acostar y se duermen, y se mueren cómodos y calentitos. Todo eso, sumado al sopor del envenenamiento, los mantiene en plácido relax. Y así, durmiendo, se mueren.
En mi caso, yo estaba cómodo y realmente calentito en esa cama, era una noche de invierno muy fría. Me parece que nunca voy a saber qué fue exactamente lo que me despertó, especialmente considerando que casi nunca me despierto durante la noche y más raro aún es que me levante. Tengo el sueño pesado y más de una vez, ni me enteré de algo que despertó a otra gente durmiendo muy cerca de mí.


Si me pongo fantasioso y me dejo influir por libros y películas, podría hablar de una cantidad de ocurrencias relacionadas con lo fantástico. Seguramente que para alguien más crédulo o menos incrédulo que yo, sería la oportunidad perfecta para atribuirle el fenómeno al espíritu de mi padre velando por mi seguridad, a un ángel de la guarda o a alguna capacidad mental extraordinaria de prevenir o actuar en caso de extremo peligro. De hecho, más de una vez cuando cuento esta historia, me han asegurado que sin duda alguna se trata de algo de lo mencionado antes.

Me imagino que, de alguna manera, me di cuenta que algo no estaba del todo bien y sonó la alarma de mi instinto de supervivencia. Aunque no descarto nada de lo que cae en el terreno del más allá, no lo creo del todo y, si bien lo imagino, creo que ninguna explicación me va a terminar de convencer o conformar.


Los dueños del departamento tuvieron que cambiar la estufa. Le pusieron un tiro balanceado, de esas que toman el oxígeno por un caño y largan el dióxido de carbono por otro, supuestamente liberando calor antes al ambiente. Tuve que esperar hasta que la estufa estuviera instalada y que la empresa Gas del Estado habilitara la conexión de gas para finalmente empezar a habitar el viejo garage.

2 comentarios:

Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...
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